El Planeta de los Simios

De la ficha técnica se desprende que voy a comentar el film de 1968 de Franklin Schaffner, y no el remake de Tim Burton de 2001, que no he visto pero que me resulta innecesario, habida cuenta de que hablamos de una película ésta que me parece inmejorable, hecha con un presupuesto que es la vigésima parte del de la nueva versión. Money, money…

Estamos en 1973. Una nave norteamericana se adentra 300 años en el espacio exterior a velocidad de la luz, lo que supone al mismo tiempo un viaje hacia el futuro equivalente a 2000 años terrestres. La nave se estrella en un inhóspito planeta y los tres tripulantes que sobreviven se ven obligados a abandonarla. En la búsqueda de posibles restos de vida, Taylor, Landon y Dodge encuentran unos seres de apariencia humana pero aparentemente anclados en la era de las cavernas y que no son capaces de emitir sonido alguno. No tardarán en descubrir que la verdadera especie que gobierna el planeta está formada por simios extremadamente inteligentes y que cazan a los humanos para su estudio y por diversión. Durante la cacería, Dodge muere y sus compañeros son apresados. Taylor, temporalmente mudo por una herida en la garganta, es encerrado en el complejo científico donde la doctora Zira y el antropólogo Cornelius se sienten fascinados cuando descubren que es capaz de razonar y de escribir, lo que demostraría su teoría de la Evolución, algo que es considerado herejía tanto por el científico que dirige el complejo, Dr. Zaius, como por los gobernantes de su especie. Cuando Taylor descubre que los humanos (entre ellos su compañero Landon) están siendo utilizados para experimentos de cirugía cerebral, y que él está destinado a correr la misma suerte, consigue escapar ayudado por Cornelius y Zira y, acompañado de Nova, una bella humana de la que se enamora, se interna dentro de la Zona Prohibida, el lugar donde se estrelló su nave, vetado a los simios por Ley durante más de mil años. Allí encuentra pruebas de que, efectivamente, existió una civilización humana inteligente anterior a la de los simios, lo que explica la obsesión de Zaius por deshacerse de él. Taylor huirá de la civilización simia a la búsqueda de su destino… un destino que ni él mismo es capaz de imaginar.

Es raro encontrar una película en la década de los sesenta en la que todas las piezas encajen tan bien como en ésta. Con un presupuesto relativamente reducido, aunque con un gasto excepcional en maquillaje (cuyos diseños y realización le valieron un “Oscar” honorífico a John Chambers), el film de Schaffner es una antiutopía en la que se critican despiadadamente las miserias de la condición humana. En cada escena, en cada línea de guión, se golpea una y otra vez a nuestra conciencia sin dar un minuto de respiro. Desde iniciada la película, antes de dar el salto en el tiempo, el discurso que graba Taylor para las generaciones futuras es una crítica al mundo que los astronautas dejan atrás. Taylor no es sólo el jefe de la expedición, es también una suerte de predicador que ha de llevar a su rebaño hacia una civilización distinta (“Mis sueños no son como los tuyos. [A Landon] No puedo evitar pensar que en algún lugar del Universo debe de haber algo mejor que el hombre. Tiene que haberlo”). Una carencia de fe, cuyo motivo que se ve reflejado en él mismo en el momento en que encuentran a los humanos mudos, primitivos (“Si esto es lo mejor que tienen, estaremos gobernando este planeta en tres meses”), justo antes de tornarse en presas a merced de los simios mientras una mueca de incredulidad preside su rostro ante lo que está viendo.

La película se convierte en ese momento en un “patas arriba” de cabo a rabo, pues Schaffner refleja de manera muy ácida el comportamiento humano, dibujándolo en cada rasgo del carácter de los simios: el mal trato a los humanos-animales enjaulados, su uso para experimentos médicos y su posterior disecación para colocarlos en un museo, son sólo ejemplos de lo que se hace con quienes no son de su especie. Pero hay mucho más que eso, pues incluso entre los simios hay clases bien definidas y que compiten entre ellas: los gorilas, en los puestos de mando y con el pelaje rubio (el Doctor Zaius); los orangutanes, empleados en tareas secundarias (como Julius el vigilante de las jaulas del complejo científico) o de cazadores; y los chimpancés, a priori los más inteligentes y quienes se cuestionan más los principios morales de su especie, pero que precisamente por eso son apartados de los puestos decisorios, como se refleja en los científicos Cornelius y Zira. Curiosamente, cada especie no sólo se define por sus características externas, sino por el color y el estilo de su vestimenta, donde a los humanos no se les permite llevar más que unos andrajos e incluso eso se considera indecente y sucio, como se ve en la escena del juicio a Taylor, en la que se le obliga a comparecer desnudo.

