El Prisionero de Zenda

Pero háganme el favor de fijarse en la historia que cuenta esta película: Rodolfo Rassendyll (me encanta el doblaje que le hacen, crecí con él en la televisión) es un dilettante inglés de buena cuna que viaja al minúsculo reino de Ruritania para disfrutar de unos días de vacaciones y pesca, coincidiendo con la coronación del nuevo rey, Rodolfo V. Su extraordinario parecido con el monarca, primo lejano suyo, y un encuentro casual con la mano derecha de éste, el coronel Zapt, embarca a Rassendyll en una aventura cargada de peligros e intriga: Una droga en el vino deja incapacitado al futuro rey para asistir a su propia coronación, y Zapt convence a Rassendyll para que le sustituya, seguro de que podrá engañar incluso al hermanastro de aquél, el Duque Miguel de Strelsau, pretendiente al trono. El subterfugio resulta de lo más convincente y Rodolfo conoce, además, a la bellísima princesa Flavia Elphberg, de la que se enamora sin remedio, consciente de la imposibilidad de ese amor. Pero las cosas no salen tan rodadas como parecía al principio: Miguel, a través de su mano derecha, el siniestro Rupert de Hentzau, ha secuestrado a su hermanastro y exige la abdicación de éste como pago por su vida. Rodolfo Rassendyll deberá escoger entre huir del país de vuelta a Inglaterra, o seguir personificando al rey mientras logran encontrar la forma de rescatarle.

Fíjense lo que incluye: intercambio de personalidad, amores apasionados e imposibles, intrigas palaciegas, honor, traición, amistad y, sobre todo, uno de los duelos a espada más largos y apasionantes de la historia del cine. Y todo ello en apenas noventa minutos de pura acción, con los justos efectos especiales y simplemente haciendo uso de una historia vibrante.

Fíjense qué plantel de actores y actrices, con un ejército de secundarios de lujo: Louis Calhern como el inquebrantable coronel Zapt, al servicio de su rey por encima de todo (como anécdota, algunos lo podrán reconocer como el Embajador Trentino en “Sopa de Ganso”, ¡This means war!), Jane Greer en el papel de la misteriosa y enamorada Antoinette de Mauban, que por amor es capaz incluso de traicionar las ambiciones de su enamorado, el Duque Miguel. James Mason como el implacable y carente de moral Rupert de Hentzau, un personaje sin escrúpulo alguno que vendería a su madre por dos puñados de tierra, y que el actor inglés interpreta como un histrión, irónico, simpático y repulsivo al mismo tiempo. Y me dejo para el final a los dos protagonistas, uno de los dúos clásicos del cine de los cincuenta, en glorioso Technicolor: Deborah Kerr como la princesa Flavia, que se debate entre su corazón y su deber, personaje de gran entereza. Y Stewart Granger, capaz de interpretar tanto a un patán con corona y borrachera, como al recto y decidido caballero inglés encargado, sin pretenderlo, de salvar a todo un Estado.

La película tiene la clásica factura Metro-Goldwyn-Mayer: inmensos decorados, escenarios barrocos y valses imperiales, explosión de colores en el vestuario de los personajes (los malvados siempre llevarán colores fríos y pálidos, los héroes llevan colores cálidos y luminosos, el único personaje ambiguo va de negro o de tonos muy oscuros), la música como componente fundamental de la acción, subrayando los momentos más emocionantes y jugando con el espectador en los de intriga. “El Prisionero de Zenda” es en realidad un “remake”, casi plano a plano, del film del mismo título rodado en 1937 con Ronald Colman, Madeleine Carroll, David Niven y Douglas Fairbanks Jr., aunque a Gillis le gusta bastante más esta versión remozada, que refleja con acierto el humor de la novela de Hope y, para qué engañarnos, me parece mucho más divertida. En cualquier caso, solamente la premisa de la historia (el intercambio forzoso de personalidades) y los enormes azules ojos de Deborah Kerr deberían de ser razones suficientes para echarle el enésimo vistazo a este film (rodado por un especialista del género, Richard Thorpe), con el que muchos nos criamos de pequeños en sesiones televisivas de sábado tarde y que incluso hoy día sigue siendo, sin miedo a exagerar, una de las cumbres del cine de aventuras. Ese duelo a espadas, en mi modesta opinión, aún no ha sido superado.
¡Larga vida al pueblo de Ruritania!

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