Scoop

Esta es una película de Woody “normalita”, lo que en mi propia escala de valores significa que merece la pena el precio de la entrada. Sin ser ni de lejos de las buenas del director de Brooklyn, el caso es que la historia que cuenta funciona, es simple, sin pretensiones, divertida sin caer en lo grotesco y añade el puntito de intriga que tan bien le vino en “Misterioso Asesinato en Manhattan”, añadiéndole algo más de suspense con desigual fortuna.

Pero también es una comedia romántica, terreno en el que Allen no es especialista salvo de forma colateral, o si lo prefieren consustancial a la mayoría de su cine, en el sentido de que siempre hay una historia de amor coleando durante el metraje y que sirve para especiar la trama. Aquí forma parte principal de lo que cuenta, tanto o más que la historia de investigación, y ello permite implicarse más con los personajes que si se hubiera limitado a contar la historia de esta aspirante a periodista, Sondra (Scarlett Johansson) que, de la manera más atípica, se topa con lo que puede ser el pelotazo informativo de su vida. Decidida a conseguir la exclusiva del desenmascaramiento de un asesino en serie, acaba enamorándose del principal sospechoso, Peter (Hugh Jackman) y se ve sumergida en un dilema entre sus sentimientos y la posibilidad de estar metiéndose en la cama de un peligroso criminal.

Aquí Woody Allen vuelve delante de las cámaras, reservándose un pequeño pero jugoso papel como Splendini, un improbable prestidigitador que malvive de los trucos más baratos del género. Como ven, un colchón perfecto para hacer rebotar las neuras a las que nos tiene acostumbrados. En su afán por ayudar a Sondra a pesar del canguelo que siente, tendrá ocasión para ser patoso en innumerables ocasiones, aunque consiguiendo también éxitos insospechados. Aporta, pues, la nota cómica indisoluble de sus producciones de lo que doy en llamar su “tercera etapa” (véase la reseña sobre “Misterioso Asesinato en Manhattan“)

Y cuando no está Allen en escena (esta vez sale poco, sospechamos que para no cansar), aparece su plantel de actores cuidadosamente escogidos para llenar la pantalla. Más o menos: por un lado tenemos a Hugh Jackman, quien parece haberse abonado al papel de galán cuando no lleva garras de acero y que hace soberanos esfuerzos para que no se le note que es australiano; está correctito. Por el otro está Ian McShane como el espíritu del reportero Joe Strombel, miserable, vil, rastrero y eficaz aún después de muerto, es decir, McShane en estado puro (qué lástima que no le veamos en más películas). Aparece también un clásico, Charles Dance, en un papel más bien testimonial. Y, llevando el peso de la historia, tenemos a Scarlett, sobre la que nunca puedo ser objetivo pero cuya frescura y latente sexualidad son capaces, como yo mismo pude presenciar en el cine, de conseguir que una sala murmullante se quede completamente en silencio (hombres y mujeres) cuando se quita el albornoz en la piscina. No negaré que le falta la vis cómica que quizá sea necesaria en este tipo de films, particularmente cuando tu oponente es Woody Allen, pero seamos serios… dudo mucho que el espectador espere que sea ella quien remate los chistes.

Allen vuelve, pues, a deleitarnos con un trabajo de buena factura, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que va a ritmo de película por año (creo que la próxima ya está en fase de montaje) y que también, debido a eso, pueden salirle auténticos ladrillos tipo “Celebrity”. Se mueve mucho mejor en sus historias de noventa minutos y eso se nota. Repite su esquema una y otra vez, pero le tiene tan tomada la medida que es difícil que le salga mal. No diré eso de “una obra maestra cada año” que suelen soltar los entusiastas de la frase hecha, pero sí creo que es justo reconocer que, al menos para quien esto escribe, Woody Allen es razón suficiente para entrar en el cine sin sombra de duda.

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