Las películas de James Bond (III): Las chicas Bond

Los personajes femeninos son los más ambiguos, los más emblemáticos y quizás los peor tratados de la serie; pero como con todos los componentes de la saga Bond, no se entiende la existencia del agente ni sus películas sin ellos. Y algunos marcan hitos en la propia historia de 007, así como en el imaginario popular.

Porque, ¿de verdad hay alguien a quien, cuando le mencionan a James Bond, no le viene inmediatamente a la memoria esa Ursula Andress saliendo cantarina del mar con su bikini blanco ante la oculta mirada de Sean Connery? Ella fue la primera que alcanzaría la cumbre, aunque técnicamente no fue la primera chica Bond, ya que el personaje de Silvia Trench (interpretado por Eunice Gayson) tiene ese privilegio: de hecho, se presenta incluso antes que el propio James Bond, en una ya antológica partida de bacarrá donde nuestro héroe pronuncia por primera vez la frase más famosa del cine. Este personaje iba a ser en principio habitual de la serie, y aparece también al principio de Desde Rusia Con Amor, pero los productores decidieron descartarla al considerar que limitaba mucho el campo de acción de Bond en cuanto a conquistas. La decisión dejó como única habitual de la serie a Miss Moneypenny, la eficiente secretaria del jefe del M.I.6, “M”, para la que Bond es su amor platónico, a pesar del desprecio que le muestra en cada película. Si hay una reina de las causas perdidas, esa es sin duda Moneypenny.

Pero volvamos a las conquistas, o a las conquistadas. Mencionábamos Desde Rusia con Amor y en ella encontramos a la italiana Daniela Bianchi, de profesión modelo publicitaria y, si no me equivoco, Miss Italia 1962, que interpreta aquí el papel de la agente soviética Tatjana Romanova, como el medio que emplea Bond para conseguir una cifradora Lektor. Es una de las más bellas de toda la serie, pero también una de las más insustanciales, ya que hace gala de una falta de personalidad tan evidente que se hace irritante en los momentos finales de la película. No obstante, su negro trusseau alrededor de ese larguísimo cuello consiguió hacerla inolvidable, sobre todo en las escenas del Orient Express.

Y es que hay varios arquetipos de chicas Bond, y uno de ellos es el de la mujer dulce y voluntariosa que se entrega pase lo que pase al héroe, pero que aporta más bien poco a la historia en desarrollo, como no sea el de inevitable estorbo. Ejemplos de esto hay bastantes en la serie, además de la propia Romanova: en El Hombre de la Pistola de Oro, Britt Ekland es poco más que un pedazo de carne en bikini que no hace más que meter la pata una y otra vez, para desesperación de Roger Moore. Es tan exagerada la cosa, que resulta casi imposible creer que el Servicio Secreto Británico haya podido contratar a Mary Goodnight como agente, y desde luego quien se la asignó de compañera a Bond debía de quererle muy mal (lo que nos lleva a pensar que fue la propia Moneypenny). Otro ejemplo igual de lamentable a pesar de su indiscutible belleza (y de sus azules ojos) es el de Tanya Roberts, en Panorama para matar, el único borrón en una de las películas más entretenidas de Roger Moore, y que, supongo, estaba pensada únicamente para lucir palmito en el film, algo que por otra parte ya había hecho en todo su esplendor en la infumable Sheena, la reina de la selva. Y en el colmo de la insulsez, la violoncellista Kara Mylovy, interpretada (es un decir) por Maryam D’Abo, aunque, eso sí, con algo más de sustancia y sentido común que las anteriores, en 007, Alta tensión.

