Los giligoyas

Várgamedió… desde el año en que se les ocurrió encargarle la organización de los Goya a Isabel Coixet no había cometido la Academia de Cine un disparate semejante al que ha hecho este año, suprimiendo los cortos de la gala de premios y marginándolos a una cena en la víspera, sin cámaras ni focos, ni posibilidad apenas de promoción para sus creadores. Con un par.

La Academia de Cine española es una de esas instituciones que uno no sabe muy bien para qué están, aparte de para según qué tipo de lametones mutuos. A priori, según su web, tiene, entre otros objetivos:

• Fomentar el progreso de las artes y de las ciencias relacionadas directa o indirectamente con la cinematografía.

• Cualquier otra actividad tendente a elevar el nivel artístico, técnico o científico de sus miembros y estimular el nivel artístico de los ciudadanos dando a las artes cinematográficas el nivel artístico que merecen y la constructiva colaboración entre la Administración Pública y las personas relacionadas con las artes cinematográficas.

Pues ni una cosa ni la otra. Explíquenme cómo se puede “fomentar el progreso” o “elevar el nivel” de nada ocultando precisamente a las bases de ese cine como si fueran apestados. A día de hoy, prácticamente no hay forma de introducirse en este mundillo si no es a través de los cortos. La mayoría de los realizadores jóvenes que están despuntando en nuestras pantallas empezaron rodando pequeñas piezas, muchas veces con escaso presupuesto y más escasos medios, algo que el todavía denostado video digital ha conseguido solucionar parcialmente. Esos realizadores han gastado dinero que apenas tienen y han dedicado horas y horas a sus creaciones sin saber a priori si van a tener salida comercial, saltando (si pueden) de festival en festival y, los más afortunados, soñando con un premio Goya que los ponga en el mapa. Pues ahora, el susodicho mapa se va a limitar a un plano de barrio porque a algún —o algunos— imbéciles que no tienen ni idea de lo que significa “promoción” se les ha ocurrido que meter los premios a los cortos sobrecarga la ceremonia. Oh, sí, como lo leen.

Señores académicos, les ruego presten atención a las palabras, en modo alguno humildes, de un aficionado al cine y “especie de” crítico. Se lo voy a decir con toda la franqueza de la que soy capaz: esas ceremonias que ustedes montan cada año son una mierda, con cortos o sin ellos. Si pretenden dar espectáculo, fallan estrepitosamente: son largas, aburridas, insulsas, con diálogos para los presentadores que dan auténtica vergüenza ajena (y yo sé que al pianista esto no le va a gustar, pero aquí los guionistas tienen mucha culpa, que dichos diálogos supongo que no se escriben solos), con los mismos presentadores empeñados en no ensayar ni una sola línea y fingir luego una espontaneidad de la que carecen, con absurdos montajes sin un mínimo de interés, con unos directores que van a “inquietarse” ellos mismos en lugar de elaborar un espectáculo medianamente dinámico (¿a quién coño se le ocurrió poner aquella rampa kilométrica el año que le dieron el Goya honorífico a Tony Leblanc?) y donde se ha llegado al punto surrealista en el que la parte más atractiva de la gala son… ¡los obituarios! Son, encima, unas galas totalmente inconsecuentes, ya que en ellas se dedican por un lado a cantar las bondades del cine español (que me parece muy bien, por cierto, de eso se trata), pero pidiendo más subvenciones en lugar de más talento, criticando al cine americano en lugar de ser consciente de que las películas nacionales más taquilleras suelen copiar precisamente su modelo y, lo más chirriante, pretendiendo hacer una ceremonia al estilo de Hollywood pero con menos medios, con menos voluntad y, desde luego, con mucha menos gracia.

Señores académicos: una gala no puede comenzar a las diez de la noche de un domingo y alargarse hasta casi las dos de la mañana de un lunes. Eso no hay cuerpo que lo resista, por mucho amor que se le tenga al cine patrio. Segundo: obliguen a los actores-presentadores a que se aprendan el guión, a que vengan a ensayarlo y a que intenten poner un mínimo de ganas a la hora de recitar los nominados, que el aburrimiento se puede cortar con una cuchara de blando que está. Hasta los yanquis hacen un alto en sus apretadísimas agendas para ir a los ensayos de los Oscar, leñe. Tercero: denle la producción televisiva a un realizador con experiencia probada en el medio, que no tenga tantas ganas de “experimentar” con algo en lo que te estás jugando la imagen de tantas personas a la vez. Cuarto: en lugar de quitar premios para aligerar las ceremonias, plantéense eliminar cosas, como la categoría chorra de mejor película europea, ya que casi nunca va su realizador a recoger el galardón, sino el representante de la distribuidora española (lamentable); o como los numeritos musicales que son igual de aburridos aquí y en los USA; o incluso hablen con TVE/Antena 3/Cuatro o quien le toque para que las pausas publicitarias sean la mitad de la mitad de largas (y que, por favor, no vuelvan a hacer la boutade de emitirla en semi-diferido). Y quinto, pero no menos importante: restituyan los cortometrajes al lugar que les corresponde, esto es, entre los grandes. No olviden que estos chicos y chicas que hacen cortos con tantísimo esfuerzo serán los que recogerán Goyas y Oscars en un futuro no tan lejano (que en la Academia estadounidense se hayan dado cuenta de esto antes que ustedes, que los conocen mucho más de cerca, no tiene perdón), pero también serán los que puedan seguir impulsando la industria cinematográfica española con nuevas ideas, nuevas formas de hacer cine, un nuevo concepto de éste dentro de nuestras fronteras y películas que verdaderamente atraigan a los espectadores sin cuestionarlas por su procedencia. En definitiva, que estos jovenzuelos serán los que acaben salvando sus caducos y académicos traseros. Piénsenlo. “Promoción” y “Estímulo”. Está en sus estatutos.

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