El tiempo en sus manos

La primera vez que vi esta película (en televisión, por supuesto) debía de tener unos ocho o nueve años. Iba yo todo contento pensando que iba a ver un film de aventuras con viajes en el tiempo y me encontré con una obra antiutópica, donde la humanidad se iba a freír monas de la manera más salvaje y en la que el futuro, muy muy lejano, se presentaba como desesperanzador, a pesar de un final que poco tiene que ver con el de la novela de H.G. Wells, al menos tal como la recuerdo y que leí posteriormente sólo para darme cuenta de que, en realidad, el film de George Pal estaba forzosamente cargado de optimismo.

Mi padre me explicaba los distintos momentos por los que pasaba el protagonista durante su primera fase del viaje: Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial (muy brevemente),... hasta que los hechos se empiezan a inventar, claro. Como la película es de 1960, en plena Guerra Fría y en momentos de pánico a una crisis nuclear, el guionista introdujo una “guerra atómica” a seis años vista de la que, aparentemente, no queda apenas nada de humanidad, pues el siguiente salto ya se produce hacia centenares de miles de años en el futuro.

En ese futuro, los pocos humanos que quedan se han dividido en dos razas: los Eloi, de características arias, jóvenes y sin más ambiciones que comer y holgar, y los Morlocks, que descendieron a las simas de la Tierra para convertirse en semihumanos antropófagos y que poseen una inteligencia superior. Esto es lo que George descubre poco a poco, además de que todo el saber y conocimientos de la raza se ha perdido, en una escena “perfecta” en la que visita los restos de una antigua biblioteca. Allí comprueba, primero con horror y después con furia, que los libros que allí quedan se hacen polvo con apenas tocarlos, en la que creo que es la secuencia más estremecedora de toda la película.

Como en el fondo sí es una película de aventuras, George acabará siendo una suerte de héroe intemporal que se enamora de la chica guapa, la rescata de las garras de los Morlocks y consigue que sus compañeros abran los ojos y se decidan a ponerse manos a la obra para evitar que la raza humana se estanque y desaparezca. Y todo esto en unos pocos planos, quizá no muy brillantes pero que logran su cometido de narrar una historia con cierto sentido y, sobre todo, terriblemente crítica. George no cesa de repetir todo el tiempo si la humanidad está condenada a matarse entre sí por los siglos de los siglos y le cuesta sobreponerse a la desmoralización que le provoca el ir constatando este hecho.

Años después, me sigue produciendo una sensación desazonadora la visión de esta cinta, que pude revisar ayer en el canal TCM y que, a pesar de ello, me mantuvo enganchado otra vez hasta el final. La narración en primera persona del viaje de George (un nada disimulado homenaje a Wells desde el principio) desde un oportuno fin de siglo XIX está tan hábilmente contada que asusta. Sobre todo por la simplicidad tanto de los efectos especiales como de los maquillajes, pues no en vano es una serie B, pero que son sustituidos a la perfección por una imaginería y unos decorados que se revelan cruciales para seguir el desarrollo de la historia. Victorianos al principio, futuristas en 1966, según los cánones del cine de la época, y simples hasta el extremo en el lejanísimo futuro del año 800.000. Pero también son los detalles, más cuidados de lo que parece: el maniquí que va cambiando de vestuario ante los ojos del viajero del tiempo, las paredes de la casa en la que está, con las ventanas cerradas y las bombas que la destrozan… y, sobre todo, esa máquina diseñada para ser recordada, con forma de mecedora y un gran disco giratorio a su espalda, además de los marcadores de fecha y año. Todo muy completo para poder hacer, a la vista de los espectadores, una auténtica máquina capaz de viajar por los siglos.

Aunque el título original es “La máquina del tiempo”, igual que la novela de Wells, a mí me gusta más el que se le puso en España, me parece que representa mucho más el auténtico poder del que se cree (¿se sabe?) imbuido George, la ambición que no está orientada al dominio ni a la conquista, sino al conocimiento. El interés de George es exclusivamente científico, aparte de la natural curiosidad humana, su fe ciega en el hombre se ve una y otra vez abatida por la tozudez de los hechos, pero el rayo de esperanza que vislumbra al final es lo que le hace erigirse en el primer constructor de ese futuro que ninguno de sus coetáneos será capaz de ver, siquiera de intuir. Y es por esto por lo que esta película no es sólo una historia de aventuras o de ciencia ficción, sino un buen ensayo acerca de los dos lados de la especie humana: en el fondo, George/Wells se considera a sí mismo un término medio entre los Eloi y los Morlocks, y desde ahí es de donde saca fuerzas para volver de nuevo, en ese enorme butacón, al futuro del que al principio quiso huir.

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