Star Wars Episodio III: La Venganza del Sith

Dejando aparte consideraciones artísticas y de realización, creo que la principal diferencia entre la trilogía galáctica original y la moderna es simple: la original la forman tres películas de aventuras, con todos los detalles de los viejos films del oeste colocados en el escenario del espacio exterior, cuajado de estrellas. La moderna, en cambio, son tres películas de trasfondo político, donde lo que prima son las relaciones entre los distintos personajes, el desarrollo de las intrigas palaciegas y los mecanismos de manipulación de individuos y masas. Si en los episodios IV, V y VI la acción es su fuente de vida, en los episodios I, II y III encontramos con más frecuencia los elementos propios de un thriller o del cine negro. Por eso puede ser bastante erróneo intentar comparar ambas.

“La Venganza del Sith” completa esta larga epopeya que comenzó hace casi treinta años resolviendo o al menos intentando resolver todos los cabos que quedaron sueltos tanto en los episodios originales como en los dos que la precedían, y en opinión de Joe Gillis lo consigue con resultados más que decentes. Es por ello que con esta película George Lucas se reconcilia con buena parte de los fans que ha ido acumulando durante estas décadas y que le reprocharon el excesivo infantilismo de las otras dos “precuelas”. Y ya deja bien clarito hacia dónde quiere ir desde el primer fotograma: apenas se desvanecen las ya míticas “letras amarillas” del inicio, dos cazas se introducen de lleno en una agobiante batalla englobada en las llamadas Guerras Clon y que se desarrolla en Coruscant, la capital de la República Galáctica. Por primera vez en toda la trilogía se comienza, como sucedía en la clásica, “in media res”, en mitad del jaleo. Buena señal.

A partir de ahí la película se divide en dos tramas principales, algo que tampoco se veía desde “El Imperio Contraataca”, si bien ambas no van paralelas sino que acaban convergiendo en el mismo punto. Por un lado tenemos la seducción de Anakin Skywalker por el Lado Oscuro de la Fuerza, personificado en el Canciller Palpatine/Darth Sidious. Anakin será el instrumento de poder utilizado por Palpatine para hacerse con el poder absoluto, eliminando a los que constituyen su única amenaza, es decir, los Caballeros Jedi. Por el otro lado asistiremos a la caída definitiva por implosión de la República, merced también a las astutas maniobras del Canciller, con el fin de proclamarse Emperador. Entre ambas tramas encontraremos el desarrollo y resolución de la historia de amor entre Anakin y Padmé, cuyo eje será el embarazo de ésta y la obsesión de Anakin por la posible muerte de ella, causante en parte de su atracción al Lado Oscuro. Como ocurre con los juegos de estrategia, este ir y venir de hilos argumentales es mucho más claro cuando se ve que cuando se narra, de modo que no iremos más allá, para evitar además descubrir más detalles a quienes no han visto el film de Lucas y pasaremos al análisis de la película en sí.

Varios detalles me han gustado en la realización del film, el primero de los cuáles es que no se ha descuidado la historia en favor de una pretendida espectacularidad, lo que había sido el principal fallo de las dos primeras películas de esta trilogía. En aquéllas se fió demasiado el éxito a los avances tecnológicos para generar personajes digitales y al abuso del ordenador a la hora de filmar, sobre todo, batallas y escenas de masas. Esto quedó bien patente en las secuencias de la carrera de vainas (Episodio I) y la persecución en Coruscant (Episodio II), escenas que yo llamo “del videojuego”, puestas ahí con el único fin de promocionar el enésimo elemento de merchandising que aumente los ingresos de la película. Eran escenas excesivamente largas, sin demasiado sentido y que perfectamente podrían haber sido suprimidas sin afectar a la trama de la película. Aunque en este Episodio III es evidente que el ordenador desempeña un papel principal (entre otras cosas porque es mucho más barato que filmar con maquetas), los avances en el diseño de CGI son indiscutibles y ahora es casi imposible distinguir las imágenes digitales de las reales, algo que es particularmente interesante en el caso de Yoda, que en sus primeros planos ya se parece muchísimo a la más creíble marioneta que manejaba Frank Oz en la trilogía clásica.