Y si nos vamos al extremo opuesto, resulta que las chicas Bond más fuertes, y hablamos tanto del físico como de la inteligencia, acaban siendo sus enemigas mortales… aunque sólo sea hasta cierto punto. Y ahí es donde entra una de las más emblemáticas: la inequívocamente lesbiana “Pussy” Galore —“Pierde usted el tiempo… soy inmune”—, interpretada por Honor Blackman y rodeada de los bellezones de su Flying Circus (un muestrario completo del catálogo del cruzado mágico). Ella es nada más y nada menos que la mano derecha de Auric Goldfinger, y sólo se pasará al lado ¿correcto? tras la ingente labor de zapa de Bond, James Bond, quien sin perder el ríctus irónico le hará, cuando menos, dudar de sus orientaciones en un lugar tan apropiado como un pajar en los establos del mismo villano. Distinta suerte correrán féminas de armas tomar como Xenia Onatopp ( Famke Jannsen en Goldeneye) o Mayday ( Grace Jones, en Panorama para Matar). La primera, psicópata y sadomasoquista, disfruta golpeando y recibiendo por igual; la segunda, tan escultural como deliciosamente fea, no tendrá reparos en pasarse por la piedra a Bond antes de intentar asesinarle arrojándole al río dentro de un Rolls-Royce. Ambas, estoy convencido, provocaron muchos más sueños húmedos entre los espectadores y fans que sus oponentes (es un decir) en el lado bueno, la ya mencionada Roberts y la bastante olvidada Izabella Scorupco. De las malas mencionadas, aquellas tres son las mejores en mi opinión. A un nivel inferior tendríamos a la heladísima (por sosa) Elektra King ( Sophie Marceau, muy guapa pero con el registro interpretativo de un avestruz, en El Mundo no es Suficiente), antológica sufridora del Síndrome de Estocolmo; a Bárbara Carrera en Nunca Digas Nunca Jamás, quien antes de querer cargarse a Bond pretende que le ponga por escrito que con ella tuvo el mejor sexo del mundo, nada menos (una neurosis tal que a Freud le harían los ojos chiribitas); y a otra que también bordea la barrera de los cero grados, de nombre Miranda Frost ( Rosamund Pike, físicamente parecida a Grace Kelly pero sin el fuego que ocultaba su máscara de hielo) y que, con todo, era de lo mejorcito en Muere Otro Día. Y, en la base de la pirámide de villanas sexualmente apetecibles, estarían las que yo denomino “soldados”, es decir, cuya única misión es hacer uso de la fuerza bruta para enviar a Bond al coro de castrati en el mejor de los casos, al coro celestial en el peor de ellos. Empezaría por mencionar a Bambi-Lola Larson y Pluto-Trina Parks (gracias, primo Lawrence), dos irritables muchachitas ligeras de ropa que, sin perder la sonrisa en ningún momento, le proporcionan una buena somanta de palos a nuestro agente favorito cuando se dirige a rescatar al millonario secuestrado de Diamantes para la Eternidad. Más anónimas serían la chica del cigarro en El Mundo no es Suficiente (qué poco te vimos, Maria Grazia Cucinotta, ay), Naomi ( Caroline Munro), la lugarteniente de Stromberg en La Espía que me Amó o Helga Brandt ( Karin Dor), que en Sólo se vive dos veces salta en paracaídas de una avioneta dejándose al agente dentro, no precisamente por descuido.

Entre ambos extremos nos encontramos a las “intelectuales”, aquellas que primero le sorprenden con su cerebro, y casi siempre esto va unido a un rechazo frontal a cualquier contacto con el héroe; algo que, como es previsible, tardará poco en ceder. Estos personajes usualmente desempeñarán algún papel crucial en el desarrollo de la historia en cuestión, donde podrán demostrar que son algo más que una mirada dulce y un cuerpo bonito. Curiosamente, al principio la mayoría de ellas lucen sobre su nariz unas redondísimas gafas como queriendo indicar su condición de genios, aunque rara vez tal pieza del atuendo pasa de la primera escena. Ejemplos dentro de esta categoría, por desgracia, no hay demasiados, y casi todos los encontramos en los films más modernos: Lois Chiles interpretó a la doctora Holly Goodhead, experta en aeronáutica, en la fallida Moonraker; bajo el eufónico nombre de Christmas Jones, doctora en Geología, encontramos a la exuberante Denise Richards, de nuevo en El Mundo no es Suficiente. O, dando un pequeño saltito, en El Mañana nunca muere, una ágil a la par que inteligente Michelle (“Tigre y Dragón”) Yeoh pone el perfecto contrapunto al agente británico, con una genial combinación de artes marciales y rápida mente que la convierten en la más interesante (hasta ahora) de la etapa Brosnan, a pesar de ser la que menos ha salido en los papeles. El nombre de su personaje: Wai-Ling.

