El Último Boy-Scout

Partamos de esto: si a usted no le gusta Bruce Willis, no le gustará esta película y le sugiero que no siga leyendo, porque a mí sí me gustó. “El Último Boy-Scout” es ni más ni menos que Willis en estado puro, un perfeccionamiento del personaje que empezó a labrarse en “Jungla de Cristal” (“Die Hard”, de John McTiernan) hasta llegar a la sublimación de la chulería, del estar de vuelta de todo, del vivir en el descreimiento total y absoluto del mundo. Aquí se junta con un maestro del cine de acción, Tony Scott, que al contrario que su hermano Ridley es capaz de sacar pulso de una historia verdaderamente simple y hacer que funcione sin agujeros y sin aburrir.

Porque ya me dirán cómo es posible que un tío investigue la muerte de una stripper, novia de un ex-jugador de fútbol americano, para vengar a otro detective que se tiraba a su mujer (la de Willis, para no confundirnos) y proteger a un senador que le despidió cuando era su guardaespaldas, y todo ello sin perder el ríctus irónico ni la agudeza verbal mientras es sacudido por todos los matones empadronados en Los Ángeles y escupiendo sangre cada, aproximadamente, veinte minutos. Este y no otro es el argumento de la película, mera excusa para intercalar unos diálogos más que chispeantes y muy bien medidos, con un sentido del tiempo que daría que envidiar a otros films más pretenciosos. Shane Black, por entonces el guionista mejor pagado de Hollywood junto con Joe (“Showgirls”) Esterzhas, debió de pasárselo en grande mientras colocaba en boca de Willis y su compañero Damon Wayans perlas como “Es mi hija, tiene once años y si se te ocurre mirarla te meto un paraguas por el culo y después lo abro”, o “¡Mierda, nos está sacudiendo un académico de la lengua!”. Y es que Joe Hallenbeck es una versión degenerada de Harry el Sucio, quizá más idealista y decididamente más cínico (o al menos lo aparenta más), Hallenbeck trabaja por dinero y recibe tortazos casi por vocación. Un auténtico Boy-Scout, en definitiva.

A pesar del indudable contrapunto cómico de Jimmy (Wayans) Dix, la película no es una “buddy-movie”, sino que está hecha a la medida del amigo Bruce, tanto es así que no podría funcionar con ningún otro actor, de la misma manera que, por ejemplo, “Demolition Man” no habría funcionado con otro que no fuera Stallone. Si nos fijamos bien veremos que Hallenbeck raramente pierde los estribos, ya que lo considera contraproducente: cabrea más a sus adversarios simplemente con la mirada socarrona y con sus elocuentes silencios, y considera que el que avisa no es traidor, y que quien recibe el aviso y lo ignora es, simplemente, gilipollas (“¿Me das otra cerilla? Y si me tocas, te mato”). Y, por otro lado, es capaz de alcanzar la sublimación de lo feliz con pequeñas cosas: “Significa que tenemos a Marcone y al senador cogidos por las pelotas, y por eso me encanta América”, o su declaración de principios: “Si salgo vivo de esta, te juro que me pongo a bailar”.

Joe Hallenbeck es, junto con Snake Plissken (Kurt Russell en “1997, rescate en Nueva York”, de John Carpenter), el último mohicano del asfalto, capaz de beberse un whisky con una mano mientras enciende un cigarrillo con la otra y, al mismo tiempo, filosofa sobre la mierda de vida que le ha tocado llevar como el que se queja de unos zapatos que aprietan o de lo cara que está la gasolina. Soporta la infidelidad de su mujer y los desplantes de su hija, a quienes quiere con locura aunque procure que no se note, para no mostrar debilidad. Nunca se sabe en qué momento del día puede dormir, aunque está bastante claro que el asiento de su coche es más compañero nocturno que su propia cama. Quiere ser un nihilista sin conseguirlo, y en el fondo no es tan solitario como pretende, por eso usa su cinismo como escudo, para sentirse de algún modo invulnerable aunque no lo sea en absoluto, como Jimmy se encarga de hacerle notar en múltiples ocasiones. Pero Hallenbeck sabe levantarse tras cada puñetazo, porque es consciente de que nadie puede hacerle más daño que él mismo, y por eso puede mirar a la cara al tipo que le apunta con una pistola entre las cejas, mientras él está de rodillas contándole que se ha tirado a su mujer y explicándole lo gorda que está.

Por cosas como ésta es por lo que “El Último Boy-Scout” es una divertidísima película, que entretiene desde el principio (magníficos títulos iniciales con un videoclip 100 % YU-ES-EI interpretado por el incombustible Bill Medley), que juega con la media sonrisa más que con la carcajada y que, a quienes nos gusta Bruce Willis hasta dando el telediario, nos hace desear ser de mayores como él. O al menos, igual de chulos.

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