Whatever Works (Si la cosa funciona)

Me repito, sí, pero ya saben que yo a Woody Allen le suelo dar más margen que al resto. Y aún así, en sus últimas comedias, las que pueden tratarse puramente como tales, le faltaba “algo”, esa chispa de viveza que las hace diferentes aunque, en el fondo, siempre esté contando la misma historia.

Pues “Whatever Works” creo que lo consigue, y esto es así gracias, entre otras cosas pero sobre todo, a su protagonista Larry David. Larry es Woody y Woody es Larry; éste hace en pantalla el personaje que el de Brooklyn hizo con más o menos dignidad hasta “Poderosa Afrodita” y que luego se veía demasiado viejo ante las hembrazas que le acompañaban (con una excepción: la injustamente vilipendiada “La Maldición del Escorpión de Jade”, donde la pareja con Helen Hunt sí quedaba bastante aparente). Tampoco es que no sea verdad, no hay más que recordar con quién lleva ya casi veinte años casado y feliz, a pesar de que nadie daba un duro por ellos, pero la pantalla de cine es cruel y no entiende de realidades cuando hablamos de ficciones.

Justamente Allen tira a matar con ese tema, y el personaje de Boris (Larry David) es, precisamente, alguien que se topa con una chiquilla a la que casi triplica la edad y que, sin embargo, se queda encoñada con él a pesar de su declarada misantropía, su pesimismo existencialista y sus múltiples hipocondrias (¿les suena?). La dulce Melody (Evan Rachel Wood) está perdida en la gran ciudad, no tiene demasiadas luces y busca a alguien que la quiera, la guíe y a quien pueda admirar, por lo que Boris, un hombre de vasta cultura que afirma haber sido físico teórico, es su objetivo irrenunciable. El desconcierto inicial y rechazo posterior de éste se ven rápidamente neutralizados por la ingenuidad de la chica, y así Boris se encuentra de un día para otro en una relación de amistad que nunca queda claro si tiene un componente sexual; en cualquier caso, de tenerlo, no era lo importante. “Si la cosa funciona, vale”, es su lema, que hace extensivo a las razones del amor.

Naturalmente la película no se queda aquí. Allen quiere que haya conflicto y enredo, pero sin dejar que la película caiga en la comedia burda, de modo que introduce paulatinamente a los padres de Melody (Patricia Clarkson y Ed Begley Jr.) en escena, a los amigos de Boris y algún que otro elemento extraño, a modo de rompecabezas de esos que te cuadran al final, si bien de un modo muy peculiar. Un esquema parecido al que usó en su momento para resolver “Poderosa Afrodita”; de ésta, de hecho, extrae bastantes elementos para colocarlos, con muchas menos aristas, dentro de esta película. Pues, mientras que aquella era pura comedia buscando la carcajada, aquí se abandona mucho más a la reflexión entre sus temas recurrentes, pero sin caer en el dramatismo. Por eso los personajes secundarios (padres, amigos, extraños) están colocados intencionadamente con el propósito de que sean chocantes, de que rompan la rutina en la que Boris se refugia y en la que ha instalado a Melody, pero por expreso deseo de ella. Por eso el esperado profesor Higgins que se vislumbra en las primeras escenas no es tal, y en cambio aparece por otra parte, con otro personaje y, en definitiva, con otra destinataria. Y por eso toda la secuencia de eventos que sigue a la aparición del padre de Melody huyen expresamente de lo sombrío y se encaminan hacia el final con mano maestra, apoyados —como de costumbre— en unos diálogos tan sueltos e irreales que nos gustaría que fueran los nuestros. En concreto —y disculpen el SPOILER para quienes no la hayan visto—, la conversación de Ed Begley Jr. con el hombre del bar (Christopher Evan Welch) sobre la homosexualidad y el matrimonio gay es para enmarcarla dos veces.

Pero volvamos a Larry David, que en esta película hace de Larry David, es decir, de un personaje muy parecido al que interpreta en “Curb Your Enthusiasm”. Y claro, se le da estupendamente porque lo lleva puesto encima. Más contenido que el de la serie de TV es, a pesar de ello, más asocial y desagradable, aunque paradójicamente menos amoral y egoísta. No es, sin embargo, un personaje fácil, precisamente por lo que tiene que costar dejarse a un lado la teatralidad del Larry David televisivo. Aquí David ha de ser, además, cómplice con el espectador, y ese recurso humorístico que Allen ha empleado en numerosas ocasiones de romper la cuarta pared para hacer un comentario al público, aparece en “Whatever Works” integrado dentro de la historia; y, como con todos los tópicos que la película incluye, lo hace para burlarse de él. David no es el narrador monologuístico de “Annie Hall”, ni ha de saltar a un plano paralelo en forma de teatro griego para hablar con los espectadores: aquí se para, habla con la platea y se la enseña a los demás presentes. Y se juega con eso, incluso con la posibilidad de que el espectador ya se haya hartado de lo que le estaban contando. De acuerdo que no es algo novedoso, pero no quiere decir que sea fácil: hay que mantener al público metido en la trama, no fuera de ella. Quizá también por eso Larry David es el ideal para este papel. Otros intentos de ser “Allen en lugar de Allen”, con más o menos fortuna a lo largo de la filmografía del director, habrían resultado absurdos con otro actor que no fuese Mr. David.

Concluimos alabando, una vez más, su corta duración: noventa minutejos de nada que abarcan mucho, muy bien y con mucha finura. Aprecien una vez más, también, la producción de Rollins y Joffe y la vuelta de Allen a su Nueva York de siempre, zapatillas viejas que le resultan tan cómodas y en las que no necesita volverse solemne para encontrar el fondo o el lenguaje apropiados. Bastan con apenas tres escenarios y dos exteriores clásicos en él y ya sabemos dónde nos encontramos. Y por eso, cuando salen cosas como “Whatever Works”, Woody Allen-Larry David (o viceversa) hace que parezca muy fácil conseguirlas.

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