La Guerra de los Rose

The War Of The Roses“, USA 1989, 20th Century Fox / Gracie Films

Director: Danny DeVito
Productores:James L. Brooks, Arnon Milchan
Guión: Michael Leeson, basado en la novela de Warren Adler
Música: David Newman
Fotografía: Stephen H. Burum
Montaje: Lynzee Klingman
Vestuario: Gloria Gresham
Diseño de Producción: Ida Random

Intérpretes Principales: Michael Douglas (Oliver Rose), Kathleen Turner (Barbara Rose), Danny DeVito (Gavin D’Amato), Marianne Sägebrecht (Susann), G. D. Spradlin (Harry Thurmont), Peter Donat (Jason Larrabee), Sean Astin (Josh Rose), Heather Fairfield (Carolyn Rose), Dan Castellaneta (Cliente de Gavin)

Enlace IMDb

Si algo me queda claro es que Danny DeVito dirige películas para divertirse, cuando quiere evadirse de su imparable trabajo como actor. Quizá por ello firma films tan dispares como la biografía de un mafioso sindicalista (“Hoffa”, 1992), un cuento para niños de Roald Dahl (“Matilda”, 1996), una revisión bastante locuela de “Extraños en un tren” (“Throw Momma from the Train”, 1987) o una comedia negrísima, como la que aquí nos ocupa, en la que demuestra su predilección por la mala leche y procura que ese hecho quede bien patente en la pantalla.

En “La Guerra de los Rose” coloca de protagonistas a dos grandes amigos suyos, Michael Douglas y Kathleen Turner, con quienes compartió cartel en “Tras el Corazón Verde” (“Romancing the Stone”, 1984, Robert Zemeckis) y “La Joya del Nilo” (“The Jewel of the Nile”, 1985, Lewis Teague), pero les asigna unos papeles que en absoluto tienen que ver con aquellos dos románticos aventureros. Por el contrario, Oliver Rose es un abogado de éxito bastante plasta, excesivamente estirado, decididamente odioso, que considera que la posición y la felicidad de su familia depende exclusivamente de él y de su trabajo. Por su parte, Barbara Rose ha ejercido durante más de quince años el papel de abnegada esposa, cuidando de la casa y de los niños y apoyando a su marido en cada escalón de su carrera, hasta que ella misma decide hacerse económicamente independiente montando un negocio de hostelería. Cuando la pasión muere, los niños han crecido y están a punto de abandonar el nido y la situación se ha vuelto tan rutinaria que se ha hecho absurda, Barbara le suelta la bomba a su marido: quiere el divorcio. Oliver, que nunca llega a comprender los motivos de su esposa, se niega a cederle la casa en la que han vivido juntos todos esos años, a pesar de que ella renuncia a todo lo demás si él accede. La negativa de Oliver desencadenará una guerra entre ambos que alcanzará proporciones inimaginables, mucho más allá de los simples platos rotos.

Descrita así, la película parece más un drama que una comedia, pero créanme si les digo que posiblemente es una de las más inteligentes de los años ochenta. No es una película cómica ni de carcajadas, sino de sonrisa malvada. Es inevitable que la guerra de sexos mostrada en la pantalla de forma tan descarnada acabe trasladándose a los espectadores, que seguramente se colocarán, por diversos motivos, de uno de los dos bandos. Hay momentos en los que uno puede llegar a sentirse “culpable” si se descubre disfrutando con la escena del pescado o con la siguiente del ataque del todo-terreno. No sería raro desear, por un segundo, que vuelvan a estar juntos, como tampoco lo sería, en el segundo siguiente, esperar que se machaquen mutuamente, y probablemente si nos parásemos a pensar al final del metraje encontraríamos que quizá nos hemos situado del lado de Oliver como de Bárbara el mismo número de veces. Más o menos.

El “más o menos” viene de que, por daño que pueda hacer al “orgullo masculino”, Kathleen Turner acaba comiéndose crudo a Douglas en la pantalla. Su personaje tiene tanta fuerza que a veces da la impresión de que realmente la actriz se está conteniendo para no robar las escenas. La sensación de que Oliver no deja en ningún momento de ser un pelele en manos de su mujer, por mucho vitriolo que destile en sus réplicas y contrarréplicas, se hace cada vez más patente conforme la hipótesis se transforma en tesis y la curva ascendente de putaditas que se regalan en el desarrollo del film alcanza el punto de no retorno… y aún así, Oliver estaría dispuesto a perdonarlo todo y volver con ella, buscando la vía de escape más peregrina, resumida en frases como “alguien que hace un paté como éste no puede ser mala persona”, a lo que Barbara responde: “eso depende de qué esté hecho el paté”.

