La tumba de Bruce Lee

La Tumba De Bruce Lee“, España 2013, Canódromo Abandonado.

Dirección y producción: Canódromo Abandonado (Julián Génisson, Lorena Iglesias, Aaron Rux)
Guión: Julián Génisson
Música: Aaron Rux
Fotografía: Pablo Hernando
Montaje: Julián Génisson

Intérpretes Principales: Julián Génisson (Julián), Lorena Iglesias (Lorena), Aaron Rux (Claude)

Web de Canódromo Abandonado

El cine español independiente y de bajo presupuesto ha experimentado un salto de calidad indudable desde aquellas incontables películas acartonadas que se realizaron en nuestro país tras la llegada de la democracia. La democratización tanto de la tecnología como —más o menos— de las fuentes de financiación han permitido que docenas de realizadores jóvenes con muchas ganas de experimentar en este medio y publicar lo experimentado hayan tenido éxito en sus esfuerzos, a pesar de las enormes dificultades que el sector de la distribución sigue presentando en el Imperio. Y los aficionados lo agradecemos, porque conocemos la existencia de dichas obras gracias fundamentalmente a las redes sociales en internet, y a través de plataformas como Filmin o canales como Vimeo, Youtube o similares podemos verlas con diligencia.

Tras Canódromo Abandonado no se ocultan en absoluto los nombres de Julián Génisson, Lorena Iglesias y Aaron Rux como responsables de este proyecto, financiado en crowdfunding por la plataforma Verkami y con la colaboración de una red de amigos considerable, que puede verse en los créditos finales (con algunos de ellos tengo como máximo dos grados de separación, lo digo como dato). El resultado, La Tumba de Bruce Lee, es una martialxploitation ambientada en Seattle (que todos en el film, incluyendo los angloparlantes, pronuncian “sítl”) sin chinos y con las hostias contadas, pero que realmente parece una película de artes marciales, del mismo modo que en su día Nacho Vigalondo hizo una de extraterrestres sin hombrecitos verdes. Una obra hipnótica en su desarrollo y que se sostiene firmemente en sus escenarios y en el trabajo del trío, que además de dirigir, escribir, montar y componer la música, también encarnan a sus principales personajes.

Julián y Lorena son una pareja joven, bastante normal para su edad y, por ello, con la cabeza llena de pajaritos. Lorena es una “echá p’alante” que quiere progresar en la vida y para eso se apunta a un seminario de liderazgo a través del lenguaje corporal que tiene lugar en Seattle. Julián, más parado y dubitativo, quiere aprovechar el viaje para visitar la tumba de Bruce Lee, al que lleva años tomando como modelo de vida y espiritual, aunque sin ser demasiado proactivo a la hora de seguir sus pasos. Pronto se da cuenta Lorena de que el supuesto seminario es una estafa y no existe, mientras que Julián encuentra inusuales dificultades en localizar el cementerio donde está enterrado su ídolo. En común, un grimoso personaje con pinta de charlatán llamado Claude se cruza en sus caminos por separado, pero en ambos casos les explica que la meta a la que desean llegar requiere caminos más tortuosos.

La estructura del film, dividido en tres actos, es impecable y su principal virtud; tanto ésta como la atmósfera creada por los canodramas uniendo trama y escenarios inquietantes aunque nada obvios son las principales bazas para sostener al espectador delante de la pantalla. El viaje de descubrimientos en que la pareja protagonista se embarca sin querer huye de golpes de efecto y espectacularidades innecesarias y se fundamenta en diálogos, en ocasiones a tres bandas, cargados de fuerza a pesar de su aparente simpleza inicial. Algo a lo que se suma un trabajo de interpretación más que notable: Lorena Iglesias está simplemente magnífica; Aaron Rux se defiende bien; Julián Génisson flojea más, pero también tiene el personaje más difícil. El conjunto no chirría y eso es un buen punto de partida. La música, por otra parte, es particularmente divertida; cuando uno consiente en que está viendo una película de artes marciales, realmente no puede esperar otro tipo de banda sonora. A todos estos elementos se suma un guión bien construido, sin fisuras ni saltos o desvíos inexplicables de la historia. Dentro de lo malo, que también lo hay, ciertos movimientos de cámara que interrumpen planos fijos sin motivo (o yo no se lo encontré y me molestaban) o la excesiva duración de las escenas de Aaron Rux en solitario, que arriesgan desinflar el interés en esos momentos. También me decepciona un tanto el tramo final, que por supuesto no revelaré, pero del que esperaba algo más de surrealismo o sorpresa para cerrar una película ya de por sí sorprendente.

En cualquier caso es un buen trabajo que merece mucho la pena la visita a la sala (o a la pantalla de su casa) y que nos muestra que esta generación de cineastas, partiendo de una base con muchísimas limitaciones, son capaces de dar momentos de gloria delante y detrás de la cámara. A partir de ahí dependerá también del espectador que puedan ofrecernos más cosas, más ideas y más innovaciones en esta cosa del cine.

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