1. De los premios
Entre otras películas nominadas fui a ver tanto El Discurso del Rey como La Red Social. Y me quedé sin ver Cisne Negro y True Grit. Las dos primeras me gustaron y me emocionaron, aunque cada una con técnicas distintas y por motivos distintos; eso lo dejamos para reseñas posteriores.
De las dos, una salió vencedora, pero menos (cuatro premios de doce es un botín muy magro) y la otra se quedó con un premio menos, aunque lo que se llevó tambien fue de categoría. Este año, como la lotería de navidad, ha estado todo “muy repartido” y la tercera victoriosa de la noche, la segunda en número de galardones, ha sido la aventura onírica de “Inception”. Quizás en este caso sí podría considerarse que el ambicioso film de Nolan ha fracasado, pues aspiraba a mucho más y se ha quedado en los premios técnicos.
Siguiendo la ceremonia por Twitter me sorprende la sorpresa rayana en la amargura de muchos de mis “contertulios” —permítanme el término— al observar que el film de Tom Hooper se hacía con los premios principales, y cómo esa amargura se vuelve indignación cuando el propio director se hace con la estatuilla por encima de David Fincher. Dado que son gente a la que le gusta el cine y que suelen estar bastante bien informados de cómo se mueve el mundillo, la sorpresa me la llevo yo por una falta de sentido común que me abruma. Y ojo, no porque la ganadora sea necesariamente la mejor, que no siempre lo es, sino porque este tinglado, sencillamente, no funciona así, y ellos lo saben o deberían de saberlo.
El Oscar no premia —en general— a una película por ser arriesgada, por tener un montaje rompedor, por tocar temas de actualidad o porque objetivamente sea, en efecto, la mejor del año. El Oscar premia habitualmente a una película que gusta. Esta aparente perogrullada no lo es tanto si consideramos que dentro de ese me gusta vienen incluidos una serie de factores que nada tienen que ver con la calidad de la obra: que sea emotiva, que tenga un protagonista discapacitado, que el director sea amigo tuyo, que sea una película “de época”, que sea la única que hayas visto, que su productor se ponga especialmente pesado con que le votes (esto también funciona en sentido contrario)… Son factores que, a la larga, tienen mucho más peso que las bondades o maldades de la cinta en cuestión. Y, dado que la Academia no es un jurado, sino varios miles de personas, lo lógico es pensar que los premios sean la consecuencia de una corriente de arrastre. Hay excepciones, desde luego, pero muy pocas.
Por eso, una manera más o menos sencilla de predecir quiénes ganarán el Oscar en las distintas categorías “mayores” y “menores” es observar el recorrido de las películas candidatas en los dos o tres meses previos a la entrega del premio de la Academia. Y es que durante ese tiempo se conceden en Hollywood premios gremiales a actores, directores, montadores, fotógrafos… los distintos sindicatos que agrupan a las profesiones del mundo del cine entregan sus galardones con apenas unas semanas de diferencia respecto de los Oscar, pero siempre antes que ellos. Esto supone dos cosas: una, que los que votan en un gremio, en su mayoría, son los mismos que votan para la estatuilla dorada. Y la otra, que para cuando los premios de su sindicato se conceden, ellos ya han emitido su voto para los Oscar y es muy raro que cambien el sentido de dicho voto. Por ejemplo: en los últimos años, con muy pocas diferencias, el premio de la Directors Guild of America coincide en el premiado con el Oscar al mejor Director, que se entrega un par de semanas después. Pueden ustedes argumentar, con razón, que el colectivo de directores es sólo una parte de los votantes de la Academia. De acuerdo; entonces les ruego que se miren los premios que concede un sindicato mayor, el de actores, entre los cuáles hay un premio “al mejor reparto completo” que, casualidades de la vida, suele ser el de un film que acaba llevándose el Oscar a la Mejor Película. ¿Ven adónde quiero llegar?
Dicho esto, no sé a qué vienen las pretendidas sorpresas sobre el resultado de los premios de la Academia. Otra cosa, que sería para discutir, es si para la Academia es contraproducente que todos esos premios se concedan antes que los Oscar, rompiendo toda la emoción y misterio que podrían tener y que perdieron hace décadas.
2. De la ceremonia
La ceremonia de los Oscars es aburrida desde que yo la recuerdo; es decir, desde 1988, que es cuando la empecé a ver por televisión. Es lógico, es un trasto de alrededor de cuatro horas, plagado de cortes publicitarios, con un montón de señoras y señores que salen para decirse cosas bonitas entre ellos, más que nada porque hay una cámara delante. Luego se hace balance y, al final, el film con más candidaturas es el que se lleva más premios (con muy pocas excepciones), los números musicales son el coñazo de siempre y, desde hace décadas, echamos en falta a Billy Crystal como maestro de ceremonias. Vale. Asumámoslo, pues, desde el principio, y concedamos a la gala distintos grados de aburrimiento, siendo el menor de ellos el que calificaríamos como “no estuvo mal”. Eso sí, ceremonias televisadas de la época en la que Joan Crawford y Bette Davis se mordían la yugular mutuamente… esas sí que habría sido divertidísimo verlas. Pero eran otros tiempos.
