V

En lo audiovisual, léase televisión o cine, los estadounidenses demuestran día a día que son capaces de lo mejor y de lo peor. Un buen ejemplo son las series de televisión, especialmente si se derivan de miniseries, como es el caso de “V”, que alcanzó la categoría de mito, especialmente a este lado del océano.

“V” comenzó como una miniserie en dos partes, la segunda de las cuales llevaba por subtítulo “La Batalla Final” y que en España se vieron, en su primer pase, como cinco episodios que provocaron algo insólito: las calles se quedaban vacías a las siete de la tarde de los sábados ¡sin que hubiera fútbol! Niños, jóvenes y adultos dejaban lo que estaban haciendo para sentarse frente a la TV a disfrutar (y pasarlo mal, por qué no decirlo) con la lucha de los humanos frente a los famosos “lagartos”. A ello no sólo contribuyó la habilidad de Kenneth Johnson para construir y contar una estupenda historia de aventuras y suspense, sino la propia calidad técnica de ésta, rodada en formato cine y supliendo la falta de presupuesto con grandes dosis de imaginación y artesanía (apenas estaba empezando el uso de ordenadores por aquella época).

Como decíamos, la historia estaba magníficamente narrada, aunque no era ni mucho menos original: “V” relata una invasión extraterrestre a nuestro planeta que evoca, sin disimulo, la invasión nazi de Europa que desencadenó la II Guerra Mundial. Muchos elementos históricos y de la iconografía hitleriana tienen su paralelismo en la serie: los uniformes, el emblema visitante (sospechosamente parecido a una cruz gamada), la voracidad y amoralidad de los invasores, la creación de la Resistencia, los colaboracionistas… y, sobre todo, la eliminación del disidente, que en “V” está personalizado en la comunidad científica, en especial en biólogos y antropólogos, que son los primeros en sospechar de los aparentemente pacíficos visitantes. Hasta se crea una asociación juvenil, los “amigos de los visitantes”, que es un calco directo de las juventudes hitlerianas, con delatores dentro de las propias familias. Es interesante, justamente, el nexo que se hace entre visitantes y nazis a través de la familia Bernstein, cuyo patriarca fue un superviviente de los campos de concentración alemanes que huyó a los EEUU y fundó allí su familia. Las referencias de Abraham Bernstein a ese pasado son continuas, dentro de una situación que le resulta demasiado familiar.

Aunque la invasión extraterrestre es a escala mundial, la acción se centra, sobre todo, en los habitantes de un suburbio de Los Ángeles, con idea de mostrar relacionados de un modo u otro a todos los tipos de personajes que pueblan esta historia. Los vecinos de este barrio serán quienes acaben formando el primer núcleo de resistencia, liderados por la doctora Julie Parrish (una científica que pudo evitar su apresamiento por los visitantes), el antropólogo Robert Maxwell, cuya hija ha tenido secretamente un romance con un invasor, y el cámara de televisión Mike Donovan, que logra infiltrarse en una de las naves nodriza y descubrir el terrible secreto de los que decían venir en son de paz.

Más o menos, la primera miniserie, de dos capítulos, abarca todos estos hechos, desde la llegada de los invasores hasta su rápida y silenciosa conquista del planeta, pasando por la formación de la resistencia. Aquí prima el suspense y la intriga sobre la acción y los tiros. En la segunda miniserie, de tres episodios, se invierte la tendencia y lo que se nos muestra es la lucha activa de la resistencia, comenzando por la revelación pública del auténtico rostro de los “lagartos”. A medida que avanza la trama, se van desvelando otras realidades de los invasores, como el destino que dan a los prisioneros o sus planes para la Tierra, y así se va salpicando la acción con ciertos momentos, incluso de terror. La aparición de la niña Elizabeth, hija de Robin y de un extraterrestre, resultará decisiva para la derrota de los visitantes. Eso sí, en un giro argumental que acaba cargándose toda la credibilidad de la serie.

La tercera serie es, con mucho, la peor. Queriendo explotar el filón, los productores decidieron una vuelta y “re-invasión” de los lagartos, con la pérfida Diana (uno de los mejores malvados que ha parido la televisión) al frente. La serie se convirtió en una de tantas, con tramas autoconclusivas en cada capítulo y más metida en el género de aventuras, pero de elaboración y factura mucho más cutre, aunque hay que reconocer que algunas de las historias tenían cierta calidad. De hecho, los diecinueve episodios de una hora que se grabaron constituyen su primera y única temporada, puesto que fue cancelada por la Warner sin previo aviso y dejando a medias a los seguidores que le quedaron (entre ellos, un buen número de españolitos que nos acordamos de toda la familia de los productores y directores). Eso sí, arrojó a las calles un buen puñado de merchandising en forma de pegatinas, cromos, figuras e, incluso, una revista de televisión publicó algo parecido a un patrón para hacerte tu propio traje de “visitante”.

En cualquier caso, “V”, en todas sus facetas, fue una serie rompedora: en pleno apogeo reaganiano y ultraconservador, cometía osadías como poner a mujeres al mando de estamentos militares, hablaba de términos revolucionarios como paz, unidad y cooperación y presentaba como normales las relaciones interraciales y el uso del sexo para conseguir objetivos de espionaje. Aunque tampoco desdeña elementos de la Guerra Fría, como el uso de bombas atómicas disuasorias. No quiero decir que el propósito de la serie fuera el ir contra la tendencia político-social de la época (a decir verdad, dudo mucho que así fuese), pero sí que ello aportó aspectos muy interesantes en su desarrollo. Eso y que se intentase impregnar con algo de realismo la trama mostrando, por ejemplo, las disensiones internas entre los resistentes o incluso ciertos toques racistas por parte de algunos personajes.

Por encima de todo, “V” es una buena serie de ciencia-ficción, aventuras y, si me apuran, narrativa pseudohistórica (hechos ficticios futuros inspirados en realidades pasadas), contada con pulso y capaz de enganchar desde el primer minuto, con la impresionante aparición de las naves-nodriza, enormes, redondas y amenazantes, sobre los cielos del planeta, algo que plagiaron años después y sin ningún recato los creadores de esa fascistada llamada “Independence Day”. Buenos actores, por aquel entonces desconocidos en su mayoría para el público europeo, apoyados por algunos veteranos de la televisión de EEUU, ambientes muy logrados y carretadas de imaginación hicieron de esta moderna epopeya una de las joyas más apreciadas por el espectador de los ochenta. Ahora que el canal Cuatro se ha lanzado a reponerla, esperemos que sea capaz no sólo de revivir sueños (y pesadillas) de quienes la vimos en su estreno, sino también de enganchar a espectadores más jóvenes, aunque mucho de su efectismo haya quedado ya ampliamente superado. Para bien o para mal, “V” ya es una serie mítica.

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