Minority Report

Philip K. Dick es probablemente el autor de ciencia-ficción que con más éxito ha sido llevado al cine, posiblemente porque su obra y en particular sus relatos cortos dan un juego tremendo a la hora de adaptarlas, al ser el fondo de sus historias mucho más importante que los elementos “decorativos” de las mismas y da, por ello, oportunidad a los directores de desatar su imaginación a gusto. Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990) son los dos ejemplos más conocidos. El tercero es el film que nos ocupa hoy.

Estamos a mediados del siglo XXI. John Anderton es jefe de la Brigada PreCrimen, una unidad especial de la policía encargada de capturar a los criminales antes de que cometan sus delitos. Para ello cuentan con las predicciones de tres humanos superdotados: los “PreCogs”, que son capaces de ver e identificar a los delincuentes con una efectividad absoluta. El sistema aparentemente es un éxito y durante seis años la tasa de crímenes en Washington se ha reducido a cero, pero la llegada de Danny Witwer, agente especial encargado de supervisar su funcionamiendo y de encontrar algún fallo que demuestre su falibilidad, provocará un enfrentamiento entre éste y Anderton, que cree ciegamente en la labor de los PreCogs. Cuando Anderton descubre que va a ser acusado del asesinato de un hombre a quien ni siquiera conoce, se encuentra de repente ante un doble dilema: huir de la Justicia para probar su inocencia y, al mismo tiempo, plantearse dudas sobre el sistema que siempre defendió sin reservas.

Hace algunos años Spielberg no hubiese querido ni podido hacer esta película, no por el hecho de que sea de ciencia-ficción, uno de sus géneros favoritos, sino por lo oscuro e intrincado de la historia, muy alejada de sus luminosas obras de sus comienzos (Encuentros en la Tercera Fase 1977 o E.T. 1982). Sin embargo fue su incondicional admiración por Stanley Kubrick (que expresó su deseo de llevar la historia de Dick a la pantalla) y el rotundo cambio de sentido que sus films experimentaron desde “La Lista de Schindler” (1993) los que le dieron esta nueva visión del futuro, que ya experimentó en “A.I. Artificial Intelligence” (2001) con desigual resultado. Este nuevo film está repleto de referencias a clásicos de la ciencia-ficción y del cine futurista, con especial hincapié en “2001, una Odisea en el Espacio” (Stanley Kubrick, 1968), pero también con muchos guiños a la mencionada “Blade Runner”, a “La Naranja Mecánica” (Stanley Kubrick, 1971) , a “Desafío Total” e incluso a “Tron” (Steven Lisberger, 1982) y, aunque dista mucho de ser una película memorable, nos ha dado la oportunidad de volver a ver a un Spielberg muy vivo, con multitud de ideas y detalles, que ha filmado tras mucho tiempo de excesivo realismo una película cargada de imaginación y que puede llegar a enganchar.

Y es que visualmente la película aprovecha y mejora muchos de los trucos ya usados en el cine, pero también añade multitud de elementos que no aparecen en el relato original, incluyendo giros de trama que sorprenderán incluso a los que, como el que suscribe, lo leyeron poco antes. Sobre una base de tonos azules y plateados compone una atmósfera que, sin llegar a ser completamente opresiva ni antiutópica, sí consigue transmitir una cierta sensación de intranquilidad a lo largo de todo el metraje, y que además es consistente durante toda la película. Tanto es así que cuando se cuela algún verde más brillante nos sorprendemos, pero no tanto como el protagonista, a quien también choca esa repentina variación. Pero hay mucho más: golpes de efecto como ese detalle de los escáners oculares, primero mostrados en un centro comercial que identifica a los clientes en cada mínimo detalle y que les proporciona incesantemente ofertas adecuadas a sus gustos, y después empleados hasta el agotamiento en la fantástica escena de las arañas rastreadoras, donde se demuestra que Spielberg es un maestro en el rodaje de escenas de masas, incluso aunque en esta escena concreta parte de esa “masa” se componga de elementos generados por ordenador. Algo que, por cierto, está realmente conseguido, mucho más que en la mayoría de películas recientes, donde los CGI cantan por su cutrez y no son nada disimulados.

