Kevin Smith: Mallrats
Cambia mucho a la hora de hacer una película el poder disponer de medios para realizarla a gusto. Pues nunca debe olvidarse que el cine es un arte visual, para narrar mediante la imagen acontecimientos en los que la palabra se queda coja, cuando no resulta superflua. Si ello no es posible, entonces es la imaginación y el ingenio los que toman la delantera, lo que se refleja habitualmente (y, por desgracia, de manera exagerada) en los diálogos, que tratan de conseguir del espectador las reacciones que las imágenes, precisamente por la carencia de medios, no pueden aspirar a lograr.

Teniendo esto en cuenta es realmente fácil dar con las principales diferencias entre “Mallrats” y su antecesora “Clerks”, siendo como son dos películas que comparten una esencia mucho más similar de lo que a primera vista aparece. En “Clerks”, Kevin Smith utiliza la tienda de desavío y el videoclub para poder plantear una serie de situaciones en las que hila muy fino, pero que quedan en su desarrollo como “encargo” para el espectador, que ha de dibujarlas en su mente. En “Mallrats” toma muchas de esas situaciones y, ahora sí, les da una plasmación en imágenes, por lo que en realidad no discurren tantas historias paralelas como en la anterior, sino que se realizan variaciones y fuga sobre los principales temas que Smith ya planteaba: las relaciones con las chicas, el sexo puro y duro, la mitomanía y la dureza de enfrentarse al mundo real, donde hay que tomar decisiones a cada momento.

Ahora la tienda de ultramarinos se ha trocado en un enorme centro comercial al que los protagonistas Brodie (Jason Lee) y TS (Jeremy London) acuden como forma de alejar de sus mentes la reciente ruptura con sus respectivas novias (Shannen Doherty y Claire Forlani). Una vez allí, y tras un desafortunado encuentro con el dependiente de una tienda pija (Ben Affleck), descubren que en el centro comercial (“Mall” en inglés) se va a grabar un programa concurso de búsqueda de parejas donde Brandi, que es la hija del productor (Michael Rooker), participa a su pesar como la chica a conquistar. A partir de ahí los dos amigos tratarán de urdir un plan para, por un lado, sabotear el concurso y, por el otro, reconquistar a sus dos amores. Como no resulta una tarea fácil, acuden a las dos únicas personas capaces de montar semejante escándalo sin sentir remordimientos: naturalmente, son Jay y Bob el silencioso.

La diferencia fundamental con “Clerks” es que en aquella la historia era un conjunto de historias entrelazadas, que usaban como nexo de entrada/salida a la tienda donde trabajan Dante y Randall. Aquí, en cambio, sí que existe un hilo conductor con dos personajes de los que parten el resto de situaciones, es decir, lo que en álgebra se conoce como “nodo fuente”, y de ahí se va dando pie a un nuevo elenco de personajes secundarios donde las extravagancias vuelven a estar a la orden del día. Así, tenemos al “pringao” que se pasa las horas muertas delante de un póster del “ojo mágico” en el que todo el mundo es capaz de ver un barco de vela menos él. Tenemos también a una colegiala que está realizando un estudio sobre la sexualidad masculina grabando en video a los hombres que se acuestan con ella… todo con el conocimiento y consentimiento de sus padres (impagable una de las escenas finales, que no pienso desvelarles). Nos encontramos al típico asistente a los concursos de parejas, que de tan bueno y formal resulta estomagante (Brian O’Halloran, antes Dante, ahora en un pequeño papel), o al psicópata productor, que trata de evitar por todos los medios, éticos o no, de que su hija se vaya con un adolescente sin oficio ni beneficio, en un papel hecho a la medida de Michael Rooker (“Melodía de Seducción”, o “Henry, retrato de un asesino”). Y así podríamos seguir un buen rato, dado que, igual que en la anterior, en “Mallrats” son los detalles tan importantes como la trama principal, aunque algunos estén metidos casi con calzador, solamente como efecto de la desatada mitomanía de Smith, cual es la aparición del gran gurú de los cómics, Stan Lee.

