Kevin Smith: Clerks

Con esta aparentemente sencilla historia, que narra las desventuras de un dependiente en una tienda de ultramarinos (de “desavío”, que le dicen en mi tierra), y empleando un presupuesto bajísimo para rodarla, Kevin Smith dio el pelotazo en el año XXXX, demostrando que hasta a situaciones a priori bastante insulsas se les puede dar tantas vueltas de tuerca como sea necesario. “Clerks” es un ejercicio de surrealismo-frikismo aplicado a los desheredados del mosaico urbano, burlándose del arquetipo norteamericano que tiene en el consumo una razón de ser, más que un medio para la existencia.

Dante es un empleado a tiempo parcial en una de las múltiples tiendas de conveniencia de un suburbio cualquiera en una ciudad cualquiera de Nueva Jersey. Su círculo vital se reduce al local donde trabaja, en el que comparte espacio con un videoclub cutre atendido por su amigo Randall, desagradable a más no poder en el trato con los clientes, y se completa con Verónica, su actual novia, Caitlin, una ex-novia con la que tiene a pesar de todo una estrecha relación, y su juego semanal de hockey con los colegas del barrio. El continuo paso de gente de todo tipo por el local ha hecho que para él los extraños sean personas normales. Simplificando a Eco (que siempre es arriesgado), podríamos decir que Dante es un integrado en contrapunto al apocalíptico de Randall: mientras que para Dante el cliente es el motivo de su trabajo y procura que no se irrite, Randall los considera un estorbo para la sociedad y procura humillarles siempre que se presenta la ocasión. Del otro lado del mostrador, asistimos a lo largo de la película a un desfile de auténticos freaks, a cuál más epatante que el anterior, cuyas extravagancias son siempre una prueba de esfuerzo para el pobre Dante, que sufre las peores torturas psicológicas imaginables, aunque también aprovecha el día para diseccionar junto con Randall las debilidades del género humano según su forma de comportarse en la tienda.

Y eso, no otra cosa, es lo que hace Smith en su ópera prima: corta al individuo (al individuo americano, deberíamos decir) en filetes muy finos, sacando punta a situaciones y a tipos no tan insólitos para exagerar, a modo de grand guignol, las hipocondrías del consumista, todo ello intercalado entre conversaciones relativas al propio frikismo de Smith, compulsivo amante de los cómics (de los que ha sido incluso guionista de postín), fan de la saga de “Star Wars”, fetichista e irredento sexoadicto. Vamos, como la mayoría, sólo que Kevin Smith pone en boca de sus personajes diálogos que normalmente sólo mantenemos con nuestro propio cerebro. En ese sentido, también podríamos decir que Dante y Randall son las dos mitades de una misma cabeza: uno, la mitad mesurada (o reprimida, si lo prefieren, no en vano le acusan de ello desde distintos frentes en todo el film), el otro, la de testosterona desatada, en un juego dual planteado con gran acierto, incluso desde la misma concepción de la tienda bífida: a los dos sitios se llega por la misma puerta.

La película, que se deja ver bastante bien, adolece de algunos defectos bastante habituales en primeros filmes, el principal de los cuáles es querer contar demasiadas cosas en muy poco tiempo, perdiendo así la capacidad de síntesis. Así, mientras que en algunos momentos los diálogos, que son la base del guión, resultan realmente logrados y en ocasiones descacharrantes, en otros se ven muy forzados, casi traídos por los pelos, queriendo ser sorprendentes sin conseguirlo. En compensación, algunas situaciones están francamente bien conseguidas, con un esquema narrativo muy parecido al de Quentin Tarantino, pero bastante más sutil en su resolución. Esta combinación de cal y arena se hace patente también en los retratos de los personajes, bien construidos y con mucho más contenido de lo que puede parecer en un primer momento, pero que a ratos se exageran tanto que acaban resultando cargantes. Aparte de esto, son bastante convincentes y los actores que los encarnan, completamente desconocidos entonces, realizan su trabajo con oficio y buenas maneras, aunque a ratos se note la bisoñez.

De entre el elenco de caracteres del que podemos disfrutar en “Clerks”, hay dos que brillan con luz propia y que por su naturaleza han pasado a convertirse en dos iconos del cine “independiente”, así entre comillas, de los años 90. Hablo, por supuesto, de los inefables Jay y Bob el silencioso, interpretados por Jason Mewes y el propio Kevin Smith, que aportan el punto más ácido del film y que se convertirán en recurrentes en toda la filmografía posterior del director. Jay y Bob, tan distintos que son inevitablemente complementarios, podrían ser los Zipi y Zape norteamericanos, aunque allá ni siquiera sepan de ellos. No entraremos a hablar en profundidad de estos dos elementos (eso lo dejamos para una crítica posterior dentro de esta serie), pero sí queremos indicar que aquí tienen un papel bastante más secundario que en sus restantes películas, sirviendo más de afilado aporte humorístico, un tanto pesado por parte de Jay, reafirmando mi opinión anterior sobre lo cargante de algunos personajes, y no tan lleno de matices en el caso de Bob. En resumidas cuentas, dos diamantes a los que todavía no se les ha pulido bien.

Terminamos diciendo que “Clerks” es un buen ejercicio de cine por parte de alguien a quien influyen muchísimo las expresiones de la llamada subcultura, que ha tenido la buena suerte de poder poner en imágenes y palabras lo que ha querido, marcando un cierto estilo que, si bien sufre de los hándicaps que acompañan a un bajo presupuesto y escasez de medios técnicos (no en vano está rodada en blanco y negro y la fotografía está lejos de ser brillante), ya apunta un potencial que se desarrolla casi completamente en su siguiente film, “Mallrats” y que alcanza su cenit en “Dogma”, de las que hablaremos en futuros artículos. Sin ser, quizá, la maravilla que muchos críticos quisieron ver, sí resulta imprescindible para entender la evolución posterior de Kevin Smith, mucho más perfeccionista sin dejar de ser gamberro. Tomando eso en consideración, resulta fácil comprender por qué “Clerks” se ha convertido, en un tiempo récord, en un auténtico film de culto.

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