Sophie Scholl: Los últimos días

Durante la Segunda Guerra Mundial, existieron en Alemania algunos movimientos de resistencia pasiva al régimen del III Reich, de los cuáles se conoce muy poco en el resto de Europa. Debo confesar mi ignorancia, a pesar del tiempo que llevo aquí, acerca de la historia de los hermanos Scholl, Hans y Sophie, y de la organización de La Rosa Blanca, formada por antiguos veteranos del frente alemán, muy jóvenes todos ellos, y que ejercieron dicha resistencia mediante la única arma de la que podían disponer: la palabra. En este sentido, los hermanos Scholl, y particularmente Sophie, se consideran desde hace sesenta años un ejemplo a imitar sobre compromiso y espíritu crítico.

La película de Marc Rothemund no se centra en las actividades de La Rosa Blanca, sino justamente en la más famosa de sus protagonistas, Sophie Scholl, quien con sólo 22 años se convirtió en un símbolo. Nos narra, casi en primera persona, los cuatro días que Sophie (interpretada por Julia Jentsch) pasó en una prisión de Múnich, acusada junto con su hermano de distribuir panfletos sedicentes. Cuenta el duelo dialéctico que mantuvieron ella y el oficial de la Gestapo que le interrogó, Robert Mohr (Alexander Held, posiblemente lo mejor de la cinta) y cómo los principios de ella se impusieron a su lógico instinto de supervivencia, asumiendo para ella y para su hermano toda la responsabilidad de los hechos. Hans y Sophie murieron decapitados tras una pantomima de juicio, y el resto de La Rosa Blanca fue posteriormente encarcelado y sentenciado, en su mayoría, a muerte.

En todo el film, la cámara prácticamente no abandona la perspectiva de Sophie (buena parte está hecha con cámara al hombro), de manera que podemos seguir junto a ella todo el encarcelamiento y el interrogatorio como privilegiados espectadores. El guionista Fred Breinersdorfer se basó en las transcripciones de éste que se conservaban en los archivos de la Gestapo, y sobre éstos construyó buena parte de los diálogos que en el film se escuchan. Ello da una buena composición histórica a lo que se narra, pero encorseta, y mucho, el desarrollo de la película, que acaba siendo excesivamente lineal. Aunque no deja de ser interesante, y las casi dos horas de metraje no se hacen pesadas, termina uno con la sensación de que el director se ha quedado muy corto. Pasa mucho tiempo enfocando a Sophie sin saber extraer nada de ella y le falta arriesgar, especular un poco, mostrar las posibles motivaciones de Sophie, lo que podría pasar por su cabeza, que le mueve a mantener esa numantina determinación ante Mohr, cuál sería el proceso mental que le lleva a declarar como lo hace durante el juicio. Pasamos la mayor parte de la película esperando algo más, algo que realmente nos acabe de identificar con la protagonista; que nos lleve, aunque sea de manera hipócrita y ficticia, a ponernos en su piel y tomarla como ejemplo de algo que también haríamos. Pero no lo consigue casi en ningún momento.

Con esto no quiero decir que la película sea mala: está bien contada, no le falta dramatismo ni se recrea en largos planos sin medida. La historia es interesante, sobre todo para quien no la conoce y se deja ver muy bien a pesar de su duración. Pero se queda muy floja en el contenido, y ni siquiera los personajes consiguen rescatarnos de ello. Julia Jentsch compone una Sophie intensa, pero sin rematar. Fabian Hinrichs no lo hace mal como Hans, pero sus cortas apariciones no le permiten desarrollar más al personaje. Johanna Gastdorf está correcta en su papel de Else Gebel, la compañera de celda de Sophie, pero también le falta profundidad. Y, curiosamente, el personaje más logrado es el de Herr Mohr, que junta histrionismo y moderación a partes iguales, mostrando la parte más fuerte de esa terrible lucha psicológica para intentar que Sophie se derrumbe y delate a sus compañeros. El espectador (o por lo menos Gillis) acaba dándose cuenta de que le cae bien Mohr, con lo que comprueba aterrado que el engaño funciona.

Lo mejor de la película, aparte de la interpretación de Alexander Held, son las escenas finales del juicio (y las anteriores y posteriores que lo rodean), en los que toda la tensión acumulada en los tres días de interrogatorio se descarga sobre un público compuesto íntegramente por oficiales de las SS y de la Wehrmacht, a quienes caen las palabras como agujas heladas, ante la implacable mirada del Juez Superior del Pueblo, Roland Freisler (André Hennicke). En las escenas previas a la ejecución, cuando Sophie toma conciencia de todo por lo que acaba de pasar y del hecho inevitable de su muerte, se produce quizás el momento más emotivo y devastador de toda la película, y la razón por la que merece la pena verla. Pues quizás, y digo esto muy pocas veces, “Sophie Scholl: Los últimos días” es un film que ha de verse más por lo que cuenta que por cómo lo cuenta. Para saber que en la Alemania nazi también existieron grandes ejemplos a seguir, como el de los hermanos Scholl.

Sophie Scholl fue detenida el 18 de febrero de 1943 y murió decapitada el 22 de febrero.

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