Las Películas de James Bond (V): La música

Si usted es fan de 007, e incluso si no lo es pero ha visto alguna de sus películas o escenas, es casi seguro que en alguna ocasión ha tarareado el archiconocido tema compuesto de Monty Norman (o por John Barry, que hay opiniones para todos los gustos). Creo que si exceptuamos la Marcha Imperial de John Williams, pocas piezas musicales son capaces de identificarse tan plenamente con un personaje. Y si James Bond es así de mítico, la música tiene buena parte de culpa en ello.

“Bond, James Bond”, oíamos a Sean Connery pronunciar en 007 Contra el Dr. No (1962) al tiempo que esos acordes graves llenaban la pantalla en su primera y espectacular aparición. A partir de ahí, tanto el tema instrumental como las diferentes canciones que acompañaron los filmes del agente británico fueron complementándose en perfecta simbiosis hasta originar, casi por sí mismos, un género propio, más allá de la canción ligera o el puro pop. La música de James Bond es, además, un mapa con cruces marcadas de la evolución melódica a lo largo de casi cinco décadas, con intérpretes que van desde Matt Monro hasta Madonna, pasando por el mismísimo Louis Armstrong, sin olvidarnos de la incombustible Shirley Bassey, que repitió en nada menos que tres ocasiones. Pero vayamos por orden.

Técnicamente, la primera canción que suena en una película de James Bond, entendida como tal la de los títulos de crédito, es un desconocido calipso, Three Blind Mice que suena casi a punto de comenzar la acción y del que ni siquiera se recuerda su intérprete. Con la aparición del bikini blanco en el que se encontraba Ursula Andress, sonaba otro calipso, Underneath the Mango Tree, cantada en off por Diana Coupland, por entonces la esposa de Norman. Ambas pasan con más pena que gloria, ya que el tema principal del agente secreto invadía casi cada escena de la película. En Desde Rusia con Amor (1963) aparece Matt Monro como primer gran artista invitado, y en esta ocasión la canción homónima suena durante los créditos iniciales… pero solamente de forma instrumental. No tendremos ocasión de disfrutar de la grandísima voz de este Nino Bravo guiri hasta el paseo final en góndola de 007, pero merece la pena esperar, entre otras cosas porque posiblemente es la mejor película de la serie y la canción le pone un broche de oro.

En 1964 Goldfinger prepara un maquiavélico plan para asaltar Fort Knox, y del peligro que este individuo representa nos advierte ya desde el principio la atronadora voz de Shirley Bassey, con un tema de igual título y poderosísimo alcance. Tanto, que es seguramente aquél por el que se recordará a la galesa para los restos, aunque no parece que le importe demasiado a estas alturas. Tanto en este film como en el anterior asistimos a la presentación de John Barry como compositor cuasi-oficial de la serie, arreglista del tema de Norman e introductor de 007, un segundo acompañamiento musical que seguirá a Bond en las escenas de más acción. De la grandeza de Barry dan fe los doce títulos para los que compuso la banda sonora, introduciendo en cada uno variaciones y novedades que les daban identidad propia. Entre mis favoritas, un arreglo del tema principal tocado muy despacito en escenas que requerían suspense y que se oye por primera vez en Desde Rusia con Amor.

De galesa a galés, de vozarrona a vozarrón, en Operación Trueno (1965) es Tom Jones quien canta las virtudes de 007 en los créditos iniciales, acompañados por primera vez en forma plena del talento creativo de Maurice Binder y sus siluetas desnudas. Cuentan las leyendas que la nota final de la canción Thunderball se alargó tanto (pues acababa mucho antes que el último crédito) que Jones se desmayó al acabar, suponemos que por falta de aire. Nunca se ha sabido si la historia fue cierta o no, pero sí es verdad que ha sido incluso parodiada en algún que otro spoof de las películas de espías (gracias, Weird Al)

1966, con Sólo se vive dos veces encontramos una de las bandas sonoras más elegantes de Barry, incluyendo el tema principal. Usando sobre todo cuerdas y con una tonalidad alta en el fondo, es Nancy Sinatra quien canta la canción del mismo título. La ambientación japonesa se transmite también a traves de la música y el resultado es un conjunto envolvente, mágico, que nos traslada desde el primer acorde hasta Extremo Oriente y que es imposible de desligar de esos evocadores escenarios. Aún así, queda sitio para la espectacularidad amenazante en las escenas de la nave espacial “devora-cápsulas”, una de las secuencias iniciales más sobrecogedoras de toda la serie.