La película tiene incluso su puntito de moralina, que aún no he conseguido decidir si está pensada para suavizar un poco el tono del relato o si, por el contrario, lo vuelve aún más ácido. Este empellón de sensatez viene dado por Gavin D’Amato, el amigo y abogado de Oliver (papel que Danny DeVito, acertadamente, decidió reservarse para sí), que es quien narra la historia de los Rose a un posible cliente que está deseando divorciarse. Gavin, que se siente en parte culpable por el desenlace de los hechos, es capaz de poner en la picota tanto el matrimonio como el divorcio, dando a entender que es necesaria, al menos, una pizca de sentido común para que las cosas no acaben estrellándose contra el suelo. Aunque la intención que se intuye es la de intentar que el cliente se replantee su matrimonio para no tener que llegar a la ruptura, el rostro de Gavin revela que ha llegado al punto de cinismo en el que no cree en el matrimonio de ninguna de las maneras, pero que ese día está de suficiente buen humor como para cobrarle al cliente la minuta, y poco más. Ese cinismo impregna el film en todas sus partes, ya que sin dejar de ser comedia tiene momentos verdaderamente duros, que casi aporrean en los morros al espectador por la falta de respiro que se le da, igual que Barbara le atiza un buen directo a Oliver en la nariz y, justo cuando pensamos que se va a arrepentir, ella se pone firme, eleva el rostro y se mantiene digna y fría ante su dolorido esposo. No hay resquicio, a partir de ahí sabemos que la cosa sólo puede ir a peor, ¡y vaya si va!.

“La Guerra de los Rose” es una película perfecta cuando hay sobrecarga de adrenalina en el ambiente. Ya les digo que quizá lo peor del film no está en el film en sí, sino en el propio espectador (o espectadora), cuando se descubre identificándose con una de las partes y sintiéndose capaz de ser tan cabrón o más que el protagonista en cuestión… pero quizá por eso puede ayudar a soltar la bilis, relajar los ánimos y, por qué no, echarse unas risas malvadas, que nunca vienen mal.

Comentarios
  1. Jesús : 10.08.07

    Gran reseña, señor Gillis. Vi esta película hace unos 10 años (Dios…) y me gustó... Creo que ahora la entendería mejor, aunque sería para peor :)

  2. Joseph Gillis : 10.08.07

    “hija mía, no te cases nunca con un marido”, decía Forges…

  3. Ana Lorenzo : 14.08.07

    Una película genial criticada de un modo genial.
    Yo recuerdo dos cosas de ella, además de todo lo dicho en el artículo; bueno, tres: la risa que da ver a los niños obesos tras oír la tesis de Kathleen Turner de que si no se les prohíben las chuches, los niños se aburren de ellas y se crían sanos; el reproche machito de Michael Douglas a su mujer diciéndole que antes de estar con él ni siquiera se había dado cuenta (ella) de que era multiorgásmica; y el cigarrillo de emergencia que tiene enmarcado Danny De Vito y que se fuma.
    En lo de que la película ayuda a relajar los ánimos… ¿está usted casado, señor Gillis? Yo fui con mi marido y salimos los dos con una sobrecarga de adrenalina y unas ganas de bronca… Y realmente uno se va identificando cada vez con uno distinto de la pareja de los Rose, pero no sé qué tiene esta película, será que violencia conyugal llama a violencia conyugal.
    Un beso

  4. Joseph Gillis : 14.08.07

    Igual es que si ya vas relajado a verla sales broncoso, y viceversa. ¡Oiga, que esto no es una ciencia exacta!

    Menos mal que no estoy casado, jijiji…

  5. Juanc : 14.11.08

    Es una peli, hasta cierto punto entretenida, no es buena, es de humor ácido, pero le falta el verdadero drama que explique el por qué se divorcian, el que el hombre anula a la mujer, el que ella no quiere platicar, comunicarse más, el que simplemente, no quieren ceder uno al otro porque no se escuchan, ambos son burros. Es un poco decepcionante la peli, en fin. bye

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