La Profecía

Igual que se hizo hace treinta años aprovechando las fechas, se estrena ahora un “remake” (dicen que idéntico en su desarrollo) de este efectista film de Richard Donner, que en su día supuso el único Oscar conseguido por Jerry Goldsmith. La revisión que acabamos de hacer a esta película permite darnos cuenta de que, efectivamente, de no ser por la música del gran maestro, el resultado hubiese sido bastante más insulso.

“La Profecía” es una película muy tramposa, pero que se deja ver bastante bien en casa y con palomitas delante. La historia es, creo, de sobra conocida: En la sexta hora del sexto día del sexto mes, un bebé llegará al mundo para traer la destrucción total… el Anticristo, en resumen. El embajador estadounidense en Roma, Robert Thorn, está a punto de ser padre; sin embargo, el niño que su mujer da a luz nace muerto mientras la madre yace inconsciente. Un sacerdote y una monja le ofrecen adoptar a otro bebé cuya progenitora acaba de morir en el parto, sin que la señora Thorn lo sepa. El embajador consiente y se hace cargo del pequeño Damien, sin sospechar que el horror acaba de entrar en su casa.

Donner no experimenta en sus películas, sino que procura hacerlas entretenidas. Por eso recoge todos los recursos del género que está trabajando e intenta darles la mejor salida posible. En conscuencia, a la película “no le falta un perejil” y trata de combinar tantos trucos como le es posible para crear el suspense y la tensión necesarias como para que el espectador sienta escalofríos de vez en cuando, sin recurrir (casi) a lo barato de la sorpresa por la espalda. Y lo consigue a medias, con una primera mitad bastante más lograda que la segunda en cuanto a misterio. Es en esa primera hora donde el espectador asiste a las primeras insinuaciones del poder de Damien, nunca de manera directa sino “por personas interpuestas”. El Anticristo no va a matar a nadie, pues tiene a otros que ya lo hacen por él, y por eso la mirada de Damien provoca escalofríos. Hay escenas impactantes, como el suicidio de la joven niñera, y otras bastante más sutiles como la histeria del niño cuando sus padres quieren llevarle a la iglesia. Todo ello aderezado con un adecuado ambiente, ya que la película transcurre casi íntegra entre Roma y Londres, lo que permite el uso permanente del paisaje nublado del otoño y los bosques grises y pardos de hojas secas. Y la música, ah, la música, que apunta como un cuchillo los momentos en los que algo va a pasar.

La segunda mitad, en cambio, se desmadra bastante más. Es cuando los “padres” de Damien empiezan a comprender que su hijo oculta algo maligno (y no lo oculta, lo encarna) y entonces el amenazado diablo se desata en sus horribles crímenes. Se pasa entonces del suspense a los golpes de efecto, algunos rayando incluso en lo “gore” (blandito, eso sí), algo de lo que la banda sonora también es partícipe, tanto que por desgracia llega a cansar. Thorn debe encargarse personalmente de matar al niño mediante un antiquísimo ritual, lo que constituirá la parte culminante de la película, cuyo final he preferido no desvelar a quien no la haya visto aún.

“La Profecía” no ha envejecido demasiado bien, por todo lo que contamos arriba, aunque conserva el regusto de los efectos artesanales, pícaramente enhebrados para conseguir algún que otro sobresalto y, sobre todo, la sensación de incomodidad que es la primera finalidad de una buena película de terror (lo que popularmente se conoce como “acojone”). El uso de los símbolos apropiados, como la ya famosa cifra “666” (que en el Apocalipsis de la Biblia católica, al menos, no aparece), las fotografías con “sorpresa”, las dagas consagradas, las iglesias cerradas… todo ello contribuye a decorar la historia para transformarla, de paso, en una especie de “thriller”, ya que el descubrimiento de la terrible verdad no es inmediato, sino consecuencia de un proceso de investigación. Le salva del declive el hecho de que se sostiene en una atmósfera que funciona, aunque acaben viéndosele los trucos, y el trabajo de sus dos actores principales, Gregory Peck y Harvey Stephens, poseedor de los ojos azules más desasosegantes del cine. El resto del reparto resulta un cúmulo de histriones muy pasados de vueltas, aunque no llegan a bordear ese límite en el que las escenas dramáticas se tornen cómicas (y algún caso conozco). Tampoco es que “La Profecía” esté cogida con alfileres, no, aguanta bien el tipo en casi todo su metraje, pero conviene aparcarla en el estante una vez terminada y no recuperarla hasta bastante tiempo después, para evitar el riesgo de que se convierta en poco más que un cajón de fuegos artificiales. Por lo demás, su visionado deja buen sabor de boca (es un decir, tratándose de un film de terror) y permite comprobar que el cine, con toda su evolución y todas sus técnicas, puede hacerse de forma más que decente empleando recursos clásicos, si se saben usar con soltura. Y en esto, Richard Donner es un auténtico experto.

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