Títulos de Crédito: la tarjeta de presentación

Desde el logotipo de la “major” distribuidora hasta los iconos del Dolby Stereo (in selected Theatres), los títulos de crédito se encuentran entre los grandes desconocidos del cine. Y, sin embargo, en la mayoría de los casos son una tarjeta de presentación magnífica para la película que el espectador se dispone a ver. Podríamos asemejarlo con la estación de tren a la que llegamos cuando viajamos a una ciudad desconocida: si la estación está razonablemente limpia e iluminada, si sus alrededores no tienen un aspecto destartalado, entraremos en el nuevo lugar con una cierta tranquilidad, lo que para empezar no está nada mal. Por el contrario, si la estación tiene mal aspecto, restos de bocadillos en el suelo, desconchones en las paredes y luces fluorescentes desvaídas, lo más probable es que nos deprimamos y nos entren ganas de volver por donde hemos venido, corriendo a ser posible.

Todo es importante en una secuencia de “Opening Titles”: la música, los fondos, las escenas de fondo (si estos van superpuestos), la iconografía, la tipografía… todo eso que, combinado, va poniendo en situación al espectador antes del primer plano que aparece, ya dentro de la historia. Ya en los inicios del cine sonoro esos títulos, mucho más simples que en la actualidad, se mostraban a modo de obertura, con planos fijos acompañados de una fanfarria cuasi-sinfónica con la lista de las personas más destacadas en la elaboración de la película. En la era del sistema de estudios y estrellas, los nombres del productor y de los protagonistas llenaban la pantalla a los acordes de Miklós Rózsa, Bernard Herrmann, Erich W. Korngold o Max Steiner, entre otros. Luego aparecían los técnicos (representados casi siempre por los jefes de cada departamento), bien ordenaditos en columnas. Terminaban, en la mayoría de los casos, con la relación de actores y personajes, mostrada después incluso que el nombre del director, por entonces casi un secundario en el “star-system”. Finalizada la película, dos simples palabras, “The End”. Eran aquellos días dorados donde lo importante de un film era que fuese “una película Paramount”, o “una película MGM”.

Cuando las productoras fueron vendidas a las grandes corporaciones, todo ese castillo de glamour y apariencias se fue derrumbando. Actores, directores, escritores y técnicos se agruparon en sindicatos que defendían la aportación de sus correspondientes labores en la manufactura de las películas. Y, lógicamente, ello se vio reflejado también en los créditos de las películas. Empezaba a ser necesario, por exigencias de los gremios, especificar quiénes eran los autores de éstas, por lo que empezó a verse tras el logo de las productoras la sentencia “A film by …” con el nombre del director en letras de molde. Igualmente, el “The End” final desapareció paulatinamente en favor de largos rodillos de letras donde fueron apareciendo cada vez más y más personas, hasta el punto de que ya no hay una sola cinta que no incluya hasta al “Best Boy”, o chico de los recados (el que trae el café, para entendernos). No pasó demasiado tiempo hasta que los actores empezaron a incluir en sus contratos cláusulas por las cuáles sus nombres debían aparecer antes que otros en los créditos iniciales, casi siempre antes del título de la película y, en algunos casos, incluso antes que el nombre del director.

Así pues, los títulos empezaron a alargarse y alguien (a saber quién) se dio cuenta de que era necesario que éstos se implicaran tanto como fuera posible en el desarrollo de las películas, pues a nadie le apetece estar viendo durante varios minutos una lista de nombres, en su mayoría desconocidos. Ya en la época muda existían diseñadores de rótulos para los diálogos, uno de los más famosos fue nada menos que Alfred Hitchcock, pero ahora al concepto gráfico había que unir el movimiento, por lo que surgieron auténticos creadores sin cuyo trabajo hoy muchas películas no serían lo mismo. De todos ellos, dos nombres brillaron con luz propia: Saul Bass y Maurice Binder.