También dentro de aquella escala habría que mencionar a las “ambiguas”, es decir, a aquellas mujeres que durante buena parte del film en que aparecen bailan en una cuerda floja suspendida entre la atracción que sienten por el héroe y su, en principio, inquebrantable devoción al villano al que acompañan. Con algunas ya está claro desde el principio que Bond no tendrá apenas que despeinarse para llevárselas a su terreno (teniendo en cuenta que su terreno suele incluir sábanas y Dom Pèrignon), como es el caso de la voluptuosa Domino (en sus dos versiones, Operación Trueno bajo la piel de Claudine Auger, y Nunca Digas Nunca Jamás, equipada con los labios de Kim Basinger), las hermanas Jill y Till Masterson en Goldfinger ( Shirley Eaton y Tania Mallet, ésta última acabaría embadurnada en pintura de oro) o la embrujadora, en todos los sentidos, Solitaire, encarnada con gran acierto por una jovencísima Jane Seymour en Vive y Deja Morir. Más duras de pelar le resultarían las contrabandistas Tiffany Case (*Jill St. John* en Diamantes para la Eternidad), y, sobre todo, la intrigante Octopussy ( Maud Adams, que ya había tenido un papel secundario en El Hombre de la Pistola de Oro), en el único caso, creo, en que el nombre de una chica Bond es el mismo que el título de la película.

Antes de terminar con esta pequeña síntesis (para hablar con propiedad de este universo femenino harían falta docenas y docenas de libros) es necesario mencionar a las, en mi opinión, dos chicas más importantes del Universo Bond (¿es Universo o Paraíso?): la primera de ellas es la Mayor Anya Amasova, agente de máximo rango de la KGB, némesis perfecta de Bond tanto en habilidad, como en ironía, como en poder de seducción, hará caer en el ridículo al propio 007 en más de una ocasión, lo declarará su mayor enemigo condenándole a muerte por venganza, colaborará con él muy a su pesar y —porque el cine es así— acabará siendo rescatada por éste de la guarida del infame Stromberg. Fue en un film emblemático cuya ambigüedad en el título se perdió inevitablemente en la traducción al castellano: La Espía que me Amó. Nunca se vio a Bond amar a alguien con tanta intensidad, la misma con la que competía contra ella.

¿Nunca? Bueno, casi nunca, porque fue George Lazenby quien tuvo el privilegio de conocer a la hasta ahora única esposa por amor, se entiende de James Bond. Fue Theresa “Tracy” de Vincenzo, sutil, encantadora y avispada, hija del mafioso Marc Ange Draco y la única persona capaz de robar el corazón al indestructible agente hasta el punto de llevarle al altar, en una película redescubierta recientemente por Joe Gillis, cuya opinión sobre ella ha mejorado sustancialmente. Tracy, futura señora Bond, tomó los rasgos de la “Vengadora” Diana Rigg, esta vez sin traje de cuero ajustado, y ni siquiera la colección de bellezones recluidas en la guarida de Ernst Bloefeld fue capaz de sacarla de la cabeza de James. Al Servicio Secreto de Su Majestad es una de las películas más infravaloradas de la serie (y aquí entono el mea culpa, también) e indudablemente la más trágica de todas ellas.

En esta pirámide femenina nos hemos dejado por el camino a muchas, desde luego: glamourosas como Melina Havelock ( Carole Bouquet) en Sólo para sus ojos; misteriosas como Aki ( Akiko Wakabayashi) o Kissy Suzuki ( Mie Hama) en Sólo se Vive Dos Veces; espectaculares como Magda ( Kristina Wayborn) en Octopussy, donde se fuga de los brazos de Bond muy “atléticamente”; nubias voluptuosas como Rosie Carver ( Gloria Hendry) en Vive y Deja Morir... La lista es interminable, cada una de ellas trae la memoria de otra, y todas crean un improbable, imposible firmamento de luces que traen memorias, recuerdos, sensaciones, excitación, despertar de los sentidos y, por qué no decirlo, en ocasiones un cierto sudor frío, demasiado frío.

Es cuando nos damos cuenta de que el cerebro y la Walther PPK no son las únicas armas de Bond, James Bond. Ni necesariamente las más efectivas.

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