Robin Williams o el cine con el que creces

Contaba Mr. Fanshawe hoy en Twitter que él no seguía a actores, es decir, no veía normalmente una película porque saliera un determinado intérprete en ella. Entre las pocas excepciones estaba Robin Williams, del que incluso alquilaba —alquilábamos, porque éramos los dos— sus películas en el videoclub simplemente porque él aparecía como protagonista. Así nos vimos El Mundo Según Garp (The World According To Garp, George Roy Hill, 1982), Un Ruso en Nueva York (Moscow on the Hudson, Paul Mazursky, 1984) o incluso Cadillac Man (Roger Donaldson, 1990), una historia sin demasiada chicha pero en la que, eh, salía Robin Williams con bigote.

Lo habíamos descubierto mucho antes, claro; a partir de ese ciclón con micro llamado Adrian Cronauer cuando con mi primo alquilamos Good Morning, Vietnam (Barry Levinson, 1987) e intentamos aprendernos —con poco éxito— esos veloces monólogos, en gran parte improvisados, con los que Cronauer/Williams trataba de entretener a los soldados en Vietnam, en una de las pocas películas sobre esa guerra en la que sólo se ven las bambalinas. A partir de ahí queríamos ser Robin Williams y tener esa fuerza arrolladora en los gestos y en las réplicas, esa aparente facilidad para generar carcajadas y despertar, casi sin pretenderlo, el cariño de tantísima gente. Era lo que se veía en la película, claro, y tardaríamos algo más en conocer y comprender que fuera de la pantalla también sucedía eso. Pero nosotros en aquel momento queríamos ser el Robin Williams del cine. Y por eso nos fuimos a ver El Club de los Poetas Muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1988), parece ser que en la edad correcta, esa en la que las hormonas y las neuronas juegan diariamente un partido de fútbol a muerte, o a sufrimiento, como decía el pirata Roberts. Aunque nosotros no íbamos a ver las peripecias de los chicos de la Academia Welton, sino… a Robin Williams haciendo de John Keating. Igual que lo fuimos más tarde a ver en Hook (Steven Spielberg, 1991) y le perdonamos que en los veinte primeros minutos de esa película hiciese de una persona HORRIBLE, HORRIBLE. O El Rey Pescador (The Fisher King, Terry Gilliam, 1991), donde hacía un papel marcianísimo y, la verdad, incomodaba un poco entonces verlo de mendigo zumbado. O cuando estrenaron Despertares (Awakenings, Penny Marshall, 1990) y fuimos la panda del instituto, en la que las chicas iban para ver a Robert de Niro… y los chicos a Robin Williams.

Y… y luego, yo qué sé, pasa el tiempo y espacias más las películas que ves de él. Te sigue gustando muchísimo y no te pierdes sus presentaciones en ceremonias de todo pelo, pero en mi caso lo dejé de ver en el cine poco a poco. Una Señora Doubtfire por aquí (Mrs. Doubtfire, Chris Columbus, 1993), el dueño de un club de gays en Miami por allá (The Birdcage, Mike Nichols, 1996), algunos secundarios y cameos sueltos… pero lo cierto es que de los últimos diez o doce años no he vuelto a ver una película suya, y eso que no paró de trabajar. Pero Williams fue actor de varias generaciones, y donde la mía lo dejó atrás, otra lo abrazó con entusiasmo en películas como Jumanji (Joe Johnston, 1995) al tiempo que acudía al vídeo para emocionarse con su John Keating, ese papel que ya no se le despegaría de su vida ni con aguafuerte; mientras, los jóvenes que se volvieron adultos lo redescubrieron en sus papeles más dramáticos. Porque de Williams queda en la memoria principalmente el histrión, pero incluso en sus comedias más desaforadas es capaz uno de darse cuenta de que el abanico de registros de este actor era tan amplio y tan bien construido que la transición de la comedia al drama y a la inversa resultaba para él tan natural como improvisar delante de un micrófono. Porque sí, incluso en cosas como Mrs. Doubtfire Robin Williams era capaz de apagar la mecha y transformar su cara para expresar el dolor más crudo en apenas unos segundos. Y porque ese histrión, mucho más ruidoso y molesto —para algunos, a mí no me molestaba nada—, en realidad sólo fue una minoría en su ingente carrera.

Robin Williams fue un actor maravilloso en todo, hasta en su eufónico nombre. Un titán de la escena al que su industria ya acogía como un clásico, pues lo tenían encumbrado al mismo nivel que, digamos, Bob Hope cincuenta años antes. Y para muchos formó parte del cine con el que crecimos, era el que nos arrastraba hasta la multisala sólo poniendo su nombre en el cartel. Ansiábamos ver la mandíbula respondona, los ojos brillantes y la casi perenne media sonrisa y nos sabía a muy poco el tiempo que permanecía en pantalla. Dicen por ahí que ha muerto, que al final le pudo más la vida y decidió deshacerse de ella. Me niego a creerlo: no mientras siga siendo capaz de ponerme Good Morning, Vietnam en el vídeo y tenerlo en casa durante otro par de horas.

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