1968 vio a un nuevo Bond en 007 al Servicio Secreto de Su Majestad, y el halo de misterio que envolvía al nuevo protagonista en los anuncios previos se hizo notar también en los títulos iniciales, donde esta vez es Barry y solamente Barry quien se adueña instrumentalmente de la sintonía, introduciendo sintetizadores de forma un tanto salvaje. La canción protagonista, esta vez alejada del título, la cantaba el gran Satchmo Armstrong y se tituló We have all the time in the world, que subrayaba el amor de 007 por su futura mujer, Teresa. Aun siendo una hermosa melodía, sí que se alejaba un tanto del formato estándar de lo que debía ser una “canción Bond” y quizá por eso no tuvo tanto éxito como sus precedentes.

En 1971 se producen dos regresos: el de Connery como James Bond y el de Shirley Bassey como cantante oficial. Diamantes para la Eternidad, o Diamonds are Forever, es la primera y última frase del tema principal y, posiblemente, de lo mejorcito de la película, que por demás no es para recordar. Aun así, resultaba un poco forzada, y es que no siempre una frase tópica puede incluirse en una canción, aunque ésta haya de ser igualmente tópica. Pasó sin pena ni gloria, salvo para contribuir al encasillamiento de la Bassey.

Y por fin llegamos a 1973 con un novísimo Bond, Roger Moore y un cambio sustancial en la música de sus películas. Alejado temporalmente John Barry, los productores se dirigieron a Paul McCartney (que traía consigo a su nueva banda, Wings) y a continuación a George Martin para la banda sonora. La canción Live and Let Die, título del primer film de Moore como 007, rompió todos los esquemas y sentó cátedra a la hora de componer una música para los créditos que, además, puede oirse como leit motiv en diferentes escenas. Esta película se caracterizó por hace uso de los tópicos de un género que entonces hacía furor, el blaxploitation de filmes como Shaft, y en cierta medida responde la música igualmente a ello… aunque esté interpretada, curiosamente, por un chico blanco. Siguiendo con el rock y sus variantes, al menos con una música mucho más marchosa, en 1974 Lulu se apunta otro tanto con El Hombre de la Pistola de Oro. Aunque está considerada por los críticos (y por el propio compositor, nuevamente Barry) como una de las peores de la serie, yo confieso que tengo debilidad por toda ella, tanto por la película como por la canción, que creo que le aporta muchísimo al personaje de Francisco Scaramanga y que, además, acompaña unos títulos que se encuentran entre los más deliberadamente eróticos de todos los films de Bond.

La mejor película de Roger Moore es, seguramente, La Espía Que Me Amó (1977) y su canción “Nobody Does It Better”, que marca la vuelta desde el rock a las baladas, está maravillosamente cantada por Carly Simon, convirtiéndola en una de las más emblemáticas. Su voz nos acaricia a lo largo de los títulos para meternos desde el principio en situación: Bond va a encontrarse con un espía que le iguala y que, además, es una bellísima mujer. Compuesta por Marvin Hamlisch, quien también se hizo cargo de la banda sonora en un momento en que su nombre ya estaba entre los grandes de la Historia de la Música de Cine, The Spy Who Loved Me es música que describe la película incluso sin verla. Un nuevo tema para el agente, Bond ’77 y el uso ocasional de clásicos sinfónicos en la guarida del villano Stromberg redondean el conjunto.

