Brokeback Mountain

El hecho de que esta película sea la que más candidaturas reúne para los Oscars no quiere decir nada, ya que sólo se postula en ocho apartados en un año en el que las categorías están muy repartidas y donde las películas de menor alcance son las protagonistas, por lo que todo puede ocurrir la próxima noche.

De entrada, puedo hacer dos apuntes rápidos: que la película, en conjunto, me ha decepcionado y que los críticos suelen ver sólo los primeros veinte minutos de cada film, porque luego te cuentan algo que no tiene absolutamente nada que ver con lo que sale en pantalla. Calificar “Brokeback Mountain” como un western significa no haberse enterado de la misa la media. En todo caso, si la quisiéramos encajar dentro de un género, yo la llamaría una película “country”, aunque incluso esto sería meramente accesorio y no influye para nada en una historia por lo demás bastante anodina.

Digo esto porque la única característica que le haría salirse de lo habitual es que los protagonistas de esta historia de amor son una pareja de vaqueros homosexuales, o más bien de homosexualidad latente y limitada. Tendencia que descubren durante un verano que pasan juntos trabajando en la conducción y vigilancia de ganado (no vacas, ovejas, por cierto) a través de los parajes que dan nombre al film. Pero esta situación, como digo, se alarga sólo durante unos veinticinco o treinta minutos. El resto del film, hasta dos horas, recorre dos décadas en la vida de sus protagonistas mostrando cómo cada uno de ellos decide instalarse, dentro de sus posibilidades, en el convencionalismo al que su sociedad les mueve: se casan, tienen hijos, evolucionan en su trabajo y, ocasionalmente, vuelven a Brokeback ocultándose con engaños para poder disfrutar el uno del otro durante unos pocos días. Nada es idílico, por supuesto: uno de ellos querría consolidar la relación, el otro se niega por miedo a esa misma sociedad a la que nos referíamos.

Y ya está, porque la película no arriesga, no va más allá, no entra ni medianamente en la problemática de la aceptación o del rechazo y se queda en una historia de amor que ya se ha contado miles de veces en otras tantas películas. Si hacemos el ejercicio de sustituir (imaginariamente, se entiende) a uno de los personajes por una mujer, queda claro que “eso ya lo hemos visto”. Las poquitas subtramas que acompañan a la principal no la enriquecen ni empobrecen, sino que estarían puestas “entre comas” y, por tanto, se podrían eliminar sin que ello afectara al resultado. Ni siquiera el hecho de que sean vaqueros y, por tanto, supuestos tipos duros y “machotes”, aporta nada , porque en ningún momento se menciona el hecho en sus conversaciones o en su entorno, excepto, quizás, en tres ocasiones y muy de pasada: cuando su capataz les ve revolcarse junto a su tienda en Brokeback y se niega después a dar empleo a uno de ellos, en un flashback de Ennis en el que rememora cómo su padre les lleva a ver el cadáver destrozado de un conocido gay de su infancia o, más veladamente, en una escena final con la mujer de Jack que no describo para no destrozárselo a quien no haya visto la película.

Se podría argüir que Ang Lee, el director, no pretendía más que hacer una película donde la relación entre dos hombres se tratara con la misma naturalidad que las historias hasta ahora habituales, pero yo no estaría de acuerdo con esa apreciación, precisamente porque el taiwanés ya lo hizo, y con brillantez, en uno de sus primeros trabajos, la magistral El Banquete de Boda . Aquí no se narra más que la típica historia de adulterio, eso sí, ubicándola en hermosísimos paisajes y donde se da mucha más cancha a la gestualidad que a los diálogos, ya que la mayor parte de las bondades de esta película se centran en las interpretaciones de sus protagonistas, principales y secundarios. Con muy pocas líneas de texto pero gran expresividad y convicción en los rostros, tanto Heath Ledger como Jake Gyllenhaal componen dos amantes que no necesitan de circunloquios ni florituras para decirse todo lo que sienten y que muestran un amplio abanico de emociones que es difícil de encontrar en el cine actual, y eso es lo que consigue, a ratos, tirar de la película hacia arriba. Eso y la fascinante fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, que, al menos, permite recorrer al espectador unos paisajes espectaculares de la Norteamérica montañosa (Canadá, fundamentalmente) sin abusar de técnicas extrañas ni de helicópteros o travellings, casi siempre con fotos fijas muy evocadoras.

Calificaría a “Brokeback Mountain” de película para tarde de sábado, bien para video, bien para ver en televisión si no se tiene nada mejor que hacer. No es una mala película, pero tampoco trae nada de particular al mundo de las historias de amor, o de dolor si lo prefieren. El controvertido trasfondo le ha dado, qué duda cabe, una trascendencia que con una historia heterosexual posiblemente no tendría, pero en conjunto resulta un film prescindible.

Comentarios
  1. Fleder :  4.12.09

    A mí, que no soy un experto en cine, me pareció una película anodina… no sé explicarlo muy bien, pero como que le faltó “conflicto” en cierto punto.

    No sé, con ese trasfondo y el tipo de relación, podría haber algo más de oposición por parte del pueblo, algo así. Muy “pasteurizada” para mi gusto :)

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