Yo, Claudio

Voy a lanzar una opinión arriesgada: posiblemente “Yo, Claudio” ha sido a la televisión el equivalente a lo que para el cine fue “El Padrino”. Esta sencilla y, sin embargo, grandiosa epopeya en doce episodios, adaptada por Jack Pulman y dirigida por Herbert Wise, según las novelas de Robert Graves, llevó en 1976 a la ficción televisiva hacia cotas hasta hoy no superadas, tanto en el campo de la interpretación como en el de la dirección y puesta en escena.

Y es que a la hora de dramatizar la apócrifa “autobiografía” de este emperador romano, último de la dinastía Julia Claudia, y que en realidad es una crónica de la política y la sociedad romana durante el primer siglo del Imperio, Graves no puede eludir el introducir un estilo casi shakesperiano en la construcción de los personajes, así como en la consecución de sus actos, demostrando una especial predilección por el componente maligno de la familia imperial, focalizado principalmente en la tercera esposa de Augusto, la temible Livia, que influirá decisivamente en el decurso de los acontecimientos narrados por su nieto Claudio, alias el Idiota. Tal estilo, que podríamos pues definir como “Shakespeare en prosa”, se refleja en prácticamente todas las interpretaciones y en especial en las de los personajes femeninos, casi sin excepción llenos de dobleces y de oscuros secretos, y que ejercen una influencia rayana en lo sobrenatural en los hombres a los que se contraponen.

A pesar de estar escrita hace setenta años, “Yo, Claudio” no es en absoluto difícil de leer, pues posee un lenguaje bastante accesible y, además, cuenta con la inestimable cualidad de que “engancha”, procurando eliminar descripciones o datos superfluos, algo que Graves, por boca del propio Claudio, quiere dejar bien claro desde el principio, con lo cuál ya consigue que el protagonista nos empiece a caer bien, aunque sea el que, por su condición de narrador, sea el que se dibuja de manera más tramposa, primero presentándolo como alguien que se mantiene al margen de todo, después como un emperador que no quiere serlo, y por último como un gobernante equilibrado y sin fisuras que acepta su propia muerte como medio de evitar males mayores. Como ven, una descripción demasiado perfecta, pero que al cabo funciona para poder situarnos en el resto de historias que cuenta.

Y es precisamente esto lo que la serie de la BBC fija como punto de partida, mostrándonos a un anciano emperador comenzando a escribir “la extraña historia de mi vida”, mirando con ironía y desde la soledad cómo sus antepasados y coetáneos lo consideraron desde siempre un retrasado mental, torpe de palabra y movimiento y que no sería capaz de hacer nada a derechas, y que al final acabó sobreviviéndoles a todos. No se pierde en disquisiciones morales o filosóficas y rápidamente pasamos, en “flashback” al apogeo de la Pax Romana, con Augusto como monarca absoluto del Imperio, aunque dejando puertas abiertas a la restauración de la República que acabó con la muerte de Julio César, y de inmediato conocemos al personaje clave en la primera parte de la historia. Por supuesto, la reina Livia, que comienza a manejar con habilidad tanto a su esposo como a quienes están a su alrededor (y con una pequeña “ayuda” en forma de venenos) con el fin de colocar a su hijo Tiberio en la sucesión directa al trono de Roma, y acabar así con cualquier atisbo de vuelta a la República, dentro de su propia concepción aristocrática de lo que debe ser un gobierno. Tanto es así, que no duda en colocarlo por delante de su otro hijo, Druso, casado con Antonia y padre de Claudio, a quien no sería capaz de controlar tan fácilmente. De hecho se presenta a Tiberio como un hombre muy voluble, cuya debilidad de carácter ante su madre lo convierte en poco menos que un pelele en sus manos. Escoltado por el intrigante Sejano, Tiberio consolidará las fronteras del Imperio mientras en Roma se van eliminando los posibles opositores, esta vez a cielo abierto y sin sutileza alguna, como su hermanastro Póstumo. La primera mitad de la serie se centra en este período, que termina justamente con la muerte de Livia y el hecho ya consumado de que Cayo “Calígula” será el sucesor de Tiberio. Mientras tanto, Claudio el Idiota se mantiene entre bastidores, en parte por decisión propia y por consejo de sus únicos amigos —sus hermanos Póstumo y Germánico, su compañero de colegio Herodes Agripa, quienes le avisan de que para seguir vivo es mejor que los demás le sigan creyendo un inútil—, y en parte porque quienes están en la cima siguen sin tomarle en serio. Pero como no es en absoluto tonto, pronto se da cuenta de cuáles son las ramas peligrosas —malignas— de su familia, y toma la resolución de apartarse de los asuntos políticos como forma de curarse en salud, demostrando un sentido práctico indudable, con hechos como su matrimonio de conveniencia con la hermana del temido Sejano.

