Mis tres telecomedias de los 90 (I): "Friends"

En la década de los noventa, tres telecomedias norteamericanas destacaron muy por encima del resto por diferentes motivos: “Friends”, “Frasier” y “Seinfeld”. Las tres fueron emitidas íntegramente en España por Canal+ y gracias a ello alcanzaron en nuestro país el mismo estatus de culto que en los Estados Unidos, aunque probablemente su influencia posterior fue distinta. En esta miniserie de tres posts pretendo dar brevemente mis impresiones, de entonces y de ahora, sobre ellas. Es más bien un ejercicio, así que tampoco esperen leer nada nuevo o sorprendente en los textos.

1. Friends: la serie
Los que fuimos veinteañeros durante la década de los noventa disfrutamos como posesos la llegada de “Friends”, una creación de Martha Kauffman y David Crane producida por Warner para la NBC. La premisa era sencilla: tres chicos y tres chicas de veintitantos componían un grupo de amigos de clase media-alta que vivían en el barrio neoyorquino de West Village, suponíamos que trabajaban sus horas diarias y, cuando no, se pasaban la tarde en el piso de alguno de ellos o bien en una cafetería cercana llamada Central Perk, donde bebían café de enormes tazas mientras mantenían conversaciones sobre sus vidas y sus problemas personales.

2. Los personajes
Por orden alfabético de sus intérpretes, tal como salían en la cortinilla de apertura:

Rachel Green (Jennifer Aniston) es la que plantea el punto de partida de la serie, ya que apenas unos minutos tras el inicio del episodio piloto irrumpe en el Central Perk vestida de novia y explicando que acaba de abandonar a su prometido en el altar. Es una chica mimada de clase alta de Long Island que pasó de estar mantenida por sus padres directamente a la residencia universitaria, y de ahí a prometerse con un hombre que pudiera sostenerla económicamente sin problemas. Al tomar conciencia de que no es esa la vida que desea y que necesita enfrentarse al mundo real, es cuando decide escaparse de su propia boda y termina como compañera de piso de Monica, encuentra trabajo como camarera en el café y empezará a comprender qué significa tener que ganarse la vida. Su entrada completará el grupo de amigos y, sobre todo, cambiará la vida de uno de ellos.

Monica Geller (Courteney Cox), hermana de Ross Geller y, como veremos más adelante, núcleo “no oficial” del grupo. Cox era por entonces la más conocida del elenco y la serie estaba inicialmente pensada para centrarse en ella antes de que se convirtiera en una historia coral. En la primera temporada aún podemos ver ciertos vestigios de esa idea. Monica es una persona ordenada hasta la compulsión, ciertamente mandona y con muchos tics “de madre”, no en vano su sueño es poder serlo algún día. Al principio de la serie trabaja de ayudante del chef en un restaurante de postín y sus habilidades como cocinera serán el hilo conductor de no pocos episodios. Monica es la titular del piso del Village al que Rachel se traslada en el primer episodio, gracias a que lo tiene subarrendado a su abuela y, por ello, está pagando renta antigua (cómo la sigue pagando después de que su abuela haya muerto es otro tema, claro).

Phoebe Buffay (Lisa Kudrow), amiga y ex compañera de piso de Monica, ahora vive sola en un apartamento de otra zona del barrio. Es masajista de profesión y tiene una visión de la vida un poco descolocada, que oscila entre lo místico perroflauta y la rudeza de haberse criado en la calle, tras una infancia difícil motivada por el suicidio de su madre. Por si acaso, hago un inciso en este punto para recordar que la serie es una comedia y que hasta de dicho suicidio se hacen chistes constantemente, lo que descoloca todavía más la personalidad que los guionistas le dan a Phoebe, que vive en su propio mundo. El espectador sabe poco más del pasado de la chica, pero a medida que avanza la serie se van revelando más detalles, como a mí me gusta llamarlos, “de guionista que se aburre”.

Joey Tribbiani (Matt LeBlanc) también viene de una infancia humilde, en este caso de padres italoamericanos y criado con siete hermanas, se traslada a Manhattan para poder cumplir su sueño de ser actor, aunque los resultados distan de ser buenos (principalmente porque Joey es un actor pésimo). De carácter abierto y un tanto simple, tiene mucho éxito con las mujeres y le consideran el casanova del grupo. Vive en el piso de enfrente del de Monica, que comparte (no hay más remedio) con Chandler Bing, gracias a lo que les une una estrechísima amistad.

Chandler Bing (Matthew Perry) es el socio capitalista de la pareja de hecho que forma con Joey. Vamos, el que le suele pagar los gastos del piso cuando Joey está a dos velas. Sabemos que Chandler trabaja y que lo hace en una oficina, pero ni nosotros ni sus amigos sabemos qué es lo que hace exactamente. Siempre tiene un chiste o una coletilla para cualquier situación o conversación, habitualmente muy ácidas, además de un serio problema a la hora de ligar que, entre otras cosas, le mantiene en una relación intermitente con una irritante novia.