El segundo detalle es lo bien que se van intercalando las escenas de la intriga política y de la seducción personal, que equiparan la caída de la República con el paso de Anakin al lado del Mal, con todo aquello que Yoda nos advertía desde siempre que podían ser los caminos más directos al Reverso Tenebroso: el miedo, el odio, la ira. La transformación del joven Jedi en el siniestro Lord Darth Vader, la forma en cómo se destapa la caja de las sorpresas y se descubre el auténtico rostro de Palpatine, la traición a los Jedi y la ejecución de la rotunda “orden 66” nos regalan escenas sobrecogedoras, algunas de inusitada violencia y en las que no se hace concesión alguna al sentimentalismo. El Lado Oscuro es el Mal absoluto y ni Palpatine ni Vader son personajes con doblez alguno: hablando en plata, son dos auténticos hijos de puta que no vacilarán en masacrar a quien sea para lograr sus propósitos. En este sentido, Ian McDiarmid compone un Darth Sidious que entrará por méritos propios en la galería de ilustres villanos del cine. Es un personaje sin piedad, sin escrúpulos y que además no duda, ni siquiera si es necesario liquidar a sus más estrechos colaboradores.

Escenas de impacto tiene varias la película, pero yo me quedo con dos: una es la muerte de Mace Windu a manos de Palpatine cuando aquél va a arrestarle, previa traición del Jedi Anakin. La segunda es la más celebrada del film: la definitiva conversión de Skywalker en Darth Vader, cuando le es colocado el traje negro y la máscara con la que todos le conocemos y se oye la primera respiración desde dentro de ésta. Dado que ambas suponen los puntos de inflexión más importantes en la historia completa de la trilogía, era fundamental que estuvieran bien resueltas y con una intensidad dramática acorde con su significado. Aquí se hace de manera brillante, fundiendo imagen y música a la perfección, y mostrando en la pantalla dos impresionantes cuadros repletos de lirismo, incluso a pesar de la violencia desatada en la primera de ellas.

Porque si algo caracteriza a “La Venganza del Sith” es que es con mucho la película más violenta de toda la saga. Hasta ahora apenas habíamos visto algunas escenas verdaderamente desasosegantes, tales como la muerte de los tíos de Luke en el Episodio IV, la destrucción de Alderaan en el mismo film o el dramático desenlace de “El Retorno del Jedi”, pero aquí todas se superan cuando se quiere plasmar en imágenes la crueldad y saña del Lado Oscuro, reflejadas en el rostro y los actos de Anakin. En la mejor línea del cine clásico, se prefiere sugerir antes que mostrar, y el sable de luz sigue siendo un arma elegante incluso en manos de un Lord del Sith. Se eliminan así, además, los restos infantiloides que coleaban en “El Ataque de los Clones” y que eran irritantemente palpables en “La Amenaza Fantasma”, lo que por otra parte hace la película algo desaconsejable para niños, que abarrotaron las salas con las dos cintas anteriores. Insisto en que éste es un film áspero y con muy escasas concesiones al humor que se ven en el resto de la saga, lo que lo hace particularmente sombrío e incluso más amargo que “El Imperio Contraataca”, la película preferida por los fans recalcitrantes (y por Joe Gillis, para qué les voy a mentir).

No todo son parabienes para esta película, que sufre también de fallos, quizás derivados de haber tenido que reconcentrar en las dos horas y cuarto que dura todos los elementos que era necesario desarrollar para evitar inconsistencias entre ambas trilogías (y aquí Lucas es un tramposo, porque aprovecha la edición especial de la serie clásica para introducir en ella modificaciones que la hagan consistente con la trilogía moderna, lo que me resulta inadmisible de todo punto). Hablando exclusivamente de esta película, tiene dos fallos importantes que, aunque no afectan a la historia, dejan sensación de cojera: por un lado, que el personaje de Padmé pasa de ser una mujer luchadora, rebelde y de inteligencia extrema a una niña lloriqueante con apenas criterio y cuyas líneas han quedado reducidas hasta lo ridículo. Lucas, que no es buen director de actores, desaprovecha aquí la enorme energía de Natalie Portman en cada película que hace e impide el desarrollo de un personaje que podía haber tenído un papel mucho más sólido en la conversión de Anakin. Mi sensación es que se le escapó de las manos al final de “Los Clones” y ya no supo qué hacer con ella después. Por último (y dejando aparte el hecho de que Padmé, más que parir a los hijos, parece que los escupa), veo como gran fallo de la película el personaje del General Grievous, jefe del ejército de androides, un cyborg tísico realizado digitalmente que me parece más un pegote metido por Lucas en su empeño por introducir siempre un personaje totalmente digital, pero que realmente no me llego a creer nunca y casi salgo aliviado cuando se lo acaban cargando, de manera poco heroica, todo hay que decirlo. He ahí, en mi opinión, la inevitable “escena videojuego” de cada película de esta nueva trilogía. Felizmente, en esta ocasión dura bastante poco y podemos volver a la trama sin demasiados daños materiales… ni cerebrales.