Terminamos los 70 con Moonraker (1979), bonita pero sosa melodía nuevamente en la voz de Bassey y, desgraciadamente, otra letra que se escapaba al entendimiento, donde se encaja el título de la película como buenamente se puede. Era el preludio de una década baladera que continuaría con Sólo Para Sus Ojos (1981), cantada por la chica con más morbo del momento, Sheena Easton; luego con All Time High, intepretada por Rita Coolidge para Octopussy (1983) y con letra del musicalero Tim Rice, para finalizar con el pop más malorro y agresivo de Duran Duran y su Into The Fire en Panorama Para Matar (1985) o de los noruegos de A-Ha (con aparición estelar de The Pretenders) en The Living Daylights (1987). Todas estas bandas sonoras contaron de nuevo con John Barry como compositor, excepto Sólo Para Sus Ojos, que fue un trabajo de Bill Conti, bastante alejado del sinfonismo fanfarriero de Rocky o de las series de televisión a las que luego Conti fue adicto. The Living Daylights, por su parte, fue el último trabajo de John Barry para James Bond y sería reemplazado por el malogrado Michael Kamen en la película que casi se acaba cargando la serie ella solita, Licence To Kill (1989), un despropósito de arriba abajo en el que, para colmo, encargaron el tema principal incomprensiblemente a Gladys Knight, que encima se empeñaba en cantar á la Shirley Bassey. No fue culpa de Kamen y seguramente tampoco de Knight, en mi opinión, sino que tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado, pues Licencia Para Matar estuvo maldita desde el principio.

Deberían de pasar nada menos que seis años hasta que Pierce Brosnan se puso el traje de 007, y el cambio de cara arrastró consigo un cambio de hábitos (Bond deja de fumar, cambia los trajes ingleses por los italianos, pasa de tener un jefe a una jefa…) y ese cambio se traslada también a las bandas sonoras. Casi retirado John Barry, sería David Arnold quien tomara las riendas de la música con licencia para matar (con un primer ensayo llamado Eric Serra, que pasó sin fu ni fa, ni siquiera fe) y la electrónica empieza a mandar en la música incidental, pero sin descuidar lo sinfónico. No sólo eso, también cambia el estilo de las canciones, que ahora son interpretadas por solistas y grupos de rock, otorgándole una calidad bien distinta. No son los temas principales propiamente de esa cuerda rockera, pero sí se les imprime una fuerza de la que carecían en la década precedente. Observen: Tina Turner en Goldeneye (1995, ¡compuesta por Bono & The Edge, señora!), Sheryl Crow en Tomorrow Never Dies (1997), Garbage en The World is Not Enough (1999) y nada menos que Madonna en Die Another Day (2002), quizá la más desafortunada por el abuso del sintetizador, pero indudablemente la más mediática, con cameo incluido. Salvo esta última, el resto sí resultan canciones muy ajustadas al canon bondiano, si es que éste existe. Igualmente, la música de Arnold se adapta muy bien a las cuatro películas de Brosnan, que son mucho más activas (a veces, hiperactivas) que las de los Bond anteriores, con escenas de acción más dinámicas y largas.

Este modo de componer se lo lleva Arnold hasta el nuevo Bond, y seguramente contagia a la canción principal de Casino Royale (2006), escrita e interpretada por Chris Cornell. El título vuelve a alejarse del de la película, lo que no ocurría desde Panorama Para Matar, y You Know My Name se convierte rápidamente en un hit, como en los mejores tiempos del agente británico. Curiosamente, en este film lo que menos va a oírse es el tema de Monty Norman, aparentemente como forma de subrayar que a 007 todavía le falta un hervor para ser quien acabará siendo. Si lo consiguió o no es algo que veremos con el tiempo, mientras que mencionamos como detalle final la banda sonora de la recientemente estrenada Quantum Of Solace, también de David Arnold y de la que quizá hablemos tras una próxima revisión del film en la que podamos fijarnos en ella.

Tras este largo pero somero análisis me queda una duda: ¿existe realmente una “música Bond”? Quizá sí y quizá forme parte del posible canon que mencionábamos arriba. Al menos esos cuatro acordes y el punteo de la guitarra eléctrica que nos indican que 007 aparece en escena, ese inolvidable tema de Norman o cualquiera de los temas secundarios diseñados por Barry, forman parte de un James Bond clásico del que no podemos despegarnos, ni siquiera con la reinvención del personaje que ahora encarna Daniel Craig. De un modo u otro sabemos que estamos en un film de James Bond porque en él encontramos multitud de elementos que nos lo dicen a lo largo del metraje, e indudablemente uno de esos elementos es la música que lo arropa. Tan inseparables son, que raro será el espectador que no salga del cine o de un visionado de las películas de James Bond silbando o tarareando unas notas que ya son tan indestructibles como nuestro agente secreto favorito.

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