Gosford Park

Cojan a un grupo de hipocondríacos, obsesivos y egocéntricos, métanlos a todos en una casa grande, pláguenla de cámaras y micros hasta en los tiradores de la puerta y limítense a seguir sus avatares durante un par de días… y tendrán “Gran Hermano”. Ahora sitúen la acción en la Inglaterra de los años treinta, añádanle un cierto toque de distinción, la excusa de una cacería, un ejército de criados en la planta baja… y tendrán “Gosford Park”. Siempre y cuando, claro está, que les dirija Robert Altman.

Veamos: ésta es la típica película de las llamadas “de época” (¿de qué época?) en la que no pasa nada. O más bien, en la que pasa de todo. O nada. O de todo… Altman hace un nuevo ensayo, el enésimo, en esa técnica de las historias corales y entrelazadas, que desplegó ya brillantemente en “The Player” y perfeccionó hasta el límite en “Short Cuts”. Esta vez, sin embargo, arriesga un poco más restringiendo la acción al interior de una mansión, en un esquema que recuerda mucho tanto a las películas de James Ivory (“Lo que queda del día”, en particular) como a aquella obra maestra de la televisión, “Arriba y Abajo”. Sin embargo, aquí no tenemos a unos Lord y Lady Bellamy arriba, ni a Hudson ni a la Sra. Bridges abajo, en torno a los cuales se ha de montar la acción. Como queda dicho, Altman hace películas verdaderamente corales, en las que aunque destaque media docena de personajes por encima de la otra media, no suponen más que ladrillos iguales del mismo edificio. Es inevitable, pues al tratarse de varias historias paralelas que luego se interconectan, por fuerza ha de haber varios protagonistas y muchos secundarios relacionados con cada uno. Todo esto viene a cuento de decirles que no busquen una trama en Gosford Park (el nombre de la mansión), porque, sencillamente, no la hay. Una partida de caza es el débil hilo en el que se van enhebrando los personajes, la razón, quizás, por la que todos se reúnen en la villa de los McCordle. Pero el espejismo dura bien poco, ya que lo que importa es lo que se cuece antes y después de dicho evento, que apenas ocupa unos minutos en las más de dos horas del metraje.

Les contaba lo de Gran Hermano porque es eso, ni más ni menos, lo que parece este film. Con bastante más fundamento, desde luego, pero el espectador se siente inevitablemente voyeur al colocarse la cámara al nivel de sus ojos, pasando entre los invitados como si fuera uno más en ese fin de semana, participando en conversaciones que no le atañen o, incluso, asomándose por el hueco de la escalera para saber de qué discute el servicio. Eso, y no otra cosa, es lo que verdaderamente importa en esta película: todo lo que sucede en cada metro cuadrado de casa y, al mismo tiempo, nada de ello, pues pasa igual que con el famoso “experimento televisivo” (si se hiciera bien, se entiende), esto es, sentimos curiosidad morbosa por lo que sucede tras las paredes de una casa cualquiera, pero por otro lado, una vez estamos dentro (o miramos dentro, que es lo que contiene el morbo), la verdad es que nos importa un comino.

¿Se aguanta semejante premisa durante tanto tiempo? En condiciones normales, les diría que no. Pero con Altman nunca son condiciones normales. No digo yo que el veterano director sólo haga buenas películas, pues algunas son auténticos truños, pero en este caso sí creo que lo consigue. Para ello va introduciendo con cuentagotas los elementos justos para que te siga interesando la vida de fin de semana dentro de Gosford Park: Mete las clásicas rencillas familiares, que en el caso de los ricos (también lloran, sí) se magnifican tanto como su dinero. Salpica con cotilleos de todo pelo cada una de las conversaciones a ambos lados de la escalera, con lo que demuestra que ser de la alta sociedad no te exime en absoluto de ser un metomentodo, y que pertenecer al servicio puede volver al criado incluso más esnob que su propio señor. Mete grandes dosis de humor, a pesar de la tensión reinante, burlándose desde dentro de los advenedizos y, sobre todo, de sus consortes. Mete ironía, con pullas innegables tanto a los estadounidenses como al desprecio que los ingleses hacen de ellos. Ah, y también mete intriga, con un asesinato de por medio en el que lo que menos importa es el asesino, pero que nos permite disfrutar a mares con la aparición de un estirado pero patoso inspector de policía con mejor voluntad que tino en sus averiguaciones.

Y abandonamos la epatante villa bajo un cielo permanentemente nublado. Toca barrer, limpiar, recoger todo lo que sus señorías han dejado por medio, incluyendo las malas vibraciones que quedan impregnadas en cada columna. Todos, o casi todos, volverán a sus aburridas cotidianeidades y el fin de semana en casa de los McCordle pasará como uno de tantos. Ellos no saben, aunque quizá intuyen, que la decadencia del modelo social en el que viven está muy próxima. Ellos no saben, ni pueden intuir, que en pocos años una terrible guerra les obligará a la mayoría a empezar desde cero, si sobreviven. Pero como aún no saben nada de esto, es posible que pronto se vuelvan a reunir, ellos u otros distintos, en otra lujosa villa en la que poder lanzarse puñaladas bañadas de oro. Y esta vez, sin el vigilante ojo del gran hermano entre sus cabezas.

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