JFK

Me pasó una cosa curiosa con esta película: fui a verla a una sesión de noche, muerto de sueño, en un cine de butacones muy cómodos (el desaparecido Bécquer de Sevilla) y pensé que o estaba muy bien la película o me iba a quedar dormido. No sólo no me dormí, sino que se me quitó el sueño que tenía.

Después de eso he visto esta cinta en múltiples ocasiones, y es una de mis primeras elecciones cuando no tengo nada que hacer y me pongo a revisar mi colección. A día de hoy la considero una obra maestra. Ya no se trata de hacer un juicio de valor sobre su contenido, más o menos discutible, sino sobre la forma de plasmarlo, que es casi redonda.

La película comienza con una marcha militar y música de vientos, en una sencilla pero intensa partitura de John Williams. Mientras se suceden los títulos de crédito se van superponiendo a modo de documental (de hecho, con un formato más pequeño que el “scope” del resto) imágenes de archivo que parten de la despedida de Eisenhower, dando un rápido repaso de los tres años de mandato de JFK. En la última parte comienzan a intercalarse planos ya de “ficción”, aunque con el mismo formato (impresionante labor de montaje de dos maestros, Hutshing y Scalia), mostrando los últimos minutos de la caravana del presidente por las calles de Dallas. Un corte a negro y tres disparos nos informan del fatal desenlace.

Saltamos ahora a Nueva Orléans (ya en formato completo), mismo instante de tiempo. Jim Garrison, fiscal del distrito, es informado del atentado y escucha después la noticia de la muerte del presidente y la acusación sobre Lee Oswald. La muerte de Oswald dos días después hace que Garrison investigue las posibles conexiones de éste con Nueva Orléans, aunque sin encontrar nada relevante, salvo un estrafalario individuo llamado David Ferrie que, al parecer, estuvo en Texas por aquellas fechas.
Varios años después, una conversación con el senador Long (Walter Matthau) siembra en Garrison la duda de que quizás el caso JFK no estuviese tan claro como dictaminase en su día la Comisión Warren, y que posiblemente hubiese algo más turbio oculto. A partir de ahí reunirá a su equipo y, en el más absoluto secreto, reemprende la investigación del asesinato de John Kennedy en una búsqueda frenética por la verdad que pondrá en peligro su carrera, su credibilidad y hasta su familia. A lo largo de las pesquisas descubrirá que Lee Oswald no era ni mucho menos el loco solitario que se pretendía, que hubo demasiadas casualidades en el desarrollo de los hechos previos al asesinato y que las implicaciones de éste llegan alto… quizás demasiado alto.

Yo no voy a entrar en si hubo o no una conspiración en Dallas, pues no es el tema de esta crítica. Pero sí es cierto que Oliver Stone, la llamada “conciencia de América”, cree firmemente en ella y desplegó todas sus armas cinematográficas en esta película que, según dicen, es su preferida. Es indudable que a la hora de narrar la historia Stone es bastante tendencioso, tramposo en ocasiones, e introduce elementos de ficción o trueca el orden de algunos hechos por motivos de comprensión, a veces, y de impacto, en otras. Así, el film está rodado en parte como una obra de ficción, en parte como un documental, intercalando trozos de un tipo con trozos de otro, de manera que formen un todo homogéneo. A decir verdad, es en ocasiones difícil distinguir las partes ficticias de los documentos, y eso se debe en gran parte al excepcional trabajo de los dos montadores y del director de fotografía (Robert Richardson, habitual en los films de Stone desde sus comienzos), que no sólo aportan una brillante continuidad en la sucesión de planos, sino que consiguen imprimir a la película el ritmo endiablado que su director exige, además de crear una atmósfera adecuada en su justo momento. Muestra de esto último sería, por ejemplo, los momentos en “flash” que tienen lugar en el restaurante en que el equipo de Garrison se reúne, mientras revisan las pruebas y los testigos de que disponen, en una escena que se va haciendo cada vez más opresiva conforme van saliendo detalles oscuros. O la escena de la muerte del confidente David Ferrie, iluminada tenuemente de rojo y con la cámara paseándose por unas habitaciones a cuál más macabramente decorada. Dos aportaciones artísticas que consiguieron para “JFK” sus dos únicos óscars (como curiosidad, el de Mejor Montaje se lo arrebataron a la favorita “Terminator 2”, que consiguió todos los otros premios técnicos).