Ross Geller (David Schwimmer), hermano de Monica, vive también fuera del edificio. Es el más serio del grupo y, en ocasiones, también el más ingenuo. Paleontólogo de profesión, trabaja en el Museo de Historia Natural y acaba de divorciarse tras ocho años de matrimonio porque su mujer ha descubierto que es lesbiana. Y no sólo eso, sino que está esperando un hijo de ella (lo que será uno de los hilos de continuidad en la temporada 1). Tuvo un encoñamiento con Rachel cuando estaban ambos en el instituto y la reaparición de ésta en su vida provocará que quiera conquistarla… con éxito más bien magro, al menos al principio. Ross es el intelectual del grupo y, por ello, los demás le consideran algo pedante, sobre todo su hermana, con la que comparte, sin embargo, la obsesión por el orden y la limpieza.

3. Las claves
Él éxito de Friends se sostuvo desde el principio en cuatro patas: tramas sencillas y fáciles de reproducir que facilitan la identificación del espectador (eso que se suele decir de “gente como nosotros con problemas como los nuestros” cuando explicas por qué ves una serie, y siempre es mentira); diálogos muy bien elaborados tanto en la forma como en el ritmo (raramente se alargaba el punchline de un chiste más de lo necesario); personajes más o menos heterogéneos (eso sí, todos blancos, todos altos, todos guapos, todos protestantes o judíos; y ya) que permitían que casi cada espectador tuviera el suyo favorito, o con el que más se identificaba; y, finalmente, varios hilos paralelos en cada episodio (normalmente tres), de los que uno era el que marcaba el cliffhanger para el siguiente y los otros dos eran autoconclusivos en el capítulo. Esto último permitía tener un aliciente para no perderse un episodio y, a la vez, evitar la frustración del espectador por dejar historias abiertas. Al contrario que otras series que triunfaron pocos años antes (y se me ocurre, sobre todo, “Beverly Hills 90210”), esta serie presentaba a personajes ciertamente irreales pero verosímiles: tenían que trabajar para vivir, tenían deudas, cambios de humor, una cierta evolución de su carácter con el tiempo (mal lograda; volveré a esto más adelante) y, en definitiva, eran personajes a los que se podía aspirar, aunque en la realidad no fuésemos a llegar a ellos. Es interesante este punto: los actores parecían más reales dentro de sus personajes en la serie que cuando estaban fuera de ella haciendo promoción o dando entrevistas y desparramando glamour.

Además de eso, la serie contó con tres o cuatro tramas principales que se extendieron a lo largo de varias temporadas y, en el caso de una concreta, durante toda la serie. Aunque no era en principio la intención, el romance entre Ross y Rachel acabó condicionando buena parte de la evolución de la serie y, ciertamente, durante las primeras cuatro temporadas ofreció juego más que suficiente, hasta el punto de que proporciona, paradójicamente, uno de los mejores momentos dramáticos de la televisión, con su ruptura en la tercera temporada. Obviamente, luego se le sacará punta cómica a dicha ruptura, para que no lastre el tono del resto de la serie. Al final resultó que el hilo Ross-Rachel/Rachel-Ross lograba enganchar a más espectadores que cualquier otro y mantenerlos de una temporada a la siguiente. Esa preferencia determinó, parcialmente, el desenlace de la última temporada.

4. Los fallos
Precisamente de otra de esas tramas principales proviene uno de los lastres, quizá el mayor, de toda la serie: la relación entre Monica y Chandler (a partir de la temporada 4), que casi con seguridad fue la forma escogida para no introducir personajes nuevos en una serie cada vez más endogámica1. La relación, y sobre todo el posterior matrimonio, aunque sin duda podrían enmarcarse en la evolución natural de los personajes (que crecen y maduran, se supone), estuvo a punto de cargarse al personaje de Chandler y, en algún momento casi a la propia serie que se plagó de momentos cursis hasta la arcada.

El (otro) gran error de la serie seguramente fue su excesiva duración. Esas diez temporadas, que en “cronología de serie” iban mucho más despacio que en la vida real, causaron situaciones tan absurdas como que en el capítulo en el que celebraban sus respectivos “treinta” cumpleaños ya les era imposible disimular que muchos los superaban ya con creces o que, como era el caso de Kudrow, ya los habían dejado atrás. Lo peor de todo ello es que si exceptuamos ciertos aspectos de Chandler, Monica y Rachel, los personajes más que madurar parecían haber entrado en regresión: eran más torpes, más lerdos, más caprichosos, más berreantes (llegó a haber capítulos donde los diálogos eran, literalmente, a gritos), e indudablemente más egoístas.