La segunda mitad de la serie es quizás la más oscura en forma y en mi opinión no tan interesante: comienza con el reinado de Calígula, básicamente un pirado que se cree el Dios Júpiter y cuyo carácter errático se nos muestra a través de sus famosas orgías, que incluyen el incesto con su hermana Drusila y el posterior asesinato de ésta. Es en este período cuando realmente peligra la vida de su tío Claudio, que no lo tendrá tan fácil para conservar su pellejo salvo adoptando una actitud absolutamente servil. Sin embargo, serán los caprichos del “Botita”, posiblemente el primer tirano con todas sus letras del Imperio Romano, los que le conduzcan a su propia muerte, orquestada por sus senadores de más confianza, en un nuevo intento de paso por retornar a un régimen republicano, algo a lo que, sin embargo, la Guardia Pretoriana no está dispuesta, por lo que tras el asesinato del tirano, se apresuran a buscarle un sustituto… que no es otro que un aterrorizado Claudio, a quien encuentran escondido tras una cortina y al que obligan a aceptar, a su pesar, los honores imperiales, sin dejar por ello de burlarse a costa de sus defectos físicos. Claudio el Idiota es emperador.

Y justamente ahora es cuando Claudio está más solo que nunca, teniendo por primera vez que tomar decisiones que regirán otros destinos aparte del suyo. Su soledad se agudiza cuando se ve obligado a luchar contra su antiguo amigo Herodes Agripa, provocando la muerte de éste, y posteriormente al descubrir que su esposa Mesalina no sólo le está siendo infiel sino que conspira para arrebatarle del trono. Claudio se vuelve un personaje encerrado en sí mismo, a quien sólo le preocupa seguir escribiendo la historia de su vida, una vida a la que tiene más repulsa a cada momento que pasa, mientras que el Senado que desprecia le otorga la condición de Dios en vida. La decisión de casarse de nuevo con su prima Agripinilla, por la que no siente ningún tipo de amor, y de adoptar al hijo de ésta, el malcriado e inestable Nerón, poniéndole por delante de sus propios vástagos en la sucesión al trono, es el último intento de Claudio por asegurar el retorno de una República a la que siempre amó pero que nunca podrá revivir, ni siquiera con su máximo poder. Los últimos momentos de la serie no son contados por el propio Claudio, a quien vemos ya muerto conversando con la Sibila, sino por quienes más cerca estuvieron de él (Agripinilla, Nerón, su consejero traidor Pallas y su consejero fiel Narciso), donde se nos da a entender que el Emperador-Dios, antes el Idiota, conocedor de la conspiración de su esposa para asesinarle, decide aceptar e incluso desear tal destino y reunirse con quienes realmente le apreciaron en vida y a quienes admiraba incondicionalmente. La muerte de Claudio mientras se queman los pergaminos que escribió (un sarcástico anticipo del carácter de Nerón) cierra esta saga sobre la época más temprana y notable del Imperio más influyente de la Historia.