La de este año anduvo por un nivel medio de “aburridismo”, pero tampoco fue esa exageración que voy leyendo de que es la peor de los tiempos. Quienes afirman eso han olvidado muy rápido la del año pasado, que redefinía varias veces el significado de “peñazo” con esos premios a actores presentados por antiguos ganadores, cada uno comiéndole la boca a uno de los nominados, y con unos decepcionanes Steve Martin y Alec Baldwin, que ni sabían recitar sus chistes, entre otras cuestiones menores. Este año hemos tenido una ventaja casi inédita: ha durado apenas tres horas y cuarto, con lo que la promesa de su productor, Bruce Cohen, se ha cumplido plenamente. A costa, eso sí, de eliminar clips recopilatorios (se han dejado atrás las ceremonias temáticas), de entregar los Oscars honoríficos en una cena separada de los competitivos (y sacar en procesión a los homenajeados para que no digan ni palabra) y de entregar los premios de dos en dos, juntando categorías mayores con menores. La parte buena es que nos hemos ahorrado la usual vomitina de las nominaciones a mejor canción, ya que sólo se han interpretado extractos de éstas y, al final, ha ganado la menos pastel de todas. Y, por otro lado, también es verdad que las ceremonias son menos aburridas si los premios dan sorpresas; como no ha sido así, nos han faltado saltos sobre el asiento. Y, a pesar de que más de un galardonado se ha pasado un par de pueblos con el discursito de agradecimiento (esa consciencia de que posiblemente no te lo vuelvan a dar jamás, inevitable en un actor), que esta maratón de oropeles acabe a las seis menos cuarto de la mañana en vez de rondando las siete es para agradecerlo mucho.
3. Lo mejor
— Lo mejor, visto lo visto, algunos premios como el de Randy Newman (no estaba en mi quiniela pero era mi gran deseo), los dos que se lleva la Alicia de Burton y los de Colin Firth y The King’s Speech, que me hicieron temblar varias veces en la butaca.
— También hubo ciertos momentos para la locura, personificada en un Kirk Douglas alegre como unas castañuelas tras la victoria de su hijo frente al cáncer y que se lo pasó como los indios sobre el escenario del Kodak Theatre. O la salida de Billy Crystal, elocuente y mordaz, poniendo en pie al público de la sala.
— Una radiante Natalie Portman, quien sabiéndose ganadora (ay, si no se lo lleva) se preocupó de glamourizarse hasta el extremo para recoger su premio. Ah, y el premio a Aaron Sorkin, que recibe en forma de tío Oscar el reconocimiento a un talento incomparable a la hora de inventar y elaborar historias.
— Mención aparte, noblesse oblige, merece el seguimiento de la gala por Twitter, que siempre la hace más divertida y te permite desbarrar sabiendo que va a venir alguien a rematar el córner. El día que nos contraten para retransmitirlos, va a ser un auténtico nosiyaverástúcómo.
4. Y lo peor
— James Franco, sin duda alguna, que no sólo demostró que no tenía ni puta gana de estar allí presentando sino que casi se carga el buen hacer de Anne Hathaway, quien se dejó la piel sobre el escenario intentando que la cosa no se hiciera más plomiza. La Hathaway es una de esas chicas tan guapas que dan susto, con esos ojos tan enormes, pero además —y ya lo demostró en un momento estelar junto a Hugh Jackman hace un par de años— está repleta de vida y la va derrochando en cuanto le dan oportunidad de hacerlo. Yo voto porque la vuelvan a llamar como presentadora, pero esta vez con un copresentador que le dé caña. ¿Hemos hablado ya de Billy Crystal?
— Que True Grit se fuera de vacío, pero más que nada porque a mucha gente que conozco y que tiene buen criterio les ha parecido un peliculón. Lo que pasa es que no entraba en casi ninguna quiniela, quizá porque el doble Oscar a los Coen estaba demasiado cerca en el tiempo. Eso es así, aunque no siempre sea así.
— También dentro de lo peor está la salvajada que hicieron con Eli Wallach, Coppola y Kevin Brownlow al sacarles a pasear al escenario sin permitirles siquiera dar las gracias por sus premios honoríficos, recibidos tres meses antes. Eso, señor Cohen, ESO NO SE HACE.
— Y en lo peor de lo peor de lo rematadamente peor, ese coro de críos cantando el “Over the Rainbow” desafinado al terminar la gala, algo tan repelusero que se me olvidó inmediatamente tras apagar la tele y que sólo he recordado hoy por un artículo de Boyero, que ya le vale al mamón tener que incidir en eso.
5. Compresión, explosión, expansión y escape
Algo tienen los Oscar, que son como ese pariente pesado al que queremos echar de casa pero que, en el fondo, nos cae tan bien que todos los años le invitamos a comer jamón y gambas. Y somos una ristra de incondicionales de ese cuñao plomazo, porque nos quedamos embobados desde que aparece la alfombra roja por la tele hasta que dan el premio a la mejor película. Alegrías, decepciones, orgullo porque la Academia “piensa” lo mismo que tú, cabreo porque la Academia no tiene ganas de arriesgarse. En ningún otro momento de la vida estamos dispuestos a aceptar con tanta pasión que exista una conciencia colectiva, e incluso le ponemos nombre. Y, al final del todo, sólo queda preguntarse qué películas se estarán estrenando este año y la camiseta de qué equipo me pongo para soliviantar al contrario en el próximo febrero. Larga, corta, aburrida o divertida, siempre hay algo que rascar en un evento eternamente mejorable, pero que engloba, al fin y al cabo, el estado de ánimo de una industria en la que todos saben qué es lo que quieren, pero sólo unos pocos realmente lo consiguen. Frivolidad por frivolidad y tópico por tópico, todo se reduce necesariamente a la misma frase:
Arrugado y tirado a la papelera por Joseph Gillis
a las 21:13 horas del 1 de marzo de 2011