Si tuviese que poner en cada plato de la balanza los pros y contras de este film, dentro de los primeros pesaría mucho la ambientación, con un trabajo de decorados y fotografía que raya en lo sublime, pues no fía todo a escenarios góticos y asfixiantes, sino que emplea elementos cotidianos, reales o perfectamente plausibles, luces suaves y un vestuario muy adaptable a los tiempos actuales (hasta ahora, todas las películas que presentaban un vestuario “futurista” para el siglo XXI no han podido estar más alejadas de la realidad que ya conocemos, por lo que esto me parece todo un acierto). Los interiores de la sala de precrimen o del área de confinamiento, inspirados en buena parte en “Encuentros en la Tercera Fase” pueden casi tocarse con la mano, especialmente la piscina en la que dormitan los PreCogs, irritante de puro blanco, y la sala de análisis, con esas pantallas holográficas que entran y salen a las órdenes de John Anderton, en una estupenda coreografía de realidad virtual que ya quisiera un servidor para su trabajo.

En la parte negativa hay que hacer constar demasiadas cosas, sin embargo, por las que esta película es manifiestamente mejorable. La primera es la elección del protagonista, y es que Tom Cruise, a pesar de estar más contenido que otras veces, lastra demasiado la historia en su empeño por controlar demasiadas cosas (es el problema de Cruise y sus contratos, que especifican siempre un nivel de protagonismo que raya en lo divo). La profundidad que exige un personaje tan complejo como John Anderton, drogadicto y que se autoinculpa por la desaparición de su hijo, es algo a lo que el actor americano no llega por más que lo intenta. Por el contrario, Chris Farrell está bastante bien en su papel del implacable Witwer, y lo único que lamento es que no se le diese un papel más extenso, que mostrara el verdadero alcance presencial de este personaje. Pero Spielberg ha descuidado aquí la dirección de actores y, salvo Max Von Sydow, que tiene ya muchas tablas para saber lo que se hace él solito, el resto del reparto da interpretaciones bastante planas, desaprovechando auténticos talentos como el de Samantha Morton, en la que se atisba mucho más de lo que da en su papel de Agatha. Con todo, la combinación no resulta tan mala como para apartar la vista de la pantalla, pero no es fácil evitar la sensación de que se podía haber hecho mucho más.
Y otro punto en contra es, nunca me cansaré de repetirlo, la excesiva duración de esta cinta: 133 minutos, lo que para tratarse de la adaptación de un cuento corto es demasiado; quiero decir que si tienes que añadir cosas para que te salga un largometraje de una historia de apenas cuarenta páginas, si lo que se obtiene es un film de esa duración es que sobran demasiadas cosas, o se han alargado demasiado las que hay. Y de hecho, es ésto último lo que ocurre, en un par de escenas que acusan un excesivo sentimentalismo y que podían haberse recortado (que no suprimido) sin que por ello perdiese claridad la historia y sí, en cambio, ganando ritmo. La música es, por último, el otro punto gris del film, pues mientras que en las escenas dominadas por la Sinfonía “Inacabada” de Schubert, ésta contribuye decisivamente a la creación de la atmósfera buscada (y es el enésimo guiño a “2001”, concretamente a las escenas del interior del “Discovery”), en las de acción la música de John Williams se hace demasiado repetitiva, y digo esto mal que me pese, pues Williams es mi compositor favorito, pero una vez escuchada la banda sonora se nota su excesivo parecido a “Indiana Jones y la Última Cruzada” y, en las escenas de persecución, a “El Retorno del Jedi”. Viendo su posterior trabajo en “Atrápame si puedes” (“Catch me if you can”, 2003), infinitamente superior, da la impresión de que la composición para “Minority Report” la hizo sin muchas ganas, con lo que el borrón es dolorosamente mayor.

¿Me ha gustado entonces la película, habiendo dicho todo esto? Pues aunque parezca extraño, sí, bastante, porque Spielberg sigue teniendo ese don de saber en cada momento lo que el público va a ver en pantalla en cada instante, mientras está rodando, y eso se nota en cada plano, a pesar de los fallos, y se nota que en esta película le ha puesto bastante entusiasmo y oficio, aunque menos atención a los detalles de lo que debiera. El resultado es una buena cinta de ciencia-ficción que deja muchos detalles en la memoria y realizada a partir de un material de primera, y eso es algo que se agradece mucho. No es ni mucho menos su mejor trabajo, pero se ven destellos de mucha calidad y una vuelta a los orígenes del director, entintado con una oscuridad impensable en él hace algunos años. Sale airoso, sí, y la película es resultona, aunque siempre quedará esa pelusilla de que, tratándose de Steven Spielberg, la cosa daba para muchísimo más. Es el problema de seguir queriendo hacer un cine esencialmente familiar, aunque no perdemos la esperanza de que siga por el buen camino, ahora que por lo menos parece que lo ha reencontrado, siquiera el arcén.

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