Oscars 2012: Mientras haya salú...

La octogésimoquinta ceremonia de los Premios de la Academia, los Oscars, ha resultado casi como la lotería de navidad española: los veintitrés galardones han acabado muy repartidos entre todas las películas favoritas, se han dado unas cuantas sorpresas y, consecuentemente, también algunas decepciones. Al final ha quedado la sensación de que, mal que bien, se ha hecho justicia con un director de entrada “despreciado” y ninguna de las películas candidatas ha podido destacar sobre las otras de manera clara, lo que no necesariamente indique que todas hayan sido buenas.

La gala sí ha tenido una cara inédita, y es la de la libertad. En concreto, la que los productores han dado al presentador, Seth McFarlane, para conducir la ceremonia sin cortapisas en lo que pudiera recitar. Y McFarlane, creador de dos series de culto como Padre de Familia y Padre Made In USA, conocidas sobre todo por su irreverencia desatada, no ha decepcionado a sus seguidores y en una tarea titánica como maestro de llaves se ha afanado en no dejar títere con cabeza, bordeando e incluso atravesando bastantes de los tácitos límites del humor que en el cine y la televisión estadounidenses resultan barreras casi obligatorias. Nada ha escapado a la acidez del creador, quien ya de entrada comenzó con un número musical sobre las actrices presentes que han enseñado las tetas en el cine (con especial saña para Kate Winslet) e incluso se ha atrevido a hacer chistes con temas tabú como el poder casi omnímodo de los judíos en Hollywood o, pásmense, la muerte de Lincoln, rematando éste con un “han pasado 150 años y sigue siendo demasiado pronto para hacerlos”. Más de un espectador del Dolby Theatre se ha revuelto en su asiento de incomodidad y no pocos murmullos de desaprobación se han oído, pero al final las risas han podido con el embarazo y los premios se han entregado sin problemas.

En una gala dedicada este año a la música en el cine y, por ello, necesariamente larga, el esfuerzo de producción para que no se hiciese pesada se ha notado en todos los aspectos, incluso en el protocolario discurso del presidente de la Academia, que este año se ha dirigido a los nuevos talentos de la industria, con algunos de sus representantes especialmente agasajados para la ocasión. Aunque la duración ha sido similar a otras (poco más de tres horas y media), para Gillis no ha resultado tan pesada como las de los años recientes, donde había serias taras y cortes de ritmo. Esta vez los premios se han entregado en bloques bien distribuidos, normalmente de dos en dos o incluso tres, de manera que no hubiese que cambiar mucho de presentadores, y los discursos de agradecimiento también se han limitado de forma estricta, con el detalle simpático de avisar a los premiados de que ahuecaran con las notas de la banda sonora de “Tiburón”. Dentro del propio homenaje hay que destacar la sección dedicada a los cincuenta años de la serie de James Bond, que contó con la inigualable Shirley Bassey cantando su mítica Goldfinger con una voz siempre a punto de romperse, lo que nos tuvo angustiadísimos hasta el gran final, donde demostró que a la hora de echar el torrente de voz, todavía la edad no puede con ella. Igualmente, en el tradicional recuerdo a los fallecidos en el pasado año, el escogido como símbolo ha sido el compositor Marvin Hamlisch, distinguido con una interpretación —resumida, eso sí— de The Way We Were a cargo, por supuesto, de su dueña vocal, Barbra Streisand. Y nueva ovación en pie.