En otros casos las nuevas tramas que pretendían dar algo de animación, especialmente las dos últimas temporadas, o estaban ya muy trilladas (la boda de Phoebe, el embarazo de Rachel o los cambios de trabajo de Chandler o Ross) o se volvieron surrealistas, como el romance entre Rachel y Joey, tan apropiado como ponerle serpentinas a un ataúd. Pasando por la inusitada crueldad de unos guionistas que no tuvieron mejor idea que volver estéril al único personaje que se pasó toda la puñetera serie queriendo de verdad tener hijos, lo que me da a mí que pensar que igual no se llevaban tan bien los actores con los cerebros de la serie… o que las peleas salariales dieron bastante más de sí de lo que luego nos contaron.

Si bien la serie habría quedado niquelada al final de la cuarta temporada, o incluso de la quinta (resolviendo, eso sí, las tramas pendientes), todas las bondades de esa primera mitad se diluyeron poco a poco en la segunda, donde a pesar de ello se pueden ver todavía brillantísimos momentos de comedia, más por parte de los chicos que de las chicas. Incluso en temporadas tan tardías como la octava encontramos episodios redondos (y los que siguieron la serie seguro que recordarán el juego del “Engatusado” como una de las cumbres) y así debía de ser, puesto que de otra manera jamás se habría llegado tan lejos en la emisión.

El final de la serie fue renqueante: se cerró lo importante, pero de forma bastante cutre. El grupo de amigos acabó desbandado, en realidad por la propia marea de la vida (lo que no deja de ser un poco deprimente) y el hecho de que la mayor parte de los intérpretes ya estuviera inmerso en otros proyectos acortó la décima y última temporada a “sólo” dieciocho episodios, lo que también apresuró un tanto la resolución de las tramas y al final quedó un sabor agridulce: por un lado, más o menos quedaron todos (personajes y espectadores) felices por cómo terminan. Por el otro, visto en perspectiva, también fue una sensación de alivio que descansase el enfermo en paz.

5. Recuerdo y legado
Para mi gusto, Friends ha envejecido mal. O también podría decirse que he sido yo el que se ha hecho viejo, pero creo firmemente en lo primero, más bien. Aunque he sido fan de la serie durante muchos años y la he visto completa varias veces, llegó un momento en el que, por así decirlo, cada vez veía una temporada menos que la anterior. O que cada vez me sobraba una temporada más. Hace mucho que no la he vuelto a ver del tirón y, cuando escojo episodios sueltos, me suelo quedar en las cuatro primeras, porque me da pavor ver las posteriores y odiarlas. Y creo que es precisamente por la involución de los personajes que les contaba arriba, esa transformación en sus propias caricaturas que acaba por volver irritantes unos personajes antes entrañables.
Sin embargo, no cabe duda de que Friends ha tenido un impacto muy fuerte en muchos aspectos de la televisión a posteriori y de los espectadores que la siguieron. La serie Friends no inventa la sitcom, que es un género muy antiguo, pero sí transforma para bien su lenguaje, inyecta un estilo de narración y de diálogo que se convierte en necesario en casi todo lo que después ha acabado teniendo éxito (partiendo de premisas similares), y no sólo eso, sino que sirve también como herramienta de apoyo para saber cómo encajar varias historias en un formato cada vez más constreñido por la publicidad. Friends pasó de tener episodios de 24 minutos a 22, obligando en algunos capítulos a reducir al mínimo la cortinilla inicial para poder meter trama; y sus creadores salieron más que airosos, se volvieron auténticos expertos en el arte de la síntesis. Hoy día no es raro ver teleseries que ya han reducido el tiempo efectivo del capítulo incluso a los 20 minutos. Que sean capaces de contar una historia coherente (o varias) en tan estrecho espacio, sin duda, tiene que agradecer mucho a la experiencia proporcionada por la serie de Kauffman y Crane.

Aunque su premisa y estructura, a priori, no resultan innovadoras, se da el importante hecho de que ninguno de sus seis protagonistas estaba por encima de los demás y, en consecuencia, la serie no tenía un punto particular de pivotaje. Esto por aquel entonces no era en absoluto normal (lo habitual eran y aún son un par de personajes principales y un grupo de secundarios con más o menos fortuna), pero actualmente ha sido adoptada por otras series que también han acabado en lo más alto de los ratings. Tanto la recientemente concluida Como conocí a vuestra madre (que muchos, yo incluido, consideran una continuación más o menos natural del estilo y la premisa de Friends) como The Big Bang Theory, por poner un par de ejemplos, basan su estructura y las dinámicas entre personajes en elementos y tropos obtenidos directamente de aquella. Que, como decimos, más que haber inventado cosas lo que ha hecho es mejorar y perfeccionar técnicas y situaciones ya existentes, y darles una consistencia que antes se perdía en el chiste y las risas enlatadas.

