Kevin Smith: Persiguiendo a Amy

La tercera película de Kevin Smith tiene un corte mucho más intimista que las dos anteriores y, desde luego, que las dos posteriores. Puede decirse que “Persiguiendo a Amy” es un falso llano en un camino plagado de altibajos. Pero ese llano, por desgracia, no se encuentra precisamente en la parte más alta de la subida, sino que da la sensación de que se queda a medio camino dentro de lo que podía ser una buena idea a la hora de abordar un cine algo más serio en la cuestión argumental que sus dos primeras gamberradas –dicho sea con toda la admiración posible.

Smith cuenta aquí una historia de amor inspirada lateralmente en sus propias experiencias y, particularmente, en su relación personal con la protagonista, Joey Lauren Adams. Aunque también aquí exagera las situaciones hasta rozar el absurdo, si bien dentro de lo mínimamente creíble, se nota bastante que en esta ocasión ese absurdo es más una fachada que enmascara su auténtico deseo por plasmar sentimientos reales. Y es por ello que de las cinco películas que definen el grueso de su filmografía, ésta es la única que sería posible identificar como una comedia romántica, pues no es otra cosa.

Smith hace ahora protagonistas absolutos a sus mitos de siempre: los dibujantes de cómics. Holden y Banky son los autores de un tebeo de efímero éxito, “Bluntman y Chronic”, inspirado en las peripecias de los inefables Jay y Bob el Silencioso (cuya presencia aquí es la más corta de toda la pentalogía, pero no por ello menos jugosa). En una feria del género, y a través de su amigo Hooper X, conocen a Alyssa, reciente creadora de un cómic de culto. Holden se enamora hasta las cejas de ella, para desesperación de Banky, que cree que puede arriesgar la amistad que entre ellos existe desde el colegio y que ahora está dando tan buenos frutos profesionalmente. El hecho de que Alyssa sea lesbiana no supondrá un obstáculo para que Holden intente conquistarla, con resultados bastante desiguales.

En “Persiguiendo a Amy”, todo el peso de la película recae sobre los tres protagonistas principales, a diferencia de los anteriores films de Smith, donde se repartía mucho más en los secundarios. De hecho, los momentos en que éstos inciden en la historia están bastante localizados: la mayoría se producen al principio en la feria del cómic, con la presentación de Hooper, el luchador negro que tras los bastidores resulta ser una locaza, o bien con el típico fan-freak peñazo (personaje con el que Smith parece que se siente identificado) que acude para recolectar autógrafos mientras hace gala de su “sabiduría” en el campo de las viñetas. Jay y Bob el silencioso tienen, como hemos mencionado, una aparición casi testimonial, aunque clave. Y los habituales del director, como Brian O’Halloran, también disfrutan de sus pocos segundos de metraje. Da la impresión de que Smith quiere contar esta vez la historia eliminando los clichés, pero sin alejar demasiado a sus ya por entonces numerosos fans. Ese es precisamente el problema: que no llega a rematar ninguna de las dos cosas. Ni consigue limpiar la historia de tics, ni la acaba de desarrollar en todas sus posibilidades. La costumbre de insertar múltiples referencias cinematográficas (autoparodias incluidas) aquí es mucho menos efectiva, incluso forzada. La abierta sexualidad de Alyssa se manifiesta en un par de diálogos brillantes, como por ejemplo la discusión con Banky sobre las lesiones producidas por el sexo oral, o la que tiene con Holden en los columpios sobre la “normalidad”, pero la ambigüedad del personaje se diluye rápidamente, por lo que no nos la acabamos de creer. Incluso la intervención de Jay y Bob es superflua, porque no aporta nada nuevo ni al argumento ni al pensamiento de Holden, ni siquiera hace pensar al espectador aportando nuevas ideas.

Es una pena que se haya desaprovechado el potencial de Joey Lauren Adams en esta película: la frescura que ya apuntaba en “Mallrats” tiene aquí un vehículo perfecto para desatarse, pero el tener que constreñirse a este argumento tan simple se lo impide. Alyssa no nos enamora, no logramos identificarnos con los sentimientos de Holden, ni siquiera con los celos de Banky. No entendemos cuál es el motivo de tanto jaleo por esa chica ni por qué causa tamaña crisis entre la pareja de dibujantes, y durante la hora y media del metraje siempre te quedas con la sensación de que falta algo, de que rascando un poco la superficie y eliminando los –geniales, por otra parte – chistes, lo que queda es el vacío. La que para muchos es la mejor película de Kevin Smith resulta, para Joe Gillis, un intento fallido de un cineasta que en este punto aún no está maduro. No porque no sea capaz de imprimir un cierto dramatismo a sus historias (los guiones que ha escrito para diferentes cómics, demuestran que sí lo es), sino porque su necesidad de hacer un producto algo más profundo ha chocado con sus propios tópicos, sin que se atreviera a librarse de ellos, en perjuicio del resultado final. Jay y Bob, las paranoias “freakies”, los latigazos obscenos… son elementos muy efectivos para hacer reír de manera sana e inteligente, pero casan muy poco con el romanticismo y la intimidad, al menos en el cine. Y eso, a pesar de que la vida real sorprende mucho más.

Personalmente, sospecho que el director se olió el patinazo y decidió aparcar este tipo de películas para tiempos mejores (y no vuelve a tocar el género hasta “Jersey Girl”, de hecho), mientras que en las dos próximas vuelve a dar rienda suelta a su innato talento para la provocación y el surrealismo de baja intensidad. Lo veremos en detalle en próximos artículos, donde analizaremos “Dogma” y “Jay y Bob el Silencioso contraatacan”.

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