La Isla Mínima

La Isla Mínima“, España 2014, Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte Films

Dirección: Alberto Rodríguez
Guión: Rafael Cobos, Alberto Rodríguez
Productores: Mikel Lejarza, Mercedes Gamero, Gervasio Iglesias
Música: Julio de la Rosa
Fotografía: Alberto Catalán
Montaje: José M. G. Moyano
Vestuario: Fernando García
Diseño de Producción: Manuela Ocón
Intérpretes Principales: Javier Gutiérrez (Pedro), Raúl Arévalo (Juan), Nerea Barros (Rocío), Antonio de la Torre (Rodrigo), Jesús Castro (Quini), Salvador Reina (Jesús), Jesús Carroza (Miguel), Manolo Solo (Periodista), Cecilia Villanueva (María)

Enlace IMDb

Uno no pensaba que los jaramagos pudieran ser tan cinematográficos, aunque realmente no es que haya habido demasiados intentos de llevarlos al cine. Alberto Rodríguez hace uso de su conocimiento visual del entorno, “mamao” desde la infancia, y proyecta en la pantalla la fascinación por los espacios abiertos e infinitos cubiertos de agua y polvo, barro salpicado de hierbajos que se mecen al viento entre los graznidos de las chicharras.

En el año 1980, dos policías nacionales viajan de Madrid a Andalucía, a una pequeña localidad en las Marismas del Guadalquivir, para investigar la desaparición de dos muchachas del pueblo durante las fiestas. El más joven de ellos, Juan (Raúl Arévalo), es un idealista convencido de que España ya es una democracia plena y que los Cuerpos de Seguridad del Estado han de modernizarse cuanto antes para adaptarse a ella. Su compañero, Pedro (Javier Gutiérrez), tiene más años, más experiencia y bastante más cinismo. A ambos les han destinado a ese caso contra su voluntad, a modo de castigo por diversas razones, pero la aparición de los cuerpos de las chicas, brutalmente asesinadas, les meterá de lleno en una pesquisa nada cómoda dentro de un lugar y unas circunstancias que nada tienen que ver con el relato de la Transición que se vive en la capital.

Estamos sin duda ante la película del año; un prodigio técnico, visual y de guión que abandona la ranciedad de la representación de lo andaluz considerada arquetípica y monta un thriller repleto de tensión que no deja respiro al espectador ni siquiera en los supuestos interludios. Rodríguez, escoltado magistralmente por el director de fotografía Álex Catalán y el compositor Julio de la Rosa, transforma los idílicos paisajes soleados del suroeste ibérico en tierras hostiles e inquietantes, pobladas por personajes tan reales como interesantes, a pesar de la paradoja. Aunque no sea un macguffin, la investigación de los asesinatos funciona como armazón más que como muro de carga; de ahí se deriva un retrato completo de la sociedad de la época más apartada de los cambios políticos, si bien estos comienzan a penetrar las regiones (el contexto, o uno de ellos, es una huelga de arroceros que demandan mejores condiciones y mayor salario). A ráfagas aparecen las críticas a la propia Transición y a las reminiscencias del franquismo que seguían/siguen presentes en las estructuras del poder local, aunque no se profundiza en ellas. Pero por encima de todo está la marisma, el río, las extensas tierras devoradas por el jaramago, las casas abandonadas a merced del azote del sol y una atmósfera pesada y agobiante que atasca el carácter de los dos policías hasta la extenuación. Cargando las tintas en ellos, incluso la falsa seguridad que Pedro aparenta o la helada desgana que utiliza Juan como escudo se resquebrajan al interactuar con quienes tienen que atravesar la vida a base de golpes, buscando una salida de su pequeño universo hacia la imposible Shangri-La que una gran ciudad representa.

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