Tras un primer intento —frustrado— en los años treinta de llevar las novelas de Graves al cine, tuvieron que pasar cuatro décadas para que alguien se atreviera a poner en imágenes tamaña épica, algo nada fácil pues había que condensar una gran cantidad de personajes y acontecimientos y hacerlo, además, atractivo al espectador. Es la BBC quien se lanza a ello, en una época en que Gran Bretaña ya se han producido series de notable calidad merced a guionistas como Dennis Potter, Alfred Shaughnessy o el mismo Jack Pulman, y decide hacer una miniserie que pueda contener lo principal de las dos novelas, eliminando algunos argumentos superfluos e incluso introduciendo algún personaje extra que contribuya a sostener un poco más el hilo del argumento (es el caso de Herodes, mucho más determinante que en la novela, donde apenas se le menciona). Otra decisión que se toma es hacerla íntegramente en estudio, sin filmación en exteriores. Ésto, que hoy podría ser arriesgado (casi un suicidio televisivo) era práctica habitual en aquella época, en parte para reducir gastos, puesto que la televisión no movía ni mucho menos los millones de hoy día, pero también con idea de reforzar lo dramático contenido en las historias. En este aspecto es realmente notable el trabajo de iluminación, que consigue dar la impresión adecuada de cada escenario, sea la terraza de una residencia de verano, sea el recurrente Senado, sea el templo de Júpiter, y que puede apreciarse que se va haciendo mucho más sombrío y triste conforme van avanzando los episodios y se entra en las edades oscuras que concluyen con el reinado de Claudio.

Pero el principal activo de esta serie son sin duda sus intérpretes. La verdad es que desconozco si fue una labor óptima del director de reparto, o un cúmulo de felices casualidades, pero lo cierto es que raramente se ha visto una exhibición de talento combinado como la que aparece aquí, de tal suerte que cada uno de ellos (y sobre todo cada una de ellas) te deja “los pelos como escarpias” en cada escena, y no sólo merced a los diálogos, sino a la forma de acompañarlos con gestos, miradas, carantoñas, en una producción donde los primeros planos son la nota casi constante, con lo que es imposible no apreciar cada detalle, cada matiz de sus interpretaciones. Empezando por una maravillosa Siân Phillips (algunos la pueden recordar como la Reverenda Madre en la película “Dune”, de 1984) como la implacable Livia, contenida pero firme, suave en la voz y en las formas, lo que transforma sus actos en aún más despiadados, consigue que tras habernos hecho odiarla a muerte, podamos llegar a comprender sus motivaciones cuando ya está próxima su desaparición y confiesa a Claudio, sin remordimiento alguno, todo lo que ha sido capaz de hacer, mientras le profetiza que llegará a emperador, para extrañeza de éste. Continuando con el histrión Brian Blessed (el rey Ricardo IV en “La Víbora Negra”, o la voz del jefe Gungan en “La Amenaza Fantasma”, además de un consumado actor shakesperiano, usualmente secundario de lujo), quien hace de su potente voz de trueno la principal característica del emperador Augusto, al que como podremos comprobar se le va la fuerza por la boca cuando de enfrentarse a Livia se trata (con todo, el personaje se ve en la serie mucho más fuerte y seguro de sí mismo que en el libro, donde su debilidad frente a su esposa es mucho más patente). Y qué decir de un jovencísimo John Hurt, quien con sólo 26 años le daría a Calígula el toque de locura y terror preciso para que incluso el espectador se sienta intimidado por él (y que Malcolm MacDowell destrozaría luego en la infumable película de Tinto Brass)… nunca una imposible peluca rubia tuvo tanta maldad. Por su parte, George Baker compone un Tiberio con tanta habilidad que consigue combinar esas enormes espaldas (el tipo es un armario de tres puertas) con arrebatos infantiles como los que comentábamos más arriba, siempre a la sombra de su madre, a pesar de la presencia física que impone a su toga.