El impacto de Friends se extendió a sus propios protagonistas, quienes han tardado bastante (con alguna excepción) en asentar sus carreras posteriores a la serie, probablemente porque esa caricaturización de la que hablábamos antes contribuyó a su encasillamiento. Así, tanto Cox como Aniston (ésta última tras su vano intento de hacerse la reina de la comedia romántica) se han pasado al campo de las cougar en sus trabajos para cine y TV, mientras que LeBlanc, tras el esperable fracaso de un inexplicable spin-off, ha conseguido sacarle mucho partido a su elegante autoparodia en Episodes; Schwimmer, por su parte, intenta abrirse un hueco como director mientras ejerce de estrella invitada de lujo en teleseries de culto, y Kudrow ha hecho algunos experimentos en tele por cable, si bien de difusión minoritaria. En cuanto a Matthew Perry… bueno, básicamente se dedica a hacer de Matthew Perry en casi todo en lo que actúa, con mayor o menor intensidad según hablemos de comedia o drama. Como lo hace bien, eso no suele ser un problema, pero parece que tiene “ángel” para que le cancelen series, aunque casi nunca sea culpa suya.

Recientemente se celebró el décimo aniversario de la finalización de la serie. En unos meses se cumplirán veinte años de su comienzo en 1994, con aquellos episodios de trazo grueso que todavía pretendían tener a un par de estrellas planeando sobre las demás. La seguimos entonces por el Plus, a ritmo de episodio diario a la hora del almuerzo2 y sin perdernos ninguno, y a pesar de toda su degradación, como queda explicado, sentimos un vacío grande cuando se cerraron las puertas de aquel piso de paredes color violeta y un marco sin cuadro rodeando la mirilla de la puerta. Coincidíamos con la edad que entonces tenían —decían que tenían— sus personajes y lo único que lamentábamos era estar todavía metidos en un aula de la facultad en lugar de en un piso del Village buscándonos la vida, teniendo compañeros de piso tan cojonudos, haciendo chistes con la agilidad de un gato (de un gato que cuente chistes, se entiende) y enamorándonos de la persona equivocada sabiendo que al final iba a ser la correcta. Crecimos más rápido que ellos, eso sí. Pero todavía hoy ponerse unos cuantos capítulos de las primeras temporadas de Friends es regresar de nuevo, por un ratito, a aquellos veintitantos que nos hubiese gustado tener, de haber vivido en Nueva York.


1 Tom Selleck, estrella invitada durante casi toda la temporada 2, en la que interpretaba a un médico con el que Monica tenía su primer noviazgo serio, se quejaba de que en los descansos del rodaje el grupo de protagonistas raramente se relacionaba con el resto de actores. Por otro lado, al crecer la popularidad de la serie también crecieron los salarios de sus intérpretes, que además presionaron para que todos cobrasen lo mismo por capítulo. Para las dos últimas temporadas cada actor principal cobraba un millón de dólares por episodio, según las crónicas. Con salarios tan altos era virtualmente imposible añadir más personajes fijos sin disparar el coste.

2 Hasta que el canal alcanzó a la serie en Estados Unidos y aprovechó para intentar atraerse unos cuantos abonados más, a base de programar de noche y codificados los nuevos episodios.

Comentarios
  1. Illuminatus : 15.06.14

    Coincido completamente en la apreciación de sitcom generacional que se nota que ha envejecido no muy bien con el paso del tiempo. Hay cosas que se me hacen viejunas hoy, cosa que no me pasa con Frasier (quizás porque esta última tiene unos guiones de comedia mucho más clásica, previsibles pero que me hace pensar en que quedarían mejor con pelucones dieciochescos que con traje y corbata; es más artificial y menos verosimil pero).

    Por otro lado Friends la mitificación de la NYC en la que viven es algo que me pasó cuando estuve realmente allí. Culpo en buena parte a la serie de la decepción que me produjo la ciudad por el contraste con ese ambiente frenético y esa sensación de que los neoyorquinos viven para poco más que para trabajar y que debe ser una ciudad muy jodida si uno está solo. Cuanto más reflexiono sobre el episodio del novio psiquiatra de Mónica, más creo que tenía razón sobre su apreciación sobre la inmadurez del grupo y su empeño en estar colgados los unos de los otros en medio de una urbe tan hostil.

    Ah, y sobre la involución de los personajes, el que me resultó más obvio fue, precisamente, Joey (éste sería el que no es judío ni protestante, sino católico, digo yo), que pasa de ser el lerdo ligón a un lerdo tragaldabas (¿cómo no acordarnos del episodio del Trifle?).

  2. Blanco Humano : 16.06.14

    Magnífico post. En serio. No puedo estar más de acuerdo en todo. Me han entrado ganas de volver a verla.

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