After Hours (¡Jo, qué noche!)

Muchos se sorprenderán al leer el nombre de Martin Scorsese en los créditos de este film, pero es cierto: también hizo en su día esta estupenda comedia negra, negrísima, hoy más que olvidada de los grandes circuitos pero que es uno de los films con mejor pulso narrativo que he visto nunca.

Con una imaginería impactante desde el primer título, una aburrida oficina neoyorquina nos muestra a un procesador de datos aún más aburrido, Paul (Griffin Dunne), explicándole a un compañero de trabajo cómo funciona el sistema, ante la completa indiferencia de éste. Un pequeño salto en el tiempo nos muestra a Paul en un bar en el que conoce a Marcy (Arquette), una bella muchacha que le cuenta sus problemas y de la que consigue su número de teléfono y, poco después, una cita en el apartamento de ella, en el barrio del SoHo. Cuando Paul pierde el dinero para el taxi de vuelta, y comprueba que la chica no responde a sus expectativas, comenzará para él una odisea cada vez más surrealista y peligrosa en su desesperado intento para salir de ese extraño barrio y volver a su casa, en una noche que se convertirá en la más larga de su vida.

La primera vez que vi esta película recuerdo que casi se me quitaron las ganas de salir de noche, dada la cantidad de desgracias que sufre el protagonista y la gente tan extraña que se encuentra en su ¿pequeña? aventura. Y es que se sustenta, sobre todo, en su larguísima galería de personajes, a cuál más estrambótico que el anterior (una camarera histérica, una escultora sadomasoquista, una torpe pareja de ladrones, y no sigo para no desvelarlo todo), apoyados por actores de esos que se denominan “secundarios de lujo” y entre los que podemos encontrar incluso a futuras actrices de culto, como una irreconocible Linda Fiorentino. Griffin Dunne compone a la perfección el personaje de perdedor, habitual en su filmografía, y conforme avanza la acción su expresión de incredulidad va pasando con sutileza al auténtico terror, mezclado con la desesperación de una situación de la que no es capaz de salir por más que lo intenta. Aunque la película no es rápida, cosa que a lo mejor esperan ustedes por lo que les estoy contando, sino que más bien es pausada como la noche para ir “in crescendo” pero sin exageraciones, Scorsese no nos da un minuto de respiro en todo el metraje desde el mismo momento en que nuestro antihéroe se sube al taxi. Es realmente sencillo empatizar con Paul en sus infructuosos intentos por volver a su casa, y sentimos la misma angustia que él al recorrer esas calles mojadas, solitarias, con bocas de incendio rotas, farolas parpadeantes, pisos viejísimos con luces escasas, gritos en las esquinas y clubes nocturnos en los que no entraríamos ni por dinero. Todo ello está montado como un rompecabezas en que las piezas encajan perfectamente y donde no sobra una sola. El equipo que hace posible esto se compone, no en vano, de auténticos monstruos en su trabajo: Michael Ballhaus, que aprovecha la noche de Manhattan para hacer aún más tétricas las calles, más sórdidos los bares y pisos menos acogedores que algunas morgues. Thelma Schoonmaker, maestra de montadores, cortando planos en el punto justo. Y, sobre todo, uno de mis compositores favoritos, Howard Shore, especialista en lo que se llama “underscore”, es decir, música que suena de fondo subrayando la acción, pero que no trata de robar el protagonismo (suyas son, por ejemplo, obras como “El Silencio de los Corderos”, “La Mosca”, “Big”, o, más recientemente, “El Señor de los Anillos”). Aquí se recrea con una partitura relativamente sencilla, apenas unas pocas notas que se repiten y que se hacen patentes en los momentos de más tensión, y que a los que nos gusta esta película siempre asociamos con más de un callejón oscuro por el que hemos pasado alguna vez que otra.

“After Hours” es una comedia que juega con nuestros propios miedos, haciéndolos girar al más común de todos: el miedo a la oscuridad, a los monstruos que ésta genera, algo tan viejo como el mundo. Lo hace en clave de humor negro, pero pinchando el subconsciente del espectador en cada plano. No hace concesiones, ni da momentos de descanso. Incrementa la intensidad del terremoto a cada minuto, pero es capaz de retorcer las cosas sobre sí mismas hasta alcanzar el sorprendente final, que no les voy a revelar. Tiene en su haber el que todas las situaciones que presenta son perfectamente posibles, aunque algunas nos parezcan extrañísimas, y que los individuos que las llevan a cabo tienen cara de personas normales (dudo mucho que esta película se hubiese podido hacer con “estrellas”), lo que facilita que el espectador pueda sentirse parte del fondo, aunque la cosa luego se desmadre, y de qué manera.

Este inusual hito en la filmografía de Martin Scorsese muestra que no sólo es un magnífico director capaz de tocar todos los palos, sino que además lo hace con muchísima soltura. Cabría preguntarse cómo no ha vuelto a tocar el género de comedia, pero también es verdad que de su filmografía esta ha sido una de sus películas menos comerciales y menos valoradas. Si le echan un vistazo, no obstante, creo que coincidirán conmigo en la gran injusticia que con ella se ha cometido. Personalmente, la cuento entre mis favoritas.

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