Oscars 2014 (2013): La cronicastra

Llegaron y se fueron, y lo que pudo ser un dominio absoluto de Gravity acabó entregando el premio gordo a 12 años de esclavitud, esa película rodada por un inglés que muestra una de las épocas más negras (no hagan aquí ningún chiste) de la Historia estadounidense. En una ceremonia medida al milímetro y que no se pasó ni un minuto de la hora prefijada, los Oscars dejaron un claro perdedor, American Hustle y tres ganadores muy aplaudidos por el público: las dos ya mencionadas más Dallas Buyers Club, que se llevó los dos premios de interpretación masculina en las caracterizaciones de Matthew McConaughey y Jared Leto, ambos con pinta de zumbadísimos cuando subieron a aceptar el galardón.

Como todos los años hay que resaltar los hitos, y éste nos encontramos con el primer ganador latinoamericano de un Oscar a la mejor dirección. El mexicano Alfonso Cuarón, que hace años que trabaja para la industria hollywoodiense, vio premiada la complicadísima tarea de conseguir que un conjunto de CGIs más la labor de sólo dos actores no sólo pareciese un escenario completamente real, sino que además consiguiera mantener al público pegado al asiento durante hora y media. Y eso que la competencia era de aúpa: Scorsese, Russell, Payne y McQueen no eran precisamente unos recién llegados. Cuarón se llevó dos premios de los cuatro a los que estaba nominado (el otro fue al mejor montaje, compartido con Mark Sanger) y compartió con la escenógrafa Catherine Martin (ganadora por el vestuario y el diseño de producción de The Great Gatsby) el honor del doble galardón. Gravity se hizo con un total de siete estatuillas pero dejó el sabor agridulce a Sandra Bullock, que vio como la otra favorita, Cate Blanchett le ganaba la carrera por su papel protagonista en Blue Jasmine de Woody Allen, con el que obtenía el segundo Oscar de su carrera.

12 años de esclavitud, como dijimos, fue quien impidió a la épica espacial de Cuarón hacerse con un pleno y, aunque sólo consiguió tres premios, entró en los registros como mejor película de 2013, en una decisión muy probablemente reivindicativa, ya que las películas sobre la esclavitud en los Estados Unidos muy rara vez han sido candidatas al máximo honor. Lupita Nyong’o como mejor actriz de reparto y John Ridley, que escribió la adaptación a la pantalla, completaron el palmarés de esta cinta. Steve McQueen, uno de los directores más de moda ahora mismo, consiguió al menos su Oscar como coproductor.

Lo mejor que se puede decir de la ceremonia es que fue “no aburrida”. Probablemente fue de las más planas de los últimos años, pero el buen ritmo, la acertada distribución de los bloques y la corta duración de los descansos permitieron seguirla sin tener ganas de destrozar la tele en la última media hora, que era algo bastante habitual en las más recientes. El trabajo de los productores Craig Zadan y Neil Meron fue formalmente ejemplar y sólo eché de menos un poquito más de luz en el escenario, que encontré bastante sombrío en comparación con otras veces. Muy decepcionante me resultó la maestra de ceremonias, Ellen DeGeneres, con un guión más que apañado pero una inmensa desgana para llevarlo adelante. Tanto es así que cuando parecía que improvisaba dejó bastante perplejo al público y a este cronista. Ya nada más empezar hizo una broma de bastante (y diría que inintencionado) mal gusto sobre la presente Liza Minnelli, cuya expresión de disgusto resultó bastante inequívoca. Ellen tuvo, no obstante, algún que otro momento bueno, como el ya famoso y cansino selfie (autofoto, por si usted ha vivido en la ISS los últimos cinco años y no sabe lo que es) a mayor gloria de Samsung y para desastre de Twitter, que llegó a petar por exceso de conexiones durante un buen rato; y también con la idea de repartir pizzas entre los asistentes, para regocijo de Jennifer Lawrence, que tenía que esperar casi hasta el final para entregar su premio. Pero, en conjunto, lo cierto es que Ellen estuvo casi desaparecida; lo que, a lo mejor, acabó beneficiando al resto de la ceremonia. Los números musicales fueron suficientemente cortos y pasaron con bastante liviandad. Pharrell Williams fue el primero de todos y el que más risas despertó sacando a bailar su “Happy”, pero fue la última canción, de la película Frozen, la que levantó el mayor aplauso y, al final, la que se llevaría el Oscar a casa. Dejo aparte los números extraordinarios, con Pink interpretando Over the Rainbow para conmemorar el 75 aniversario de la incomparable El Mago de Oz y Bette Midler gustándose con el tema clásico Wind Beneath the Wings (y disculpen, pero la imagen mental que me hacía de esto era de fresquito en los sobacos) como homenaje a los artistas desaparecidos en el año anterior. Y al hilo de esto me quedo con el momento de Bill Murray acordándose de su antiguo compañero de batallas, Harold Ramis, en una breve improvisación antes de entregar el premio a la mejor Fotografía. Para mí, éste fue el punto más emotivo de toda la noche.

Por lo demás, ha sido una ceremonia bastante clásica, sin exageraciones ni en los vestidos de las actrices ni en las pullitas de los presentadores. La locura mcfarlanera del pasado año cedió el sitio a la contención y la timidez, lo que resultó paradójico al dedicarse la gala este año a los héroes cinematográficos. Tanto las películas como sus protagonistas se han mantenido dentro de los estrictos parámetros de la industria —con excepciones, naturalmente, pero poco llamativas— y el producto estaba bien envuelto y se ha vendido sin problemas. A falta de los datos de audiencia, es pronto aún para adivinar cómo ha respondido el público a semejante exhibición de agua con gas y para comprobar si el año que viene deciden ajustarle un pelín más el pistón y darle salida aunque sea a un cacho de histrionismo. Porque aunque esta vez la ceremonia se hiciera más corta, servidor echó de menos que se produjera algún que otro anecdotado de esos que dan que hablar durante semanas. Que tampoco se trata de volver a señalar a las actrices que enseñaron alguna vez las tetas en pantalla, pero un patinazo bien dado y muy ruidoso es algo que siempre engrandece al mayor espectáculo del mundo.

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