A este póker de ases se une una cohorte de secundarios que después se han hecho famosos con papeles de naturaleza bien distinta, y para los que no hemos visto la serie en su justo momento, se nos hace raro ver al capitán de la Enterprise Jean-Luc Picard (Patrick Stewart, la única peluca que no me creo de toda la serie) como el malvado Sejano; o al hombre que lo sustituye con parecido carácter, Macro, interpretado por John Rhys-Davies, quien después será bien conocido por su papel de Sallah en la trilogía de “Indiana Jones” o, más recientemente, como el enano Gimli en “El Señor de los Anillos”. Se les suman los considerados “buenos” de la película, que como podremos ver, son los que menos duran de todos, haciendo buena la expresión “además de cornudo, apaleao” en multitud de ocasiones: Druso, el padre de Claudio (Ian Ogilvy), Póstumo (John Castle, reputado actor televisivo en Gran Bretaña), Germánico (David Robb), Marco Agripa (John Paul), Marcelo (Christopher Guard), Cástor (Kevin McNally)… y el “pegote”, Herodes Agripa (James Faulkner), futuro rey de la Judea, presentado como un simpático sinvergüenza que conoce mucho más de la vida que el resto, y que no deja de aconsejar a su amigo Claudio a la menor oportunidad, además de poner una ligera nota de humor en esta tragedia “griega”, aunque paradójicamente sea romana. En cuanto a las féminas, no es cierto, como leí por ahí, que estén exclusivamente representadas como lo peor de la malignidad, sino que al igual que los hombres conforman un amplio espectro de personalidades: por un lado, la integridad y severidad de la madre de Claudio, Antonia (Margaret Tyzack), que jamás llega a sentir cariño por su hijo retrasado, y que acabará en una de las escenas más estremecedoras de toda la serie, cuando le explica a Claudio que ha decidido suicidarse, cansada del mundo en el que le ha tocado vivir. En el extremo opuesto, la hermana de Claudio, Livilla, y su tercera esposa, Mesalina, dos ejemplos de la ambición desmedida que en la primera se acentúa, además, al ser la amante de Sejano, desdeñada luego por éste. Su trágico final, a manos de su propia madre, es quizás la única forma en la que puede acabar. Mesalina (Sheila White), por su parte, busca en sus amantes lo que dejó de encontrar en un marido demasiado mayor, que la adora y que se pliega en todo momento a sus deseos, lo que además le da pie a un irresistible deseo por ascender más y más. En el medio del camino tenemos a Agripina (Fiona Walker), la mujer —y pronto viuda— de Germánico, perfectamente consciente de cómo se mueven las cosas en Palacio, pero que no es capaz de convencer a su suegro de la traición de Sejano; además de la hija de Augusto y esposa de Tiberio, Julia (Frances White), cuyo irrefrenable apetito sexual la llevará a caer en desgracia ante su marido y su padre para acabar en el exilio (esto, hay que decirlo, queda mucho mejor explicado y justificado en el libro que en la serie, lo que en mi opinión lleva a una malinterpretación del personaje en la pantalla, que es en realidad más una víctima que otra cosa, desde luego no la ninfómana que nos pintan). Y, naturalmente, Drusila (Beth Morris), incestuosa hermana-amante de Calígula, más mimada que otra cosa y cuya en el fondo “inocente” concepción del carácter de su hermano será también la causa de su terrible muerte, en una escena que en aquella época podía casi considerarse “gore”.

