Un Par De Seductores

A veces, películas de las que uno se espera poco o nada acaban convirtiéndose en agradables sorpresas. Habitualmente, no sé por qué, esto ocurre con las comedias, quizá porque se cumple el tópico de que hacer reír es lo más difícil que hay, o porque cada vez somos más exigentes con aquello que nos provoca la sonrisa. Frank Oz parece tener una de esas llaves, ya que sus films suelen hacernos salir contentos del cine, o del salón donde nos evadimos por la tarde viendo algo que nos haga olvidar los problemas por un rato. Y pocos como él saben sacar partido a los sinvergüenzas, como ya demostró en la estupenda “La Tienda de los Horrores”, obra inmediatamente anterior a la que reseñamos hoy.

“Un Par de Seductores” (“Sucias y corruptas sabandijas”, en traducción casi directa del original) es un remake de la menos afortunada “Bedtime Story”, con Marlon Brando y David Niven en los papeles de Freddie Benson y Lawrence Jamieson, que aquí están interpretados por Steve Martin y Michael Caine, respectivamente. Aunque a priori uno tiende a pensar que el original podía ser de más calidad dados sus intérpretes, lo cierto es que la versión moderna resulta bastante superior, quizá porque funciona mucho mejor la química entre sus dos protagonistas (entre los tres, si incluimos al interés femenino personificado por una encantadora Glenne Headly). En ambos casos la historia es la misma: Laurence es un rico playboy, culto y elegante, que se gana la vida seduciendo y timando a señoras ricachonas y amorales, lo que le permite vivir como un príncipe en Beaumont-sur-mer, una pequeña localidad de la Costa Azul francesa. Gracias a que también tiene sobornado al jefe de la policía local, disfruta de una tranquila existencia que se ve interrumpida por la aparición de Freddie, un estafador de tres al cuarto pero con una considerable labia que podría poner en peligro el negocio de Laurence. Tras un par de intentos frustrados para echarle del pueblecito, Laurence y Freddie acuerdan una apuesta. El primero que consiga sacar cincuenta mil dólares a la próxima adinerada dama que aparezca por Beaumont-sur-mer tendrá derecho a quedarse allí para continuar ejerciendo sus timos, mientras que el otro deberá abandonar el lugar.

Lo reconozco: soy un defensor a ultranza de Steve Martin y del humor que hace. Me parece un tipo con unas habilidades gestuales que ya las quisiera Jim Carrey y cuyo histrionismo es sólo superado por Jack Nicholson, con la (injusta) diferencia de que a Jack se le suelen aceptar sus excesos y a Martin no. Pero en esta película el actor de la gran nariz y el pelo canoso (sus “marcas de fábrica”) está simplemente genial. Ayuda a ello el hecho de que Frank Oz le otorga las escenas adecuadas en las que dar rienda suelta a todo su repertorio, como en las que hace de “Ruprecht”, personaje que sirve para espantar a las ricachas cuando ya han soltado el dinero a su circunstancial amante Lawrence. Y es que un gesto con sus ojos puede ser tan elocuente como cualquier parrafada. El contrapunto a Martin no podía ser otro que Michael Caine, este inglés que, creo, ya habrá hecho de absolutamente todo en su larga carrera y que está dotado de una vis cómica a mi juicio infravalorada por quienes le tienen por un actor esencialmente serio. Aquí emplea su natural elegancia y picardía para encarnar al seductor de la sonrisa imposible (madre mía lo que se nota la dentadura postiza) y, dado lo versátil de su personaje, Caine se gusta poniendo mil y un acentos sin complejo alguno y variando los registros desde la más absoluta dignidad y su pintoresco sentido de la moral hasta la sinvergonzonería sin límites, todo ello sin perder la compostura.

Lo más destacable del film es, sin duda, el duelo de caracteres entre Freddie y Lawrence. Frank Oz lo sabe y procura que esto sea visible en la mayor parte la película, particularmente en la secuencia donde Lawrence enseña a Freddie los trucos del oficio en una suerte de videoclip en el que la música de Miles Goodman acompaña indisolublemente a las imágenes alternadas del maestro y el aprendiz, la clase alta y la sutileza por un lado, la palurdez y la falta de modales por el otro. Estas salpicaduras continuas de talento se acaban convirtiendo en un duelo interpretativo en el que cada uno de los contendientes combate dentro de su propio espacio, para fortuna y deleite del espectador. Lo mejor de todo es que no hay concesiones a la galería por parte de estos dos, ni remordimientos ni redención que valgan; la amoralidad campa por sus respetos y nos pone en evidencia ya que nos consigue provocar más de una sonrisa cómplice ante sus fechorías. Recomiéndense, pues, esta película: podrán ver plasmadas en pantalla algunas de sus fantasías más malignas. Y, además, se lo van a pasar pipa.

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