Matrimonio de conveniencia

Pongámonos en situación: es sólo un cuento, una historieta. Está lleno de incoherencias de guión y de situaciones imposibles. Plantea una historia demasiado perfecta, a pesar del final. ¡¡¡Pero es tan bonita!!!

Brontë y Georges se casan. No se conocen, no se han visto en su vida; él quiere el permiso de residencia para poder quedarse en Estados Unidos (la “carta verde” del título), ella quiere un ático con invernadero que sólo se alquila a parejas casadas. Georges es un veleta francés, zafio, gruñón, desgarbado. Brontë es una esnob venida a más, caprichosa, adicta a los vegetales y con un novio soseras.
Poco después, la visita de unos agentes de inmigración hará que el falso matrimonio se vea obligado a conocerse en profundidad. Georges se traslada durante un fin de semana a casa de Brontë, y allí, tras un inevitable choque de caracteres, comienzan una carrera contra el tiempo para poder demostrar que están hechos el uno para el otro.

Rodada en Nueva York, aunque con capital australiano y francés, esta personalísima película de Peter Weir (aquí, guionista, productor y director) resulta una de las comedias mejor hechas de la década de los 90. Su simpleza, la sencillez de su planteamiento, es el mejor arma. No se pierde en giros argumentales ni en metáforas raras. A decir verdad, ni siquiera es importante el que Brontë y Georges tengan que enfrentarse a un terrorífico cuestionario del servicio de inmigración. Lo que importa es la historia, nada más. Y la historia es, como reza el eslogan de esta película, la de “dos personas que se casaron, se conocieron y luego se enamoraron”. Brontë y Georges comienzan teniendo que hacer virtud de la necesidad. Chocan, se pelean, cada uno está incómodo ante la presencia del otro. Durante un fin de semana se van pelando cual cebolla, capa a capa, descubriéndose entre la maleza de sus propias fobias, de sus propias taras, para acabar decidiendo que en el fondo no pueden vivir el uno sin el otro. Antes de llegar a esta conclusión se suceden mil y una situaciones, algunas de ellas realmente cómicas, donde Weir demuestra su mejor faceta, la de guionista. El montaje que forman con las Polaroid, por ejemplo, para construirse un completo álbum de recuerdos es antológico, como lo es la extraña forma que tiene Georges de aporrear el piano en la fiesta de los Adler, donde resulta un invitado de excepción, para pesar de Brontë. Pero también contiene escenas muy tiernas y memorables… en el mismo piano, haciendo que la señora Adler traduzca unas hermosas frases en francés mientras él interpreta una soberbia pieza de Hans Zimmer (uno de sus mejores trabajos, la banda sonora de esta película). O un final que más que última es penúltima escena, dejando libre al espectador para que decida cómo sería la última en su cabeza. Un recurso que, por cierto, es marca de la casa, puesto que Weir ya lo usa en otras películas como “El Show de Truman” o “El Club de los Poetas Muertos”. No es un final abierto, que eso es otra cosa muy distinta, sino dejar al público vacilante sobre cómo debería de terminar.

La película se asienta sobre el trabajo de los dos actores principales: una más que correcta Andie MacDowell (por encima de la media, normalmente sus interpretaciones dejan mucho que desear) y un extraordinario Gérard Depardieu, en estado de gracia tras “Cyrano de Bergerac” y que tuvo que aprender inglés para esta comedia, lo que en el fondo ayudó a perfilar su personaje. A su alrededor, un abanico de secundarios en papeles breves y, curiosamente, todos de corte humorístico, como para oxigenar las partes más dramáticas de la historia. Destaca en especial Bebé Neuwirth, quien como Lauren Adler da el toque chic y deslenguado a este miniuniverso y, sin saberlo, resulta determinante para el desenlace de la relación entre Georges y Brontë. Como curiosidad, Neuwirth es también conocida por su papel de Lilith, la estirada ex-esposa del doctor Frasier Crane en las series “Cheers” y “Frasier”.

Les doy un consejo: si tienen un ratito para pasarlo bien y les apetece ver una comedia sin complejos, romántica sin pasteleos, divertida sin histrionismos y, sobre todo, que se te pasa volando y te deja con ganas de más, no lo duden, “Matrimonio de Conveniencia” es perfecta para todo eso. Depardieu y MacDowell, Brontë y Georges, nos regalan un auténtico festín de buenas interpretaciones. Peter Weir nos regala una película sencilla y que llega. Acéptenla.

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