¿La muerte de Bond?

Tenemos nuevo Bond, James Bond. Se llama Daniel Craig, tiene 37 años (el Bond más joven en la historia de la franquicia), es inglés, rubio y de ojos azules. Craig interpretará al agente británico 007 en “Casino Royale”; versión, esperamos que definitiva, de la primera novela publicada por Ian Fleming.

Hasta aquí nada que objetar. Craig parece dar el tipo perfecto para el personaje tal y como se presenta en la novela. Se puede argüir que el físico no corresponde, pero hemos tenido Bonds castaños, morenos e incluso pelirrojos, por lo que no es un dato relevante. Lo que cuenta es la interpretación. De hecho, los dos actores que fracasaron en el papel, George Lazenby y Timothy Dalton, eran los que más se aproximaban al arquetipo descrito por Fleming en sus novelas.

Sin embargo me tiemblan las pantorrillas al leer en las notas de prensa al respecto dos detalles nada agradables: que el director de la película va a ser Martin Campbell (quien dirigió la efectista pero aburridísima “Goldeneye”) y que en este film van a desaparecer personajes tan inherentes al universo Bond como la señorita Moneypenny y, sobre todo, “Q” (interpretado en las últimas ocasiones por John Cleese). Esto quiere decir que en “Casino Royale” vamos a ver un Bond mucho más realista que en otros films y al que se le privará de los apasionantes e imposibles artilugios que le han acompañado durante cuarenta años.

“¿Cóooooooooomo?” Se preguntarán ustedes. Pues han leído bien: el indestructible agente al servicio secreto de Su Majestad tendrá esta vez que ser indestructible por sus propios medios. Al parecer los nuevos productores de EON (muertos sus creadores Harry Saltzman y Albert R. Broccoli) han decidido que hay que acercar más al personaje a la realidad, aunque nadie ha sido capaz de explicar por qué. Y yo me pregunto: ¿qué demonios pinta James Bond en el mundo real, si se puede saber?

Yo entiendo que James Bond es un personaje por encima de la realidad; un agente secreto que no sólo tiene licencia para matar (que eso, hoy en día, es algo de lo que gozan muchos advenedizos) sino también para sobrevolar situaciones que para el resto de los mortales resultarían imposibles. Es por eso que cuenta con las mejores armas, con los artilugios más elaborados y con una inteligencia casi sobrehumana. Es por eso que su coche no puede ser un coche corriente, sino un coche blindado repleto de diabólicos trucos, su reloj un potente imán y sus gafas permiten ver hasta las intimidades más ocultas. Y es por eso que las mujeres más bellas y misteriosas, incluso las que destilan maldad y, antes de intentar matarle, quieren llevárselo al huerto. ¿Qué quedará de todo eso?

James Bond no puede ser nunca un personaje real. El día que Bond baje a la Tierra, será porque haya muerto para reencarnarse en un espía de tres al cuarto. El argumento que se da, entre otros, es que se quiere hacer un personaje más cercano al de las novelas de Fleming. Pero seamos realistas: si 007 ha alcanzado la fama que tiene en estos cuarenta años ha sido, precisamente, porque no se parece al de las novelas, sino por haber creado un perfil propio, con aditamentos que lo enriquecen hasta mucho más allá del agente creado por el autor británico. Ahí reside su éxito y las salas llenas de espectadores, y no en la “humanidad” o el “realismo” del personaje.

Desconozco cuándo empezará el rodaje del film, aunque supongo que será pronto, en cuanto Daniel Craig termine su actual trabajo, pero las primeras informaciones y declaraciones de los responsables de la serie no han sido precisamente prometedoras. Lo único que espero es que al director, Martin Campbell, le salga la vena de “La Máscara del Zorro” y no la de “Goldeneye”. Así, en el peor de los casos tendremos una película de aventuras más o menos entretenida. Porque, de lo contrario, habremos asistido en primicia mundial a la definitiva muerte de Bond, James Bond. Y eso es algo que no consiguió ni el mismísimo Ernst Stavro Bloefeld.

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