Los premios, como hemos dicho, muy repartidos y sin triunfador claro. Quien más estatuillas se ha llevado ha sido el drama aventurero-espiritual La vida de Pi, que se ha hecho con los premios a efectos visuales, fotografía, banda sonora y —sorprendentemente— a la mejor dirección, en lo que supone el segundo Oscar para el taiwanés Ang Lee en esta categoría (tiene un tercero, a mejor película extranjera por Tigre y Dragón, en 2000). Los premios de interpretación dieron algunas sorpresas, como el Oscar a Jennifer Lawrence a la mejor actriz principal por Silver Linings Playbook1, que entre mis contactos de Twitter ha estado bastante protestado por habérselo arrebatado a favoritas como Emmanuelle Riva (Amour) o Jessica Chastain (Zero Dark Thirty). Igualmente sorprendente, aunque esta vez muy celebrado, ha sido el de Christoph Waltz como mejor actor de reparto por Django Desencadenado, aunque el comentario más extendido es que realmente estaba haciendo el mismo papel que en Malditos Bastardos (2010), pero es que Waltz es un tipo que cae bastante bien. Los otros dos resultaron bastante cantados, empezando (perdonen el chiste) por el de Anne Hathaway por su papel de Fantine en Les Misérables, pero quizá el que estaba más claro era el de Daniel Day-Lewis por su encarnación de Lincoln en la película homónima de Steven Spielberg, éste quizá el gran derrotado de la noche. Day-Lewis, además, ha hecho historia al convertirse en el primer intérprete que consigue tres Oscars como mejor actor principal (el primero por Mi Pie Izquierdo —Jim Sheridan, 1989— y el segundo por Pozos de Ambición —Paul Thomas Anderson, 2007); lo que, tratándose de un actor no estadounidense, resulta doblemente meritorio. La indudable emoción de Day-Lewis al recoger su premio, trabucándose en todos los agradecimientos y acompañado de otra superlativa ovación en pie, ha sido para mí el momento más emotivo de la noche.

En los premios a los guionistas, el Oscar al mejor guión adaptado se lo llevó Chris Terrio por Argo, quizá anticipando el gran final de la gala. Quentin Tarantino recogió el premio al mejor guión original con la misma expresión amarga en la cara que mantuvo durante toda la ceremonia, quizá por su exclusión de las candidaturas a mejor dirección, quizá porque su película no estaba obteniendo el resultado deseado. Su discurso, con bastante desgana, mostró que preferiría estar pasando la noche en otro sitio. Es posible, como me comentaban durante la retransmisión, que el gran problema del director es que ha hecho sus mejores películas al principio de su carrera y los últimos años están resultando un continuo y frustrado esfuerzo por volver a reivindicarse. Yo no lo tengo claro, la verdad.

El premio gordo resultó ser igualmente reivindicativo. Aunque no era una posibilidad descartable (de hecho, antes incluso de publicar las nominaciones, era una de las preferidas), se veía difícil su triunfo dado que su director ni siquiera estaba nominado. A pesar de ello, Argo, de Ben Affleck, superó a la a priori gran favorita, Lincoln y se llevó el Oscar a la Mejor Película de 2012, anunciado por la mismísima Michelle Obama en el mayor golpe de efecto de toda la gala. A recogerlo subieron como productores el propio Affleck, que tampoco llevaba discurso preparado, Grant Heslov, el cómico reconvertido a productor en la que ya era su tercera nominación como tal y George Clooney, socio de Heslov, que prefirió dejar a sus dos colegas pronunciar los agradecimientos. Este Oscar, más allá de los méritos artísticos del film, sin duda fue una forma de los compañeros en la industria de Affleck de reconocer su labor y, en cierta medida, disculparse por haberlo dejado de lado un mes antes.

La gala acabó como empezó: con Seth McFarlane cantando junto a Kristin Chenoweth, la estrella encargada del seguimiento de los artistas en la alfombra roja, una canción con su mala leche dedicada a los perdedores y, como es tradición, emplazando a industria y espectadores (más de mil millones en todo el mundo, según las previsiones) a la próxima ceremonia en 2014. Ha sido una ceremonia entretenida, diría yo, que por supuesto se hace mucho más amena compartiéndola en las redes sociales con ese enorme grupo de frikis que derrochan ingenio y malicia para narrar y comentar los detalles de este torrente de esmoquines, pajaritas, lentejuelas, vestidos kilométricos, escotes metaestables y menos rigidez que otros años, exceptuando los rostros cargados de bótox de más de alguna peterpanesca estrella.

Al final, la tele triunfa, el cine se beneficia, el mundo sigue soñando un ratito con ver a tantas estrellas juntas en el salón de su casa y nosotros, muertos de sueño, diremos de nuevo que “esta vez es la última que trasnochamos”, para que el próximo febrero nos volvamos a cargar de café y retranca y contemos de nuevo que, una vez más, los premios han sido injustos. Sólo espero que entonces consigan hacerlo tan divertido como lo fue anoche. Si es así (y si no es así, también), tendrán cumplida cuenta de ello.


1 Un detalle muy elegante de Lawrence: cuando el público se estaba levantando para aplaudirla, les ha pedido que se volvieran a sentar porque no se consideraba merecedora del premio.

Comentarios
  1. Missplaced : 25.02.13

    Gracias por la crónica, para los que no hemos podido seguir la gala :*

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