Se ha hablado mucho de las interpretaciones, generalmente en sentido negativo, pero es un aspecto en el que no puedo estar de acuerdo con la mayoría de las críticas que he leído. Ninguna –repito, ninguna– de las películas de Star Wars se caracteriza por tener diálogos de peso ni actuaciones trascendentes: se habla lo justo para poder establecer una trama coherente y las frases que se dicen, si se miran con objetividad, suenan bastante cómicas fuera de su contexto. En ese sentido, “Los Sith” no desmerece en nada al resto, e incluso lo supera en ciertos momentos (los de la seducción a Anakin por parte de Palpatine). Pero sí es cierto que cojean, y mucho, dos de las estrellas principales, Hayden Christiansen y Natalie Portman. Ella por las razones que hemos mencionado arriba, él porque sencillamente no es buen actor y se nota (me comentan con cierta maldad que, dado que Mark Hamill-Luke Skywalker tampoco lo era en la trilogía clásica, la cosa debe de ser hereditaria). Muy pocos registros para un personaje tan ambiguo y atormentado como es Anakin. El resto, en cambio, está bastante en su línea, con un Ewan McGregor mucho más creíble que en los dos films precedentes, un Samuel L. Jackson que por fin puede darle caña a su personaje como él quería y, sobre todo, un Ian McDiarmid que cuando sale en pantalla se adueña de ella como su personaje lo hace de la República. Él y Yoda (interpretado ocasionalmente por Frank Oz) se llevan la parte del león en lo que a actuaciones se refiere, y muestran con rotundidad los dos lados de la Fuerza y el conflicto que entre ambos se produce a lo largo de toda la película. El trabajo de los actores, en conjunto, no está nada mal para el material de que dispusieron.

Recomiendo ver esta película, incluso sin haber visto las anteriores, o si sólo se ha visto “El Ataque de los Clones”, menos obviable que “La Amenaza Fantasma”. Se sale un poco de la tónica general de la saga incidiendo más en cómo se gestionan los laberintos del poder y la corrupción que en el cine puro de acción donde el resto de la saga se identifica más. Pero merece la pena precisamente por eso, por ver lo que hasta ahora los fans y los menos fans sólo conocíamos de oídas, por las propias referencias de la trilogía original. Aun dejándose cabos sueltos e incluso ciertas incongruencias (si se ven el episodio III y el IV seguidos, entenderán lo que quiero decir con sólo escuchar un par de diálogos), está rodada de forma ágil y con más soltura que las dos precedentes e integra mucho mejor la espectacularidad y el argumento, sin que ninguno de esos aspectos destaque sobre el otro, pero procurando no descuidarlos. Llama la atención –o, justamente, no la llama, a mí me lo hicieron notar – el hecho de que esta vez John Williams no haya compuesto un tema concreto o característico que sea fácil de recordar con la película, sino que esta vez la banda sonora es en su mayor parte música incidental, que subraya las escenas pero no las estorba ni las enmascara, y se permite hacer incluso pequeños guiños hacia el final, con retazos de la inolvidable música que hizo famosa la primera trilogía, en momentos clave de las últimas escenas. Un gran colofón, casi un respiro que se le da al espectador, para concluir esta larga odisea cíclica en el universo de los Caballeros Jedi… y de los Señores Oscuros del Sith. Y que, después, queramos volver a ver esas letras amarillas desvaneciéndose entre las estrellas y que comienzan con el título: “Episodio IV: Una nueva esperanza”.

La saga ha llegado a su final. O, mejor dicho, a su principio. George Lucas y sus fans ya pueden dormir tranquilos.

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