Saul Bass fue, posiblemente, el más grande de todos los diseñadores de títulos de crédito. Un maestro en el manejo de colores y formas geométricas, a él le debemos la gran mayoría de las secuencias iniciales consideradas antológicas, así como uno de los carteles más famosos de la Historia del Cine: Anatomía de un Asesinato, luego mil veces plagiado. Pero donde más se destacó Bass fue en los diseños para las tres películas más significativas de Alfred Hitchcock, es decir, Vertigo (1958) y su legendaria espiral por la que se hunde James Stewart en las alturas; Con la Muerte en los Talones (1959) con el logo de la Metro en verde y su famosa sobreimpresión de los títulos en la cristalera de un rascacielos de Manhattan; y Psicosis (1960), donde usa casi exclusivamente franjas grises sobre fondo negro de las que se van extrayendo los distintos nombres. En esta última película, además, Saul Bass fue el diseñador de la mítica escena de la ducha con Janet Leigh. Es interesante hacer notar que en estos tres filmes la música estaba compuesta por Bernard Herrmann y en ellos se ve cómo el diseño de los títulos se adapta perfectamente a los acordes interpretados en cada momento. Algo que llevó a su máxima expresión con la obertura de “West Side Story“ (1961), en la que una sucesión de planos monocromáticos surcados por líneas negras va siguiendo a la música compuesta por Leonard Bernstein hasta mostrar el título de la película transmutando las líneas en los rascacielos neoyorkinos. Saul Bass colaboró en sus últimos años con Martin Scorsese dejándonos joyas como El Cabo del Miedo (1991) o La Edad de la Inocencia (1993) y con un canto del cisne absolutamente magistral: Casino (1995), creado para Scorsese poco antes de morir de un linfoma, en 1996. Son unos créditos espectaculares, que comienzan con la brutal explosión de un automóvil y que nos meten de lleno en una espiral de violencia que surca el resto de la película. Por eso Saul Bass es un genio completo: ni siquiera en el invierno de su vida perdió el pulso y la energía a la hora de crear obras maestras del diseño, un diseño al que directores de gran calibre deben tanto.

Menos prolijo y quizá no tan genial como Bass, no cabe duda de que Maurice Binder es, a pesar de ello, el otro gran nombre en el diseño de secuencias de crédito iniciales. Un nombre que ya está unido indisolublemente al de James Bond, ya que Binder fue el creador del la escena del cañón de pistola que abre todas las películas de 007, además de diseñar los títulos para catorce de ellas (todas las anteriores a Pierce Brosnan, excepto Desde Rusia con Amor y Goldfinger). Este diseñador supo imprimir un estilo luego muchas veces imitado, a base de jugar con las siluetas humanas, el fuego, el sexo y las armas. A su muerte en 1991 fue reemplazado por Daniel Kleinman para Goldeneye, que si bien dio a los créditos un aire más espectacular, casi de videoclip, no ha podido conservar el glamour de las inolvidables secuencias de Maurice Binder.

Estos dos genios pueden considerarse el nivel más alto en el diseño de títulos, aunque es obvio que no siempre ha sido necesaria la espectacularidad o una estética exagerada para que éstos marquen el trabajo de un director o para que una película sea fácilmente reconocible. Como decíamos más arriba, otros aspectos como la música y la tipografía también son importantes, y habitualmente cuando hablamos de títulos de crédito los entendemos como un conjunto en el que todos sus componentes han de trabajar al mismo nivel, dentro de sus posibilidades. Así, un viaje por el cosmos cuajado de estrellas y unas letras blancas y azules que se aparecen desde el frente hasta el fondo, acompañadas por una sinfonía compuesta por John Williams nos dice que estamos a punto de ver a un hombre volar en Superman (1978), de Richard Donner. Un fondo negro, letras blancas estilo años 30 y una sucesión rápida de créditos al son de swing o jazz representa como ninguna otra cosa una película de Woody Allen. A veces, basta con el logo de la productora superpuesto sobre una imagen similar, como la montaña nevada de la Paramount en las tres películas de la saga de Indiana Jones. Otras veces, los títulos iniciales se vuelven más famosos que la propia película, como en La Pantera Rosa (1963), en la que éstos dieron pie a una serie de animación para la TV. Y, cada vez con más frecuencia, se reducen al título de la película para pasar directamente a la acción. Esto, que hoy día es moda (tanto que en muchos films incluso han desaparecido los créditos iniciales más allá de los logotipos), hace apenas dos décadas resultaba algo excepcional. El mayor “shock” en este sentido se produjo, posiblemente, en 1977 con la llegada de Star Wars, de George Lucas, donde las conocidas “letras amarillas” en las que se contaba la historia previa al argumento del film sustituyeron con tal éxito a los habituales créditos que hoy forman ya parte del mito galáctico. Hasta ese extremo se llevó el concepto de comenzar in media res, en medio de la cosa, integración plena desde el principio.

