Serendipity

Vamos a hacer algo” dice él. “De acuerdo, ¿qué quieres hacer?” pregunta ella, “no me importa”, replica él, y ambos sonríen. Y se van a patinar al Rockefeller Center. Y luego se separan, esperando encontrarse en algún otro momento de sus vidas, igual que se encontraron por casualidad ahora. Se llama “serendipity”, y significa “un accidente afortunado”.

Lo principal en una película, al igual que en un libro o en una obra teatral, no es la historia que se cuenta, sino cómo se cuenta. Así, es posible hacer grandes películas de historias en principio insulsas (“Tiburón”, por ejemplo) o de novelas en las que no ocurre nada (“Lo que queda del día”, de James Ivory). Y de historias tan simples como románticas, que por principio se prestan al pastel y la cursilada, es posible construir películas realmente bonitas. “Serendipity” es una de esas películas… posiblemente nunca alcanzará a ocupar páginas en la historia grandiosa del cine, ni habrá supuesto una inflexión en la carrera de sus protagonistas, pero es un film que se deja ver muy bien, y se deja ver muchas veces, lo que es una extraña cualidad.

Jonathan y Sara se conocen en Bloomingdales, cuando deciden escoger un par de guantes negros, los últimos que quedan para regalar a sus respectivas parejas. Salta la chispa e, inevitablemente, se enamoran al primer golpe (si no, nos quedamos sin película). Sara es supersticiosa y cree ciegamente en el destino, quiere estar enamorada de Jonathan, pero las señales le dicen lo contrario. Jonathan no cree en el destino, sino en su corazón, y a pesar de que no quiere dejarla, acepta que sea la propia casualidad la que en el futuro les vuelva a unir. Como en todas las historias de amor, al principio nunca resulta, y un billete de cinco dólares con el teléfono de Jonathan, más un antiguo libro con el de Sara, se ponen en marcha esperando volver a sus manos algún día.

Algunos años más tarde, Jonathan está a punto de casarse con su novia de siempre, y Sara sigue viviendo con su novio, a pesar de que la magia hace tiempo que se desvaneció. Ninguno de los dos ha podido de dejar de pensar en el otro, aunque han perdido la esperanza del reencuentro. Pero se olvidan del factor más importante en sus vidas… “serendipity”.

La frase del principio de esta nota ya da idea de por dónde va a ir la historia: romántica hasta decir “basta”. Su principal baza, lo bien contada que está, con una trama que evita alargar en exceso las situaciones o pastelear con ellas. Y eso es lo importante, que no tiene pretensiones ni quiere ser un tratado sobre las relaciones: simplemente empieza con la típica frase “chico conoce chica” y hace rodar la película exclusivamente en torno a ese motivo. La película es, desde luego, tramposa, pero con ese tipo de trampas que el espectador acepta porque es lo que espera que ocurra. Quiere que Jonathan encuentre a Sara, quiere que se produzcan esas casualidades de fortuna, quiere que Sara tome la decisión de dejar al esnob de su novio y por una vez fuerce su destino, quiere, en fin, que cada elemento esté perfectamente colocado en su sitio para que la historia alcance ese final que todos sabemos que alcanzará, porque si no lo hace lincharemos al director.

Y como eso no puede suceder hasta que pase una horita y media, pues hay que poner todas las chinas en el zapato posibles, y ahí ya el guionista se gusta, al insertar elementos cómicos que provocan irritación e hilaridad al mismo tiempo, pues entorpecen las pesquisas de los protagonistas, pero con cierto sentido de la (in)oportunidad, entre los que destaca un descacharrante Eugene Levy, que afortunadamente sabe el valor de las apariciones cortas, por lo que nunca se hace superfluo. Además de los secundarios de lujo, se juega con elementos tan previsibles como efectivos, como el que ambos estén en plantas diferentes del mismo edificio, las idas y venidas del libro en cuestión (“El amor en los tiempos del cólera”, de García Márquez, por cierto) o la recurrente presencia del café que da título al film. Todo ello unido a una banda sonora compuesta claramente para vender discos (y desconozco si los vendió, la verdad), hace una película tan simple, tan simple, que uno la ve realmente cómodo, sin tener que pensar demasiado.

No busquen en “Serendipity” la respuesta al sentido de la vida, no pretendan hallar la obra maestra del siglo, no quieran en absoluto ser sesudísimos críticos acerca de la estulticia del cineasta americano medio. No es eso. Es simplemente, una película, con una historia de esas que no son reales, que hace sonreír por un ratito y soñar con el amor perfecto, ése donde todo encaja tan bien que algo debe de salir mal, aunque no salga. Así que recuéstense en el asiento, cojan sus palomitas, encandílense con la hermosísima Kate Beckinsale o con el romántico y siempre eficaz John Cusack (que es un buen actor tanto en películas buenas como en filmes horribles, y absolutamente infravalorado), ríanse con los equívocos, sonríanse con las casualidades, y aprendan, ya que estamos, que la “serendipia” es, en el fondo, la manera en la que todos nos gustaría llevar nuestras vidas adelante.

Pero no se olviden… no es más que una película. Muy bonita, eso sí.

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