Fama

Es complicado encontrar una película buena del soporífero Alan Parker, pero si se mira con atención, es hasta posible extraer alguna joyita. Ésta, además, supuso todo un hito en el terreno del musical, no tanto por las escasas novedades que aportó al género, sino por la gran aceptación entre toda una generación de jóvenes que buscaban expresarse de distinta manera.

“Fama” es una película que abarca, con la música como excusa (y esto es un detalle, normalmente hay que buscar una excusa para la música), todo un abanico de problemas y sensaciones propios de la juventud de finales de los 70, aquella que se fue difuminando hasta dar paso a la insulsez y el conservadurismo de la era Reagan. Retrata cosas tan dispares como la timidez, la ambición, la envidia, la amistad, el éxito o el fracaso… y otras algo más polémicas teniendo en cuenta la época, como es el caso de la homosexualidad, aquí presentada de manera bastante amarga (no era fácil salir del armario en los 80). “Fama” dibuja también, en distintos grados, la rebeldía ante lo establecido, pero sin querer dar lecciones: Bruno se rebela contra una música que se ha quedado estancada; Montgomery lo hace contra su físico y su condición sexual, que ha de suplir con sus emociones; Ralph (o Rafa) contra sus propios orígenes y contra la tristeza inherente al payaso; Lisa, en fin, se rebela contra sus limitaciones como bailarina para volcarse en el drama.

Pero los personajes más logrados, en mi opinión, son Doris y Leroy, que ofrecen justamente dos puntos diametralmente opuestos de esa rebeldía: Doris ha de levantarse contra la sobreprotección de su madre, que proyecta en ella sus propias frustraciones, pero también contra su timidez, que consigue superar cuando descubre que el sentido del ridículo es sólo relativo, en una genial escena dentro de un cine donde se proyecta “Rocky Horror Show”. El camino hacia ello no le resulta fácil ya que, paradójicamente, Doris se siente rara por considerarse “normal”, dentro de una escuela en la que todos tienen alguna extravagancia. Leroy, por su parte, recorre el camino inverso: es un rebelde por definición, criado en un barrio conflictivo y que entra de rebote en la escuela por sus innatas habilidades para el baile. Durante los cuatro años de carrera (que son los que la película recorre, en cuatro actos), Leroy aprenderá a moderarse, sin por ello dejar su actitud chulesca y contracorriente, hasta tomar conciencia de lo importante que es el baile para su vida y de la imperiosa necesidad que tiene de graduarse, como paso inapelable para salir del ghetto.

Alan Parker se permite alguna que otra travesura en este film, que dependiendo de en qué punto se visione, puede dar la engañosa impresión de ser un drama, cuando en realidad es una comedia ácida, costumbrista si me lo permiten. Todas las situaciones, incluso las más dramáticas, acaban resolviéndose con una vuelta de tuerca tan inesperada como improbable, e incluso en varios puntos del metraje se insertan escenas que recrean el mejor estilo del cine musical, esto es, el número por el número, la canción sin excusa, aquella en la que todos cantan, todos se saben la letra y todos conocen la coreografía. Y aquí hay dos momentos que forman justa parte del imaginario cinematográfico: uno de ellos es la escena de la cafetería de la escuela, donde entre platos de puré de patatas y el asfixiante humo de los cigarrillos se puede ver, y oír, una explosión controlada de ritmo que se desarrolla in crescendo ante los atónitos ojos de Doris. El segundo, el más brillante del film, es la escena con la canción que le da título y en la que Angelo, el padre de Bruno, coloca unos altavoces sobre su taxi y pone en el cassette, a todo volumen, la maqueta de su hijo con el famosísimo tema que canta Coco (Irene Cara) y toda la Escuela de Arte de Nueva York ocupando (o, mejor, okupando) la Avenida Amsterdam y bailando descontroladamente al son de las notas de Michael Gore. Incluso se produce una pelea entre Angelo y un camionero que quiere pasar, pero que queda difuminada rápidamente entre el júbilo y la música.

Lejos de ser una obra maestra, y con algunos momentos excesivamente alargados, “Fama” posee como primera cualidad su música, pero como segunda su impecable factura, tanto en los escenarios, inspirados en la Fiorello LaGuardia School For Performing Arts, de Nueva York, como en la elección de los intérpretes, prácticamente desconocidos. En el caso de los profesores, muchos de ellos fueron escogidos de entre los propios docentes de dicha escuela. La tensión ante las audiciones, posiblemente la parte más lograda, aparte de la escena mencionada arriba, está fantásticamente recreada y, lo más importante, muy bien resuelta. Algunos personajes adolecen, sin embargo, de matices, y se echa de menos una mayor definición de la personalidad de los profesores. No obstante, el éxito de la película permitió resolver “a posteriori” este fallo. El resultado es de sobra conocido: la serie de televisión del mismo nombre y que despertó en jóvenes de todo el mundo la pasión por las artes dinámicas. También marcó una época, pero ya no fue lo mismo. Ya había perdido la inocencia y la frescura del film original.

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