Poderosa Afrodita

“Poderosa Afrodita” puede considerarse, entre otras cosas, un ensayo que hace Woody Allen en el campo de los musicales, género en el que entra de lleno en su siguiente largometraje, “Todos Dicen I Love You” (próximamente en su Remington). Pero es bastante obvio que aquí ya va apuntando lo que quiere hacer, con la inserción de un coro griego que nos va contando la historia e intercalando un par de canciones a modo descriptivo. En realidad, la música es uno de los elementos más importantes que tiene el cine de Allen, un enamorado del jazz, el swing, el rythm&blues, de los sonidos gershwinianos, e incondicional de maestros como Cole Porter. No es raro, por ello, encontrarnos temas repetidos en sus películas, habitualmente subrayando momentos de parecido desarrollo entre ellas. Pero es aquí donde por primera vez se le da un papel a la música que entronca con la historia que está contando (en “Dias de Radio”, que sería lo que más se aproxima a esto, la música era más el fondo del relato, el “background”, que la forma de narrarlo).

Dejando aparte este pequeño desvarío, “Poderosa Afrodita” es una de las comedias más tiernas y brillantes de Woody Allen en esta que he dado en denominar su “tercera etapa” (véase la reseña de “Misterioso Asesinato en Manhattan, en este mismo weblog), en parte porque, aunque Allen sigue siendo protagonista principal de la obra (prácticamente todas las escenas se refieren a su punto de vista), esta vez deja mucho campo libre al resto de personajes, que pueden desarrollarse mejor junto a él, en lugar de a su sombra, como veremos en un momento.

En este film los Weinrib son un matrimonio no demasiado bien avenido. Amanda es una galerista de arte bastante esnob, muy embebida en su trabajo y que desea tener un niño por capricho, desdeñando todo el proceso del embarazo, que le quitaría tiempo para sus tareas. Lenny, por su parte, es un cronista deportivo bastante más mundano, que no soporta figurar ni los compromisos a los que su mujer debe atender. La adopción de Max los vuelve a unir en cierta medida, pero la inusual inteligencia del niño hace que Lenny se plantee buscar a su madre, más por la curiosidad que por una cuestión genética. Cuando, para su sorpresa, descubre que ella es una actriz porno más bien corta de luces, decide que lo menos que puede hacer es intentar que salga de ese mundillo y comience una vida normal, lo que no será precisamente una tarea fácil.

Este film de Allen recoge mucho del espíritu ligero de sus primeras comedias, dejando margen para el género “slapstick” que las acompañaba, e incluso con elementos que ya aparecían en “Toma el Dinero y Corre” o en “Annie Hall”, con intermedios entre cada escena donde se narra, a modo de elipsis, lo que va sucediendo. Pero estiliza esos elementos, por un lado saliéndose del papel de narrador y, por el otro, con el recurso más brillante que he visto hasta la fecha en una comedia: colocar a un coro griego que nos guía por la historia intercalándola con versiones un tanto “sui géneris” de los principales mitos helénicos, pero no en forma de parodia, pues la parodia siempre es irrespetuosa, sino a modo de homenaje, actualizando por supuesto el lenguaje narrativo y, como mencionaba al principio, insertando un par de números musicales para subrayar ciertos momentos episódicos, demostrando que no es necesario recurrir al videoclip que actualmente se estila tan frecuentemente como sustituto del pobre lenguaje cinematográfico de la mayoría de directores. Además, parafraseándose a sí mismo y a su film “La Rosa Púrpura de El Cairo”, el coro interactúa en ocasiones con los personajes de la historia que cuenta, pero siempre manteniendo las distancias sobre ésta, lo que cómicamente resulta muy eficaz. En particular, la breve pero descacharrante escena de Tiresias, profeta ciego de Tebas, con un inmenso Jack Warden, o la aparición de cierto Dios olímpico, que demuestra que hasta para él los tiempos han cambiado. No digo más…

No llega a la categoría de obra maestra, porque como viene pasando con Allen desde “Balas Sobre Broadway”, se le queda cojo el reparto de una pata (y, últimamente, parece que de más, por desgracia). Esa pata es Helena Bonham-Carter, no por su papel en sí, sino porque aunque podamos creernos que un pureta como Woody, con más de sesenta años, pueda ser objeto de deseo en un momento dado de una prostituta a la que le dobla la edad, no hay por donde agarrar ese matrimonio entre Lenny y Amanda, que no sólo en pantalla se antoja físicamente improbable (y hay un flashback que resulta rayante), pero factible de todos modos, sino porque además de eso no me explico cómo esa esnob, obsesionada con su trabajo y con estar en los círculos más altos, pudo siquiera pensar en casarse con un sesentón neurótico mucho más mundano y a quien la “beautiful people” le produce urticaria. Es más, ¿dónde se pudieron conocer? En cualquier caso, la Carter está tan cargante como casi siempre, pero como en este caso se ajusta al papel que ha de representar no se nota demasiado.

La compensación viene, desde luego, con la Afrodita del título, una Mira Sorvino que está enorme en todos los sentidos: desde su primera aparición en una casa tan kitsch que nadie se atrevería ni a ponerla de portada de “El Jueves”, y empeñada en hacerle una mamada al bueno de Allen, hasta el final de la película, donde ha alcanzado cierta posición, pasa por una serie de etapas donde su carácter se desarrolla de manera cuasi-metafísica. La inusual belleza de esta actriz, contrastada brutalmente con la voz nasal que adopta para el personaje y lo soez de su vocabulario, conforman un personaje de lo más tierno, algo así como un peluche a tamaño natural (y qué natural, Gillis dixit, quiero mil) que uno se llevaría a casa con sumo gusto, aunque sólo fuera por el placer de contemplar ese caudal de energía fuera de la pantalla.

Y el resto, pues lugares comunes en la filmografía del neoyorkino: Allen haciendo de Allen, con los tics, los gags y las obsesiones de siempre, que son paranoias que no pueden pasar de moda; muy al contrario, aumentan y se extienden cual mancha en tanto que el mundo se desarrolla cada vez más y hasta las neuras son exportables. Un completo elenco de secundarios ilustres que se decora con gente de la categoría de F. Murray “perdóname Mozart” Abraham, David Ogden Stiers, que también aparecerá de forma recurrente en posteriores películas, un Peter Weller que ha madurado mucho desde su infravalorado trabajo en “Robocop”, aunque cada vez se prodigue menos en escena, y la recuperación de una de las musas de Chaplin, Claire Bloom, demuestran la incansable pasión cinéfila que Woody Allen pone al servicio de sus trabajos. Insisto, no es cierto, como cantan los tópicos, que produzca una obra maestra cada año, pero sí es verdad que cada película suya es en sí un experimento dentro de una cierta ortodoxia, y que muchas de ellas, como la que nos ocupa, son especialmente divertidas y, sin acercarse siquiera a la perfección, sí que se dejan ver más de una vez.

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