One Hour With You

One Hour With You“, USA 1932, Paramount Pictures
Directores: Ernst Lubitsch y George Cukor
Productor: Ernst Lubitsch
Guión: Samson Raphaelson, basado en la obra “Only A Dream” de Lothar Schmidt
Música Original: W. Franke Harling
Fotografía: Victor Milner
Montaje: William Shea
Vestuario: Travis Banton
Diseño de Producción: Hans Dreier, A.E. Freudeman

Intérpretes Principales: Maurice Chevalier (Dr. André Bertier), Jeanette MacDonald (Colette Bertier), Genevieve Tobin (Mitzi Olivier), Roland Young (Profesor Olivier), Charles Ruggles (Adolph)

Enlace IMDb

Hoy sólo quería contarles lo feliz que estoy de haber “descubierto”, casi de casualidad, esta deliciosa película de Lubitsch, al alimón con Cukor, y para mayor gloria de sus protagonistas, Chevalier y MacDonald, en la que se cuenta una historietita entre cursi y descarada sobre los efectos de la infidelidad y los equívocos en el matrimonio.

Este mini-musical (apenas hora y cuarto) basado en la pieza homónima de Lothar Schmidt, nos presenta al doctor André Bertier y a su encantadora esposa Colette, un matrimonio de esos pastelosos y apasionados que desaparecieron de la pantalla con la entrada del código Hays. Los Bertier son absolutamente fieles el uno al otro, pero cuando Colette invita a casa a su amiga Mitzi (Genevieve Tobin), ésta no dejará de tirarle los tejos al doctor, que como buen francés de su tiempo, no puede sino sentirse atraído por los avances de Mitzi; a pesar de ello, resiste y mantiene su posición de entregado marido. Curiosamente, Mitzi está también casada, pero su matrimonio hace aguas y su esposo el profesor Olivier (Roland Young) no hace más que buscar una excusa para divorciarse de ella. Cuando el profesor ve por la ventana que, por un azar, André y Mitzi han de compartir un taxi, encuentra el cielo abierto… y el camino trillado para tender su trampa. Mientras tanto, Colette ha de resistirse a los torpes intentos de seducción de su amigo Adolph (Charles Ruggles), un pobre diablo que no tendría nada que hacer, hasta que un juego de malentendidos en una cena ofrecida por los Bertier puede hacerle llegar su oportunidad.

¿Complicado? En absoluto; al contrario, de una simpleza apabullante sacan estos genios de la puesta en escena una comedia delirante, salpicada de números cantados donde el grandísimo francés se gusta por fuerza y que juega con la complicidad con el espectador, rompiendo en no pocas ocasiones la “cuarta pared” para que los protagonistas se justifiquen pícaramente ante su audiencia. Además está repleta de diálogos con doble sentido (a veces, uno sólo, concretamente ése que están pensando), sale la MacDonald en picardías y es cursi como un repollo con lazos, pero también te ríes hasta hartarte. ¿Qué más quieren? ¡Búsquenla! ¡Véanla!

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