Lost In Translation

No acabo de decidir en dónde encajar esta magnífica cinta de Sofía Coppola, si es una comedia amarga/ácida o si es un drama divertido. En cualquiera de los dos casos, la sensación que queda al final es bastante agridulce. Y lo que es seguro es que “Lost in Translation” trata con una especial delicadeza un tema recurrente en el cine de autor: la soledad.

La pequeña de los Coppola, hoy una hábil directora, nos cuenta la historia de dos personas que se conocen dentro de un ambiente que les es hostil. Bob es un actor maduro y en franca decadencia, que se gana el sustento haciendo anuncios millonarios para los japoneses. Charlotte es la jovencísima esposa de un fotógrafo obsesionado con su trabajo y al que acompaña en uno de sus viajes a Tokio. Ambos, por distintas circunstancias, se sienten cansados de la vida que llevan y se harán compañía mutua durante tres días, intentando por todos los medios escapar, aunque sea temporalmente, de sus propias cadenas, perdidos en una ciudad y en un país donde no hay forma de encajar.

Japón, y en concreto su capital Tokio, es el tercer protagonista de la historia (¿o es, en realidad, el primero?). Omnipresente en el desarrollo de los personajes de Bob y Charlotte, no representa en realidad un choque entre culturas (o no sólo eso), sino una forma de acentuar aún más la sensación de pérdida y de soledad que invade a esta atípica y circunstancial pareja. Es difícil darse cuenta de dicho choque cuando una de las partes no entiende ni jota de lo que le están hablando, lo que acrecienta aún más el agobio de encontrarse en la otra punta del mundo, no sólo del planeta, sino del mundo interior de cada uno de ellos.

El espectador occidental se encontrará fácilmente perdido dentro de esta película. La identificación con sus personajes es tan rápida que resulta extraordinaria, particularmente para aquellos que hemos pasado o estamos pasando temporadas en un país extranjero, sólo que en este caso la sensación de aislamiento, de ser un cuerpo extraño, es mucho mayor. No es sólo por el idioma, sino por la gestualidad, por la forma de llevar a cabo hasta las tareas más rutinarias. Esto nos lleva a escenas que resultan a cuál más chocante, filmadas con una habilidad que abruma: Sofía Coppola usa de dos recursos principales; por un lado, espacios pequeños y agobiantes, “cajas de personas”, como me las definió acertadamente un amigo, donde se plasma la sensación de cárcel tecnológica, pintada de colores chillones y ambientada por ruidos repetitivos y música machacona. Por otro lado, espacios amplios, pero silenciosos, oscuros y vacíos, como el gimnasio o la piscina del hotel en el que transcurre gran parte del metraje. Un punto de encuentro que se establece a modo de oasis, aunque no excesivamente protector, es el bar de ese mismo hotel, donde nuestros protagonistas se conocen y se protegen, en una inusual forma de intimar, casi como vía de escape.

La película mezcla elementos de comedia y drama, sin que esté claro nunca dónde se traza la línea, lo que la vuelve algo inclasificable. Aunque ya lo habíamos visto fuera de sus registros habituales, sigue siendo algo chocante observar al cómico Bill Murray en un papel tan denso como el de Bob Harris. No obstante, su composición es casi perfecta, y en ella usa y abusa de esa mirada irónica y descreída que le ha hecho famoso (en diferentes contextos) a lo largo de su carrera. Incluso sus características físicas (alto, muy alto, desgarbado y algo cabezón) se ajustan perfectamente a ese concepto de cuerpo extraño del que hablábamos, como se muestra en las escenas dentro del ascensor del hotel. Pero el gran descubrimiento de este film es una pelirroja que dará mucho que hablar. Scarlett Johansson hace de Charlotte, un personaje dulce y amargo a la vez, una chica que ha perdido prematuramente su capacidad de soñar junto a un marido que la descuida y que encuentra en Bob la forma de ser de nuevo ella misma, al tiempo que le aporta una revivida frescura, unida a los retazos de inocencia adolescente que todavía arrastra. No se trata realmente de un enamoramiento entre el agua y el aceite, ni siquiera de una relación platónica por lo imposible. En realidad es la gestación de una efímera amistad donde ambos se soportan o se evaden mutuamente y en la que una mirada, una sonrisa o un simple roce representan sobre todo guiños de agradecimiento antes que gestos sexuales. Charlotte encuentra en Bob la manera de disipar, al menos temporalmente, esa neblina que envuelve su interrumpida juventud, y Bob halla en Charlotte la piscina de aguas tranquilas en medio de su decadente existencia, paradójicamente dentro de ese Tokio paradigma del estrés y la ultramodernidad, esclavo al mismo tiempo de su tecnología y de sus tradiciones.

En realidad todos los párrafos de la crónica precedente encierran una misma idea: “Lost in Translation” es una película sobre dos personas que se salvan una a la otra, al menos de forma fugaz. No hay fuego salvaje, no hay tensiones sexuales, no hay polvos casuales. Hay, en cambio, un flotador con forma de pato de goma al que ambos se agarran para evitar ser fagocitados por el espectáculo de luces y colores que sólo sirve para acentuar su propio vacío. La película se resuelve mucho más con miradas que con diálogos, de hecho son las partes habladas las que intencionadamente resultan más cargantes, tanto al espectador como a los personajes. Una sonrisa de Charlotte o una ceja levantada de Bob son mucho más elocuentes que todo un discurso psicológico. Y se llega a la paradoja de que ese país donde ambos se encontraban perdidos acaba siendo el lugar que no quieren abandonar. En realidad, la cárcel de oro se la dejaron a miles de kilómetros de allí, en la supuesta seguridad de su propio hogar. Solamente estaban de permiso de fin de semana.

Comentarios
  1. Carmen :  7.04.09

    Holaaa!!! Cuanta razón tienes… la vi ayer y me encantó. Es de esas películas que te encandila.
    Como decías es más importante el silencio que se respira que las palabras que dicen los actores.
    Es fascinante. Y luego está el ruido ambiental que se plasma perfectamente en todas las escenas.
    Creo que me he enamorado de la película.

  2. Joseph Gillis :  7.04.09

    ¡Hola Carmen! Enamorarse de una película es algo fantástico, pasa a formar parte de tu vida y puedes acudir a ella siempre que quieres. Y, como se da tan pocas veces, hay que disfrutarlo intensamente :-)
    Gracias por el comentario, vuelve cuando quieras.

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