Casino Royale

Este James Bond es diferente. TENÍA que ser diferente, por fuerza, por muchas razones: la fundamental, que el personaje necesitaba un “aggiornamiento”, una puesta al día que permitiera conservar su esencia y hacerse con un nuevo público que fuera más allá de nosotros, los incondicionales nostálgicos que crecimos con Sean Connery o Roger Moore. Desde el punto de vista de los productores, esa razón implica un fuerte componente económico, sin duda, vital para la supervivencia de la franquicia que ha sido capaz de extenderse durante más de cuarenta años, pero que corría el riesgo de anquilosarse. Y optaron por la apuesta más arriesgada, en realidad: preservar al personaje más “conneryano”, pero humanizándolo, esto es, Bond sigue siendo indestructible, pero esa condición no se obtiene de forma gratuita, sino a través de un duro proceso de forja de carácter.

¿Y cómo hacer eso? Pues trayéndose al personaje hacia sus orígenes, esto es, las novelas de Ian Fleming que le dieron vida y que contenían a un Bond bastante menos límpido que el de las películas. El truco está en hacer de “Casino Royale”, primera de estas novelas, la primera aventura del agente británico en su condición de doble cero, con licencia para matar. Así, el 007 encarnado por Daniel Craig es más joven, más impulsivo, más confiado, más arrogante y, paradójicamente, menos seguro de sí mismo. Todas estas faltas se irán puliendo a base de desengaños y palos, sobre todo de muchos palos, puesto que en “Casino Royale” veremos como a James le sacuden de lo lindo en varias ocasiones. Sí, estimados lectores, James Bond sangra, grita, se retuerce de dolor, físico y moral. No tiene miedo, porque para llegar a doble cero ha tenido que eliminarlo mucho tiempo antes, pero se le ve mucho más bisoño y vulnerable.

Este enfoque, junto a la elección de Daniel Craig como actor que debía de encarnar al superagente, sembraron de polémica a este film mucho antes, incluso, de empezar a rodarse. Sin embargo, a mí me gustan tanto el planteamiento como el intérprete, aunque reconozco que fui de los que dudó con la elección. En cuanto a lo físico, está claro que este Bond es justamente lo opuesto a Pierce Brosnan, pero ya ocurrió en su momento cuando Moore sustituyó a Connery en 1972. En este caso creo que el cambio es incluso mejor, ya que Craig presta mucho más la imagen de tipo duro. En cuanto al personaje y su interpretación, me parece una forma muy novedosa de retratarlo al hacer que el actor evolucione con éste, dando la impresión de que en próximas películas crecerá y madurará al tiempo que lo hace Bond (o viceversa). Craig le transmite muchísimos matices, tantos como el nuevo enfoque requiere, y para mi gusto lo siento chicas lo hace infinitamente mejor que Brosnan, cuyo mayor mérito en los cuatro filmes que hizo como 007 fue poner cara de palo amargado durante todo el metraje, sin mostrar siquiera una pizca del humor que éste lleva siempre consigo.

Por lo demás, la película es bastante entretenida. Sin ser de las mejores de la serie, supera ampliamente a sus recientes predecesoras (exceptuando, quizás, “El Mundo no es Suficiente”) y, desde luego, se reconcilia con quienes casi vomitamos con esa broma de mal gusto llamada “Muere Otro Día”. “Casino Royale” reúne en buena medida todos los elementos que hacen de la franquicia Bond lo que siempre ha sido, con escenas y escenarios espectaculares, acción trepidante cuando la hay (y demos gracias a que Martin Campbell, el director, aprendió la lección de “Goldeneye” y ya no alarga las persecuciones hasta el infinito), una dureza quizá inusual para lo que estábamos acostumbrados y, muy importante, el retorno a los bellezones rotundos frente a la lánguida anorexia que parecía impuesta en la última década. Tanto Eva Green como Catherina Murino iluminan la pantalla mientras caen rendidas ante los encantos de nuestro héroe.

Un par de fallos que le encuentro y que son bastante obvios: uno, el metraje, de nuevo excesivo por el lastre de querer explicar demasiadas cosas que podrían explicarse solas; el otro es que los villanos, aunque vienen pertrechados con todo el repertorio de tics y defectos físicos propios de la iconografía bondiana, aparecen un tanto diluidos en su concepción y nunca parecen estar a la altura de 007, no dan esa sensación de omnipotencia que se presentaba indudable en casi todos los filmes precedentes. Puede que se haya querido también “humanizar” al villano tal y como se hace con Bond, pero si es así la efectividad en este caso es mucho menor. Chirrían también algunas pifias de continuidad que, si bien no influyen en la historia, a los fans de toda la vida les pueden resultar molestas; por ejemplo, el hecho de que “M” siga siendo la “nueva” jefa que interpreta Judi Dench desde “Goldeneye” (y que además en ese film se presenta, efectivamente, como sucesora del almirante Miles Messervy) y, sin embargo, aquí aparezca como su jefe original. Eso y la desaparición de los personajes de Q y miss Moneypenny, aunque, si les he de ser sincero, yo no les eché de menos.

Como intento, bastante arriesgado, de revitalizar la franquicia, le pondría un notable al esfuerzo. Cierto es que se necesitan pulir muchas cosas y que, desde luego, deberemos acostumbrarnos a ver a un James Bond más mundano aunque siga siendo invencible e irresistible a partes iguales. La supervivencia de la marca y del personaje dependerá mucho de cómo reaccione el público ante esta nueva (¿o quizá no tan nueva?) visión de Mr. Bond. Eso sí, los guionistas deberán tener en cuenta que este 007 habrá de ser mucho más duro y aceradamente frío en los próximos filmes, y que las veleidades que aquí vienen excusadas por la historia no se le permitirán tan alegremente después, cuando se suponga que Bond ha conseguido ir eliminándolas. No digo ninguna tontería de fan obtuso con esto, puesto que en la misma “Casino Royale” eso ya se va apuntando de forma nada velada hacia el final de la cinta. Y, si los productores son consecuentes con ello, tengo el presentimiento de que seguiremos teniendo James Bond / Daniel Craig para rato.

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