Ciclo Agatha Christie

Ignoro desde cuándo lo hacen, pero me parece perfecto que en Telemadrid se haya recuperado una vieja costumbre que tenía la televisión estatal en aquella nostálgica época en la que sólo había dos canales: emitir ciclos temáticos de cine. Para este auténtico devorador de cine, dichos ciclos eran una forma inigualable, mejor que cualquier libro, de poder seguir la filmografía de un actor o un director, incluso de una determinada época. Y se aprendía mucho con ellos en lo referente a técnicas y evolución de éstas.
En este caso, el leit motiv del ciclo son las obras de Agatha Christie.

Y, en un alarde de buen criterio, se ha comenzado emitiendo las que quizá son las tres mejores adaptaciones de las novelas de la escritora británica, esto es, “Asesinato en el Orient Express” (1974), “Muerte en el Nilo” (1978) y “Muerte bajo el Sol” (1982). Hay que decir que, por desgracia, el cine como tal no ha tratado en absoluto bien a la reina del crimen, con películas auténticamente infames que se alejaban por completo del espíritu de las novelas. Aquellas viejas cintas de los cincuenta, protagonizadas por Margaret Rutherford haciendo de la señorita Marple, que estaban cargadas de fino humor británico, podrían ser thrillers curiosos que, sin embargo, poco tenían que ver en su factura con la facilidad de Agatha Christie para situarnos entre personajes y lugares. Quizá los productores pensaban (y puede que tuvieran razón) que las historias, basadas todas ellas en el “whodunnit” o “quién lo hizo”, se podían sostener por sí mismas. Esto podría ser cierto en parte, para quienes las veían por primera vez pero, una vez descubierto al asesino, el espectador perdía por completo el interés por ellas.

Los años setenta y ochenta enviaron a la pantalla grande a un personaje todavía más grande, el detective Hércules Poirot. La irritante y a la vez fascinante personalidad del belga, maestro en el empleo de las células grises, daba, en palabras de su creadora, mucho más juego para las historias largas. Por lo tanto, era un personaje a priori más cinematográfico que su contrapartida femenina. No fue, pues, casualidad, que se le escogiera como objeto de las tres películas mencionadas al principio. Tres films que, además, contenían elementos que les debían hacer más atractivos si cabe: tenían lugar en escenarios exóticos, como el tren más famoso del mundo, entre las pirámides, o bien en una isla paradisíaca; contenían un elenco de numerosos personajes principales que disfrutaban de gran protagonismo y, lo más importante, cada uno con un motivo para cometer un crimen. Y ese elenco se traducía en un reparto de estrellas, casi estrellones de la pantalla, en muchos casos recuperados de la época dorada. Es fácil encontrarse aquí a Lauren Bacall, Bette Davis, James Mason o Maggie Smith alternando sin rubor con Diana Rigg, Sean Connery, Jane Birkin o Mia Farrow. Eran películas, en fin, de factura muy cuidada en la que el envoltorio se hacía tan precioso como su contenido, si bien alcanzaron desiguales resultados.

En parte, esto ocurrió porque de la dirección se encargaron tres artesanos muy diferentes, cada uno de ellos con un estilo propio y que, sin tratarse de estrellas, sabían el oficio y lo aplicaban dentro de sus limitaciones. “Asesinato en el Oriente Express” fue la que mejor fortuna tuvo, al caer en manos de Sidney Lumet, el realizador procedente de la televisión que realizó un sonadísimo debut en el cine con “Doce hombres sin piedad”. Amante de los planos cortos y de la dirección de actores, fue quien más partido sacó a sus personajes, hasta el punto de que bajo sus órdenes Ingrid Bergman conseguiría su tercer “Oscar”. John Guillermin, autor de algunos de los filmes más horteras de los setenta como “El Coloso en Llamas”, tuvo que remontar el curso del Nilo para crear una obra más que decentita. Guy Hamilton, por su parte, dejó atrás su pasado como director del indestructible James Bond para rodar, en una supuesta isla albanesa (en realidad, fue en Mallorca), el último crimen glamouroso. Hay una cuarta incursión en el cine, bastante posterior, que fue “Cita con la Muerte” (1988), pero que se queda bastante atrás en cuanto a calidad, por lo que me limito a mencionarla sin entrar en detalles.

Dejo para el final, como debe ser, al protagonista principal del relato. O, al menos, al hilo conductor, ya que en las novelas sí es el carácter principal, pero en las películas se convierte en una pieza más de estos últimos retazos del glamour cinematográfico. Y qué pieza, Monsieur Poirot. Nada menos que dos monstruos del cine británico encarnaron al famoso belga y cada uno le dio un giro bien distinto al personaje. Albert Finney hizo suyo el papel en “Asesinato en el Orient Express”, imprimiendo un aire casi marcial al detective, con gestos muy marcados, muy teatrales y que le hacían un tanto arisco, aunque el desarrollo de la trama lo propiciaba. Finney, un actor muy efectivo al que pudimos ver recientemente como jefe de “Erin Brockovich” y que ha dedicado buena parte de su vida a la escena, obtuvo una de sus cinco candidaturas al Oscar gracias a Monsieur Poirot, pero renunció a interpretarlo en “Muerte en el Nilo” por el calor que pasó bajo el maquillaje que lo caracterizaba, y que le habría obligado a llevarlo en temperaturas extremas. Debido a esto, los productores buscaron a otro actor para dar vida al detective y lo encontraron en Peter Ustinov, otro gigante de la pantalla. Sir Peter decidió darle un giro distinto a nuestro héroe, haciéndolo algo más accesible, más comedido, y retirándole muchas de sus manías. Si bien esto desvirtuó, al menos físicamente, al personaje de las novelas, lo dotó de una mayor cercanía al espectador, por lo que el Poirot de Ustinov, sin ser el auténtico, sí que fue mucho más aceptado por el público, lo que le hizo repetir el papel en otras cinco ocasiones (tres de ellas para la televisión). De hecho, quienes descubrimos a Agatha Christie en los años ochenta, gracias en parte a la tele, leímos muchas de sus novelas con la imagen de Ustinov en la cabeza, y no aceptábamos que Poirot fuese un cabeza de huevo insoportable, aunque de hecho así es como era.

Realmente, el mejor Poirot que ha habido es David Suchet, un más que correcto actor británico que supo darle el regusto de las novelas a su personaje en pantalla. Pero eso no ha sido en cine, sino en televisión, en la serie del mismo nombre, que recogía múltiples relatos cortos protagonizados por el famoso investigador, lo que muestra la propia contradicción entre lo que Christie afirmaba y lo que realmente ocurría en sus obras, donde Poirot demostraba su talento en las pequeñas distancias. Y es que la televisión ha tratado muchísimo mejor que el cine a la escritora británica, no en los telefilmes, habitualmente lamentables, sino en cuidadas series que reconstruían la Inglaterra de los años 20 y 30 (y la de posguerra) con muchísimo mimo. Miss Marple, el matrimonio Beresford, el propio Hércules Poirot…se hicieron carne y hueso gracias al esfuerzo de la BBC y productoras clásicas como Granada Television o la London Weekend. Pero eso sería tema para otro reportaje, que no se corresponde ahora con nuestro recién finalizado paseo por el Nilo, con posterior viaje en el Oriente Express y escala final en una maravillosa e inquietante isla en las tranquilas aguas mediterráneas.

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