El Show de Truman

Lo peor de una película utópica no es verla y temer que lo que cuenta pueda pasar, sino verla y ser consciente de que lo que cuenta YA está pasando. Esa es la sensación que le queda a un espectador de la televisión actual cuando revisa, años después de su estreno, esta joya del australiano Peter Weir.

Weir es uno de esos directores que me gusta denominar “discretos”, en el sentido de que hacen buenas películas, artesanales en su forma de contar una historia, y que son capaces de calar hondo en la mente que quien las ve, mejorando con el tiempo su sabor, sin alardes, alaridos o delirios de grandeza. Pertenece a una clase de directores en la que podríamos incluir a gente llamada Rob Reiner, Peter Bogdanovich, Frank Oz o Peter Hyams, cineastas cuyo nombre se esconde silenciosamente tras las películas que hacen, siendo estas las que realmente quedan en la memoria. Y Weir lo ha demostrado una y otra vez con magníficas obras como “Matrimonio de Conveniencia”, “Único Testigo”, “El Club de los Poetas Muertos” o ésta que nos ocupa hoy.

Truman Burbank (un sorprendente, por contenido, Jim Carrey) es el prototipo de hombre feliz: tiene un trabajo estupendo, una mujer estupenda, unos amigos estupendos, vive en una ciudad idílica y nunca pierde la sonrisa, pase lo que pase… además de cientos de millones de telespectadores en todo el mundo que observan cada uno de sus movimientos a través de la pequeña pantalla desde el día en que nació. Porque Truman es un producto mediático creado por el genio de Christof, y la estrella número uno de la televisión mundial desde hace casi tres décadas. Truman nunca ha sido consciente de la manipulación y la falsedad en la que lleva inmerso toda su vida, en un mundo donde nada es lo que parece, pero una serie de ¿desafortunadas? circunstancias le harán plantearse si los años vividos son realmente un espejismo o su propia realidad.

Cuando en apenas hora y media un director es capaz de plantearte tantos interrogantes de una manera tan clara y directa, es que la película está realmente bien hecha. Y Weir es lo que hace aquí sin paliativos: es, en una palabra, brutal. Y lo es desde los créditos iniciales, que han sido sustituidos por los de la serie de TV que la cinta retrata, y seguirá clavándonos el estilete en el alma a lo largo del film, intercalando retrospectivas de la vida de Truman en la que vemos cómo se le arreglaban novias, amantes, esposas… o cómo apartan a su verdadero padre fingiendo su muerte por ahogamiento, o cómo abortan con ingeniosos medios todos sus intentos de salir de la ciudad en la que reside. Y todo por las exigencias de la audiencia. Christof (enorme Ed Harris), como su nombre sugiere, tiene omnipresencia infinita en la vida de Truman Burbank, es su creación, el ser que ha engendrado su mente y por el cuál ha perdido el alma. Por otro lado, añade ciertos elementos de thriller al guión (escrito por Andrew Niccol, el director de otra película antiutópica, “Gattaca”), que son aquellos momentos en los que Truman descubre cosas que no cuadran, como la primera escena con un enorme foco cayendo aparentemente del cielo, o cuando observa que tras lo que parece un ascensor se ven sólo cortinas y gente maquillándose, tras lo cuál es sacado a rastras por los guardias de seguridad del edificio. Es en ese momento cuando Truman siente que su idílico mundo se está resquebrajando, aunque sólo sea por la brutalidad de los vigilantes. Y es que si la realidad es frágil de por sí, la que está construida sobre cartón lo es más todavía: Truman sólo tiene que rascar un poco para que las bellas paredes se reduzcan a polvo; su mujer, su mejor amigo, el suelo que pisa al ir a trabajar… de repente nada es lo que parece, y nadie es capaz de decirle por qué.

La delgada línea entre ambos mundos está representada por un video-wall donde Christof observa a Truman, su hijo mediático. Es especialmente emotiva la escena en la que todos los monitores componen una gigantesca imagen de Truman mientras duerme, cuando Christof alarga lentamente una mano y le acaricia, virtualmente, el rostro, mostrando la aparente simbiosis entre creador y personaje: Truman es obra de Christof, pero también es la sangre que por las venas del creador circula; Christof depende mucho más de Truman que Truman de Christof, y esa sensación de seguridad que nos muestra el realizador a lo largo de la historia se convierte en desesperación cuando comprueba por sí mismo que su muñeco de plastilina se le escurre entre los dedos, de tanto apretarlo. El discurso que dirige a su creación, cuando ésta ya se debate entre salir del mundo que conoce y que le da seguridad, y el que está al otro lado de las cámaras y la impresionante bóveda que encierra “el mayor plató de televisión de la historia”, no es sino el último y desgarrado intento de evitar el desmoronamiento de lo que en el fondo no es más que un castillo de naipes.

Porque Christof es omnipresente pero no es omnipotente, aunque acabe por creérselo. No sólo está sujeto a Truman, sino que todo su poder está otorgado por la implacable audiencia… ¿o realmente no es así? Pues es otra de las dudas que el film de Weir nos plantea, y en opinión de Gillis la respuesta es “no tanto”. La audiencia manda, y ha mandado durante años en “El Show de Truman”, pero en el fondo es como un gran hipopótamo con las fauces abiertas: torpe, pesado y tragándose lo que le echen. El final de la cinta es un puñetazo en la boca del estómago del tercer pilar de este espectáculo (los otros dos serían Christof y Truman, el director y la estrella) y para mí el verdadero objetivo de Peter Weir: la audiencia se va emocionando poco a poco con el descubrimiento que Truman hace de su propio ser, con la lucha que le lleva hasta el borde físico del mundo que conoce (otra escena para recordar: el velero chocando contra la pared del “horizonte” y produciendo un sonido metálico, sordo, reverberante), y se acaba identificando tanto con su ídolo que, al final, son ellos mismos los que escupen sobre quien se lo ha traído a sus pantallas. Y, cuando Truman decide irse, la ovación es general, de gala, sonrisas por doquier y satisfacción general… para después lanzar la inevitable andanada, puesta en boca de uno de los televidentes, un guardia de seguridad que le dice a su compañero: “Mira a ver qué ponen en el otro canal”.

Parafraseando lo que Michael Ende narraba en Momo, un espectáculo esperado, devorado velozmente por el público, y olvidado con la misma rapidez. Así es el Show de Truman, así es la televisión, así es la audiencia… así somos nosotros.

Comentarios
  1. Fleder :  4.12.09

    A mí me encantó la película… es el sueño hecho realidad de cualquier paranoico. Y yo siempre lo fui un poco :)

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