Pero no se trata sólo de diferencias en la forma de contar la historia, sino también, y como decíamos antes, en lo visual del asunto, y ahí lo más chocante para Gillis es, quizá, el cambio en el arquetipo femenino: mientras que en “Clerks”, donde los actores eran todos amigos del director, las chicas son de todo punto normales de aspecto, ciertamente atractivas pero con aire y maneras mucho más campestres (de “puerta de al lado”, por usar una frase muy manida), en “Mallrats” son auténticos bellezones, mucho más propias de desplegables de revista; tanto que, si se han visto las dos películas seguidas, las mujeres de ésta resultan francamente irreales. En este sentido se podría salvar ligeramente Claire Forlani, aunque su aparentemente recatado personaje desprende mucha más sensualidad que la reventona Doherty o la demasiado lanzada Joey Lauren Adams (aquí en su primera colaboración con Smith, después protagonista absoluta en “Persiguiendo a Amy”).

Debo confesar que hasta hace bien poco no tenía demasiado buen concepto de “Mallrats”, pero que desde mi último visionado, hecho expresamente para escribir esta serie de críticas sobre el cine de Kevin Smith, he cambiado radicalmente de opinión. Pienso que es porque la primera vez que la vi no pude hacerlo desde el principio y ahora, en cambio, me parece un estupendo ejemplo de la evolución hacia arriba de este cineasta. Cae todavía en algunos de los errores de la primera, como forzar demasiado un final para su mayor gloria, o estirar algunas situaciones que no vienen especialmente a cuento (nuevamente, Stan Lee mediante), pero se nota un estilo mucho más depurado, con personajes más definidos y que ya no van tan sobrados, y, sobre todo, con el gran acierto de no querer contar esta vez tantas cosas en tan poco tiempo: el tempo de esta película está notablemente mejor medido y las resoluciones son claras y determinantes, haciendo encajar todas las piezas sin artificios incoherentes (y pongo por ejemplo el caso del “uso de la Fuerza” por parte de Bob el Silencioso… no digo más). Incluso los dos personajes más irreales del film, que son la inseparable pareja de Jay y Bob, tienen mucha más sustancia que en la anterior, sus diálogos tienen mucho más sentido también y ya no son una sucesión de tacos deslavazados y, salvo el irritante “¡snootchie-bootchie!” que suelta Jay a mitad de la película para repetirlo varias veces después, aquí estos dos individuos asientan definitivamente su personalidad. Otro punto a favor es la capacidad que tiene Smith de no tomarse demasiado en serio, y hace constantes guiños a su anterior obra, de los que prácticamente ninguno es para alabarla, más bien lo contrario. Nuevamente son detalles de fondo que hay que ver con atención (y, por supuesto, requieren haber visto “Clerks”) para poder captarlos. Pero que no se engañe nadie: Kevin Smith sabe perfectamente lo que quiere hacer y tira hacia delante con ello, procurando divertirse con la profesión que ha tenido la suerte de poder escoger, pero al mismo tiempo queriendo demostrar que lo de “Clerks” no fue una flauta que sonó por casualidad, sino que cuando tiene medios y dinero, sabe cómo usarlos. No se cortó a la hora de cambiar el blanco y negro por el color, aunque se vea menos “independiente”, y lo utiliza magistralmente aquí, huyendo de luces y tonos chillones para centrarse en la luminosidad de una comedia bastante gamberra pero con cierto tufillo filosófico de salón y que a ratos llega incluso a enternecer. Y ello nos lleva a preguntarnos… ¿qué pasaría si Smith alejase algunos fantasmas de su cerebro y se atreviera con una película de las llamadas “serias”? Tengo la impresión de que su siguiente film, “Persiguiendo a Amy”, podrá darnos una pista bastante exacta de ello. Lo veremos en breve, mientras disfrutamos del buen sabor de boca que “Mallrats” consigue dejarnos. La cosa sigue prometiendo.

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