Oliver Stone consigue mantener el interés durante las tres horas que dura el film, sin darnos apenas respiro. El truco que emplea es simple pero eficaz: tratar de implicar lo más posible al espectador en la inmersión en el caso. Así, emplea la cámara al hombro cuando Garrison y sus colaboradores están reunidos revisando pruebas; nos coloca a su lado durante los interrogatorios de los testigos, emplea casi exclusivamente el blanco y negro durante los “flashbacks”, intercalando imágenes reales como si el conjunto fuese un video que el espectador estudia como documentación. Y, para terminar, refuerza la verosimilitud de sus hallazgos mediante el empleo de actores muy conocidos, que refuerzan la credibilidad a través de su prestigio: Walter Matthau como el senador Long, Kevin Bacon como el chapero Willie O’Keefe, Jack Lemmon en el papel de confidente y, en el punto más álgido de la película, Donald Sutherland como el Sr. X, el “Garganta Profunda” de esta historia, en una antológica e intensa actuación de apenas diez minutos, que entiendo como la escena más sobrecogedora de la cinta (muchas veces paso el DVD sólo por esta escena para volver a ver la actuación de Sutherland, y me sigue poniendo los pelos de punta).

Quería dejar para el final a los protagonistas principales, en una película esencialmente coral: Stone es un estupendo director de actores, en el sentido de que puede sacar lo mejor de intérpretes que normalmente son mediocres. Lo consiguió con James Woods en la magnífica “Salvador”, lo hizo con Charlie Sheen y Tom Berenger en “Platoon” e incluso con Michael Douglas en “Wall Street” y, mientras no se demuestre lo contrario, “Nacido el cuatro de julio” sigue siendo la mejor interpretación de Tom Cruise. En “JFK” lo ha vuelto a hacer, colocando a Kevin Costner en el mejor papel de su carrera, a un nivel que Costner no ha vuelto a alcanzar ni de lejos. Comedido pero firme, bien caracterizado y con mucha fuerza en la mirada, supo enfrentarse con habilidad a un personaje tan complejo como el del atormentado fiscal de Nueva Orléans y salir airoso, particularmente en escenas tan difíciles como la del juicio a Clay Shaw, con un larguísimo monólogo al final. A ello le sumamos la actuación como antagonista de Tommy Lee Jones, interpretando a Shaw, principal sospechoso dentro de la conspiración, y en un papel también corto en minutos, pero que en realidad abarca toda la película, en un personaje que te acaba cayendo fatal, pero al que te costaría, con todo, acusarle de algo. Joe Pesci, como David Ferrie, está en su línea excesiva, pero no importa demasiado pues su personaje lo requiere. Mención especial merece Gary Oldman, que encarna al presunto asesino Lee Harvey Oswald y cuyo papel es prácticamente todo en “flashback”, que estudió a fondo las expresiones y maneras del personaje hasta componer un asombroso parecido con el Oswald real (o eso dicen).

El único punto negro de la película es la inclusión del personaje de Liz Garrison, interesante para comprender los problemas familiares del fiscal para llevar adelante la investigación, pero que sería útil si la película fuese una biografía de éste, lo que no es el caso. Aquí aparece sólo un par de veces, en las que rompe el ritmo de la historia sin aportar realmente nada. No es culpa de Sissy Spacek, que hace bien su trabajo, sino del director, que incluye a un personaje de nulo contenido en el desarrollo de la trama, y evita que “JFK” sea una película perfecta.

No obstante, ello no supone obstáculo para considerar a este film una de las cumbres del cine político americano moderno, y posiblemente el mejor trabajo de este Pepito Grillo llamado Oliver Stone, especialista en sembrar polémica y acusado por muchos de efectista, y por otros de tendencioso. Aun siendo ambas afirmaciones ciertas, no lo es menos que “JFK” es una experiencia cinematográfica impactante que demuestra que se puede mantener a un espectador agarrado a su butaca sin espectaculares explosiones, ruidos raros o bichos feísimos, sino con una historia real e interesante, siempre y cuando esté bien contada. “JFK” es una de éstas, una película de visión casi obligada y una gran muestra de cine, que además contiene un alto contenido de compromiso, lo que demuestra que ambas cosas no tienen por qué estar reñidas.

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