En la muerte de Robert Altman

Hoy ha fallecido Robert Altman, uno de los más grandes y, hasta el día de hoy, el más rebelde. Nunca tuvo pelos en la lengua ni en sus films, donde la sátira campaba por sus respetos aun contra la industria que le daba de comer. Este hombre de mirada inquisitiva e inteligente, de perilla colgante que enmarcaba una sonrisa entre sarcástica y cachonda, tal y como reflejaba en cada fotograma que rodo, pasó por el mundo del country (“Nashville”), los horrores de la guerra (“M*A*S*H”), los acordes del jazz (“Kansas City”), el costumbrismo de la alta sociedad (“Gosford Park”) o la voracidad de Hollywood (“The Player”), con desigual fortuna. Experimentó, quizá adelantándose a su tiempo, con “Prêt-à-Porter”, un extraño videoclip sobre el mundo de la moda que fue mal comprendido. Pegó un par de patinazos serios con “Conflicto de Intereses” o “Popeye”, películas fundamentalmente alimenticias, pero supo ser fiel a un estilo y, sobre todo, se especializó en el entrelazado de historias, manteniendo el control sobre cada uno de sus personajes independientemente del fondo en que estas se desarrollaran.

Dicen que su obra maestra es “Short Cuts”, que en España se tradujo estúpidamente por “Vidas Cruzadas” (en realidad significa “Atajos”), aunque dicho título resumía buena parte de la carrera de Altman. Mi favorita sigue siendo “M*A*S*H”, que además venía apoyada por el guión del gran Ring Lardner Jr. y en la que la amargura de la guerra venía enmascarada con un humor tan ácido como el sonido de las bombas, tan brutal como la sangre de los heridos. Aunque yo lo redescubrí (como casi todos) en “The Player” (“El Juego de Hollywood”, otro traductor mal pagado, por lo visto), donde lanzaba dardos envenenados a diestro y siniestro y no dejaba títere con cabeza a la hora de satirizar a la industria del cine americano y al cada vez más patente adocenamiento de sus producciones. Un sistema del que él formó parte, sin embargo y, más sorprendente aún, al que pertenecían un buen puñado de estrellas y estrellazas que aceptaron participar en dicho film cobrando el salario mínimo estipulado por el sindicato.

Se nos ha ido un maestro del telar cinematográfico, agudo y genial, irreverente pero elegante. No fue un “militante” en el estricto sentido de la palabra ni hacía de sus películas canciones protesta. Su estilo era otro, consistió en reflejar su espíritu crítico con la mayor mordacidad posible, alejado de un cine de autor pretencioso o burdo. En eso se parecía mucho al Capitán “Hawkeye” Pierce que interpretó Donald Sutherland en “M*A*S*H”. Y, aunque siempre (o casi) contó con muy buenos guiones que inevitablemente contenían diálogos antológicos, nunca tuvo miedo de usar la cámara, de explotar sus posibilidades en movimiento. Nunca quiso jubilarse, y sólo la muerte ha logrado arrancarle de su profesión, a la que se dedicó con auténtica vocación durante más de cincuenta años.

Nos ha dejado este tejedor implacable. Ahora deberemos desenredar la madeja nosotros solos. Cada vez andamos más escasos de genios, maldita sea.

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