Misterioso Asesinato en Manhattan

No me parece arriesgado dividir el cine de Woody Allen en tres etapas muy claras (hablo de comedias, dramas no he visto casi ninguno): una primera, que comienza con su primer film oficial como director “Toma el dinero y corre” (Take the Money and Run, 1969) y llega hasta “El Dormilón” (Sleeper, 1973), donde prima la comedia de enredo, del absurdo, sin muchas más pretensiones pero sin olvidar que por medio hay una historia. La segunda se iniciaría con “La Última Noche de Boris Grushenko” (Love and Death, 1975), a modo de transición, donde ya se apunta una comedia más pausada, más “trascendental” o más “de pensar”, si se quiere, y donde las obsesiones del director están mucho más reflejadas. Esta etapa, mucho más amplia, se extendería hasta 1992 con la estupenda “Sombras y Niebla” (Shadows and Fog, 1992) y en ella se dan sus mayores altibajos, con obras maestras como “Annie Hall” (1977), “Manhattan” (1979), “Hannah y sus Hermanas” (Hannah and Her Sisters, 1986) o las insuperables “Zelig” (1983) y “Días de Radio” (Radio Days, 1987), pero también hay patinazos considerables, tipo “Broadway Danny Rose” (1984) o la aburridísima “Alice” (1990). Pienso que la última parte de esta etapa estuvo demasiado influenciada por el creciente peso artístico de su compañera Mia Farrow, una actriz con muy pocos registros para comedia, lo que redundó en una merma de la calidad de las obras de Allen.

La tercera parte es, a mi juicio, la más interesante, y comienza con la película que comentamos hoy. En ella, Woody Allen elimina todo lo superfluo de sus antiguos guiones para centrarse exclusivamente en la comedia pura, cambiando incluso el reflejo de sus obsesiones (la religión, la muerte y el sexo, principalmente) para tornarlo en casi una autoparodia, lo que ha hecho que la mayoría de cintas a partir de 1993 sean, con mucho, las más divertidas y al mismo tiempo las más accesibles a un público más amplio. sacándole, al menos en Europa (donde Allen es mucho más valorado que en EEUU), de los circuitos de cine “sesudo”. De hecho, muchos de los admiradores actuales de Woody Allen, entre los que me cuento, entramos en su obra a partir de “Misterioso Asesinato en Manhattan”.

La película comienza con los típicos títulos allenianos sobre fondo negro, con un tema de Cole Porter de fondo. Rápidamente nos encontramos al matrimonio Lipton, Larry y Carol (Allen/Keaton) que regresan a su casa tras la ópera y conocen a sus vecinos de escalera, los House (Jerry Adler y Lynn Cohen), un matrimonio de jubilados encantados de la vida, en el que el marido es un obsesionado de los sellos, para desesperación de Larry, que no desea más que salir de allí. La muerte por infarto, dos días después, de Lillian House, les llena de consternación, pero una serie de extraños descubrimientos lleva a Carol a pensar que quizá la señora House no murió de manera natural. Ayudada por su amigo Ted (Alan Alda) y ante el rechazo frontal de Larry (provocado sobre todo por los celos), que está convencido de que no hay nada anormal, Carol empieza a investigar por su cuenta.

El cine de Allen se basa casi siempre en dos premisas: personas normales y cámaras “al nivel de los ojos”, por lo que no es extraño encontrar varias escenas de conversación en cada una de sus películas, y ésta no es la excepción. El aditamento está, sin embargo, en que en este caso las charlas tienden a un tema común, que es el de un posible asesinato, lo que permite que el espectador se centre mucho más en la trama, además de que esta película sea mucho más “lineal” y menos “difusa” en cuanto a historia que las comedias de su segunda etapa. Y una vez más queda demostrado por qué Allen es un magnífico director: todo el peso de la película cae sobre solamente cuatro actores, en uno de los repartos mejor escogidos de toda su filmografía, y los cuatro dan interpretaciones estupendas. Hay que empezar inevitablemente por una recuperada Diane Keaton, musa de Allen en sus comienzos y con una indudable “vis cómica” de la que carece Mia Farrow. Prácticamente gira en torno a ella toda la primera mitad de la película, y es sorprendente el cambio de actitud que en ella se produce respecto al caso, de un interés incontestable hasta el escepticismo más absoluto. Bien escoltada, además por Woody Allen, quien hace, como siempre, de Woody Allen, reservándose lo mejor de sus propios diálogos y con perlas como “Cada vez que escucho a Wagner me entran ganas de invadir Polonia”, o “¡No me digas que me calme! Mi claustrofobia es universalmente conocida”. La química entre ellos no sólo no se perdió con el tiempo, sino que como los buenos vinos, mejora con la edad (es una pena que tras esta película no hayan vuelto a trabajar juntos). Las otras dos patas de este banco son Alan Alda, uno de los mejores actores vivos que existen aunque se prodigue poco, y Anjelica Huston, que tiene la manía de comerse ella solita todas las escenas en las que interviene, algo que repite aquí en un papel ciertamente corto como escritora de novelas, que hace surgir en Larry el interés por el caso y, a la vez, poner celosa a su mujer sin pretenderlo (¿o sí?).

El trabajo de los actores en este film se lleva casi el 90 por ciento de la cinta; del resto, poco que decir, pues son cosas habituales del cine de Allen: interiores naturales, iluminación poco o nada estridente, cámaras al hombro (todo esto gracias al extraordinario trabajo del fotógrafo italiano Carlo Di Palma, que trabajó con Allen hasta “Desmontando a Harry”), diálogos entrecruzados para dar sensación de realismo y, sobre todo, mucha música de jazz y swing, donde mi tema favorito es el “Sing Sing Sing” de Benny Goodman, presente en las dos escenas más de “acción” de la película (que no describo para no reventársela a nadie). Muchas referencias cinéfilas, centradas sobre todo en “Perdición” de Billy Wilder, y un nada disimulado homenaje a “La Dama de Shanghai”, de Orson Welles. Si uno se fija bien, la historia en cuanto a hilo conductor es realmente simple, y son sobre todo los elementos con que está decorada lo que hacen de esta película lo que es.

No voy a lanzarme a calificar esta cinta de obra maestra, porque me puede la predilección que siento por el neurótico neoyorquino éste (al que me dedicaré de cuando en cuando en “La Remington…”), pero sí creo que no me alejo demasiado si digo que está entre sus mejores películas, y que de hecho en esta tercera etapa, según la división que les hacía al principio, marca una cota que luego no ha sido capaz de alcanzar: por realismo, por animación, por lo divertida que es, por lo fácil de seguir la historia y de identificarse con los personajes. Y, sobre todo, porque tiene un punto muy a su favor: es una película que gusta y divierte, incluso a quienes no les gusta Woody Allen. A ellos precisamente se la recomiendo sin dudarlo.

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