Resulta curioso comprobar, en esta evolución en los títulos de crédito, cómo se ha producido con los años una modificación radical en su estructura. Como decíamos arriba, se están eliminando poco a poco de las secuencias de comienzo, con el fin de empezar a narrar cosas cuanto antes y, consecuentemente, tienden a estar mucho más cuidados al terminar la película; ahora aparecen de forma inversa, primero el nombre del director, luego los guionistas y productores y después los intérpretes principales, el título del film, el resto de protagonistas, los técnicos y músicos más relevantes y, al final, el famoso rodillo, que cada año que pasa parece más extenso. Como estas secuencias no se prestan ya tanto a la creatividad puesto que, a fin de cuentas, la historia ya ha acabado y el público comienza a abandonar la sala, los creadores inventan artimañas para conseguir que el espectador se quede durante esos interminables minutos ofreciéndole alguna sorpresa escondida. Puede ser una pequeña broma o guiño, como hizo Spielberg (uno de los pioneros en este sentido) al final de los créditos de El Secreto de la Pirámide (1985); podría ser un epílogo intrascendente aunque curioso o divertido, por ejemplo el monólogo de Gabino Diego en Los Peores Años de Nuestra Vida (1994); o, más comúnmente, se pueden meter las tomas falsas, como se hace en muchas comedias estadounidenses, y, rizando el rizo, hasta “falsas tomas falsas”, como las que incluyeron los animadores de Pixar Studios en Bichos (1998) o Monsters S.A. Estos regalos que se hacen al cinéfago empedernido, el que se queda hasta el último momento, llegan hasta el extremo de pervertir (en el mejor sentido de la palabra) los propios títulos, introduciendo en ellos “morcillas” que invitan al ojo más avezado a escudriñar entre esas ignotas letras para localizar la broma, la coñita, en un trasunto cinematográfico del “¿Dónde está Wally?”. Maestros en el arte de la gamberrada aplicada a los créditos han sido, de siempre, los componentes del trío ZAZ (David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker), autores de clásicos como Top Secret, Aterriza Como Puedas y la saga de Agárralo Como Puedas. Si pinchan en el enlace “Crazy Credits” de las fichas correspondientes podrán ver cuáles son los créditos falsos que se añadieron, aunque mi consejo es que vean las películas y los busquen ustedes mismos, se divertirán más.

A lo largo de este texto, bastante genérico a pesar de todo, hemos intentado mostrar al lector por qué los títulos de crédito son parte integrante e importante de cualquier película, ya estén al principio o al final. Esas letras que a muchos espectadores (y a casi todos los programadores televisivos) parecen tan molestas, contienen en muchos casos buena parte de la esencia de lo que se ha visto o se está a punto de ver, además de que son también campo de trabajo para diseños innovadores, para alardes imaginativos, para humoradas y guiños cinéfilos. No voy a decir que sean todos así, pero sí que cada vez se hacen más detallistas y se construyen con más mimo, como forma adicional de apoyar a los cientos de personas implicadas en la creación de una película. Es por eso que recomiendo y animo al lector-espectador a que cuando vaya al cine o cuando vea una película en su casa, se quede hasta el final, observe quién y cómo ha estado metido en ella, disfrute con la música que la acompaña, casi siempre compuesta específicamente para esos créditos finales y, sobre todo, recuerde que una película empieza con la montaña de la Paramount, la chica de la Columbia, el Pegaso de Tri-Star, el globo terráqueo de la Universal o la fanfarria de Alfred Newman para la 20th Century Fox y no termina hasta que ha desaparecido el último título de crédito… y, a veces, si es paciente, algunos segundos después.

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