Como pueden comprobar, me dejo para el final al protagonista de esta historia, al narrador y testigo privilegiado: Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico “…y esto, y lo otro y lo de más allá”, encarnado por Derek Jacobi, uno de los mejores actores británicos vivos, en lo que sería su primer papel de importancia tras algunas apariciones como secundario en películas más o menos relevantes y, a mi modo de ver, el papel que le lleva a la fama. Me van a perdonar la libertad, pero todo lo que pueda decir de su interpretación es poco: cómo va adaptando los defectos físicos (el tic del cuello, la cojera, la tartamudez) a medida que su personaje va creciendo en edad y en conocimientos; la (explicable) timidez unida a un temor ante quienes le rodean que a la larga resulta un seguro de vida; el odio, no exento de comprensión, hacia su abuela Livia; la absoluta indiferencia que gobierna la última parte de su vida. Claudio-Jacobi representa como nadie la soledad de quien está en la cima sin nadie que le apoye realmente, en una interpretación serena, rica en matices, con ocasionales destellos de furia en los que su indignación se sobrepone a su tartamudez, un personaje que Jacobi carga de ternura, que pone sus ojos en los nuestros, hace nuestras sus emociones, sus miedos, sus dudas… incluso al final somos nosotros quienes le acompañamos a tomar el veneno que Agripinilla le ofrece. Que podamos identificarnos fácilmente con un personaje tan complejo como Claudio, con diferencia el más denso de todos ellos (lo que también es lógico), da una idea del esfuerzo interpretativo de este fenomenal actor, capaz de decirlo todo con una mirada limpia, un arqueo de cejas, un simple movimiento de cabeza. Poniéndonos extremos, lo peor que le pudo pasar a Derek Jacobi (hoy sir Derek Jacobi) fue hacer este personaje con tan sólo 28 años… aunque en toda su carrera ha tenido magníficos papeles, la mayoría como secundario, jamás ha conseguido igualar en altura al de “su” emperador. No sabremos nunca cómo fue el verdadero Claudio, pero desde luego si no se pareció al de Derek Jacobi nos decepcionaría muchísimo.

Abundando en la apuesta que hice al principio, creo que en la ficción televisiva existe un antes y un después de esta serie, como digo realizada en 1976, es decir, dos años después que “El Padrino IIª Parte” y que en su guión, aparte de la magnífica materia prima que suponen las novelas de Robert Graves, toma indudablemente elementos narrativos de la magna obra de Coppola (¿o quizá es al revés y es Mario Puzo quien se inspira en Graves para tejer el argumento de la dinastía de los Corleone? Interesante, ¿no?), creando una atmósfera que comienza muy luminosa y que poco a poco se va volviendo cada vez más oscura y opresiva, donde cada ladrillo se coloca perfectamente encajado sobre el anterior, donde cada ficha de este extraño dominó cae suave pero firmemente sobre la que tiene detrás hasta que el conjunto es ese mosaico coronado por la sintonía inicial, que va siendo recorrido por la serpiente mientras se muestra la figura del Emperador. Está todo tan bien imbricado que no te importa que los escenarios sean teatrales, y por ello se note un cierto olor a cartón piedra, no te importa que los personajes sean tan viscerales y llenos de dobleces que hasta el espectador tenga que andarse con pies de plomo ante una posible —y desagradable— sorpresa. No te importa que te desmitifiquen la grandeza del reinado de Augusto, bajo una falsa Pax Romana, y ni siquiera te importa que los rizos de la peluca de Sejano se vean más falsos que un sestercio de madera. Y no te importa, porque el conjunto te lo crees, porque el trabajo de maquillaje es tan bueno que realmente se ven envejecer a los personajes (el trabajo que hicieron con Claudio y sobre todo con Livia es sorprendente), porque de repente eres capaz de verte con la toga puesta, sentado en las gradas del Senado mientras observas cómo mandan a un colega tuyo a decapitar, o formando parte de esa guardia pretoriana que dará la vida por proteger a su emperador, siempre y cuando se pague bien. Y cuando un producto de ficción, de sueño, te consigue conducir a esos extremos, al punto de que realmente te transporta a la Roma del siglo primero después de Cristo, y que no hay nada que lo haya conseguido de nuevo hasta el día de hoy, quiere decir que “Yo, Claudio” es, sin duda, el clásico entre clásicos de la Historia de la Televisión.

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