Pauline en la playa

Lo confieso: he visto una película francesa.
Más aún: es de los ochenta.
Más todavía: es de Rohmer.
Para hacer más daño: es de esas en las que no pasa nada.
Y para rematar: me ha gustado.
Debo de estar haciéndome viejo.

El caso es que éste es un film tierno pero no empalagoso, de ficción aunque cuenta historias verosímiles, que no por ello han de ser hiperrealistas. Es, simplemente, la película que podría haber salido del diario de su protagonista.

Pauline y su prima Marion, una bella mujer recién divorciada, deciden pasar los últimos días del verano en las costas de la Bretaña francesa. Allí formarán un curioso grupo con Pierre, un antiguo amor de Marion que aún la desea; con Henri, un maduro y hedonista escritor residente en la otra punta del mundo y con quien Marion tiene un romance; y con Sylvain, un chico amante del windsurf con el que Pauline vivirá su despertar sexual, dentro de su inocencia.

La película parece lanzar una irónica mirada al mundo de los adultos y sus interacciones afectivas desde los ojos de la joven Paulina, para quien los hombres resultan poco menos que bichos incomprensibles. Opinión que extiende, por lo que se ve, a las personas mayores en su conjunto, al mejor estilo de “El Principito” pero sin exteriorizar con preguntas esa curiosidad, como hacía el personaje de Saint-Exupèry. Pauline será también testigo privilegiado del romance de su prima mayor, quien pretende disfrazarlo como un signo de su recobrada libertad, pero que acaba descubriéndose como una necesidad afectiva vital que de la que nunca llegó a liberarse. Igual pasa con Pierre, frustrado y visceral amante que pasea su rostro enfurruñado durante toda la estancia en la playa. El contrapunto es, justamente, Henri, también divorciado y con una hija pequeña, y que se considera de vuelta de todo y dispuesto a vivir la vida, en una actitud que en realidad se desvela como una huida hacia adelante de sus propios fracasos.

La grandeza de este film de Rohmer está precisamente en el personaje de Pauline, que a priori y por su edad se antojaría como el menos maduro, pero que resulta y con mucho la más sensata del pequeño grupo, al no estar contaminada todavía por las obsesiones de la edad adulta. Su incomprensión ante los mayores, al considerar que se complican excesivamente con asuntos realmente triviales, resume perfectamente el ¿inadvertido? mensaje que arroja la película. Y lo hace con una franqueza abrumadora, pero en modo alguno agobiante, más bien con una cierta sorna no exenta de cariño, algo así como un “abrazo cinematográfico”.

“Pauline en la playa” viene a ser como abrir una novela por la página sesenta y cerrarla pocas páginas antes del final. No hay sentencias ni efectismos, ni frases lapidarias para sentar cátedra. Rohmer rueda “en continuidad”, “in media res”, en el medio de las cosas, como se hacía en buena parte del cine francés de la época, limitándose a contar en imágenes fábulas absolutamente cotidianas. Por ello, resulta un tipo de film que, en principio, no invita a su visionado (digamos que siempre “hay cosas mejores que hacer”) pero que, una vez abre esa ventanita al mundo, al pequeño mundo de cinco personas normales, cuesta resistirse a apartar la mirada, a dejar ese ejercicio de “voyeurismo”, de espiar en el diario de la joven Pauline, o de su prima, o de Pierre, o de Henri. Uno se pregunta por qué sigue mirando, pero no puede dejar de mirar. Quizás ahí resida la brillantez de esta estupenda película.

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