La religión tampoco sale bien parada, desde luego, y es que la sociedad simia es en buena medida teocrática. El Dr. Zaius no es sólo el jefe científico, sino el guardián de la fe, fe que se sustenta en las palabras y los hechos de su “Legislador”, una figura mesiánica a la que se rinde culto público y cuya palabra es considerada ley indiscutible y fundamento de la sociedad, pero que al mismo tiempo sirve de escudo ante los posibles, terribles (para quien gobierna) avances de la ciencia, algo particularizado en una “Teoría de la Evolución” (eso sí, inversa de la darwiniana) que, aún hoy día, es algo inaceptable para los sectores religiosos más radicales (empezando por ciertas confesiones cristianas). La implacable persecución a la que somete a Taylor, que representa justo lo contrario de lo que él está obligado a defender, se expresa primero como una expresión de superioridad racial (“Sugerir que se puede aprender algo de la naturaleza simia a partir del estudio del hombre es una estupidez [...] Cuanto antes sea exterminado, mejor. Es una cuestión de supervivencia”), luego como desatado odio racista (“¡Es usted una amenaza! ¡Una pestilencia andante!”) y, más adelante, como puro y simple miedo ante algo que, efectivamente, conoce de sobra, como Taylor es capaz de prever durante su encierro y posteriormente , en la incursión dentro de la Zona Prohibida. La acusación a la propia irresponsabilidad del ser humano, a su arrogancia y a su afán destructivo deja de la sutilidad de los primeros dos tercios de la película para ser directa y sin tapujos hacia la última parte, y de nuevo ha de ser el Dr. Zaius quien la haga, en esta desgarradora escena:

Zaius: “[...] Siempre supe de la existencia del hombre. De la evidencia creo que su sabiduría debió de ir de la mano de su estupidez. Sus emociones gobiernan a su cerebro. Es una criatura guerrera, capaz de luchar con todo lo que le rodea, incluido a sí mismo”.

Taylor: “¿Qué evidencia? No hay armas en esa cueva”.

Zaius: “Antes la Zona Prohibida era un paraíso. Tu raza la convirtió en un desierto hace siglos”.

Actitud que se vuelve incluso protectora casi llegando al final, en el momento de la huida de Taylor: “Tenga cuidado con lo que busca, Taylor. Lo que encuentre podría no gustarle”, dando a entender que, aun abominando de todo lo que significa la raza humana (“Toda mi vida he esperado y temido su llegada”), ni siquiera el hombre es tan fuerte como para enfrentarse a su propia naturaleza. Es también de claridad meridiana, casi insultante, en la penúltima escena, en la que el sobrino de Zira, Lucius, pregunta a Zaius cuando éste ha tomado la decisión de ocultar para siempre la cueva, qué pasa entonces con el futuro, a lo que Zaius responde: “Quizás os he salvado de él”. Otra bofetada más a la conciencia.

Leyendo todo lo anterior puede parecer una película densísima, incluso demasiado compleja, pero la gran virtud que tiene este nada disimulado alegato antibelicista es, precisamente, su simpleza, su claridad, lo brutal y a la vez impactante de su mensaje (y todo en apenas una hora y cuarenta minutos de metraje). Realmente ocupa poco todo el diálogo que se escucha en el film, pero no tiene una sola frase fuera de lugar, ni una conversación banal, y las pinceladas de humor que se vislumbran en algún que otro momento no hacen sino reforzar el contenido de lo que se quiere decir. Esa es la principal pieza de las que les hablaba al principio, y sobre ella se hacen encajar todas las demás: la muerte de la única mujer de la expedición, la travesía por el desierto hasta llegar a la selva poblada por humanos, la inquietante ciudad de los simios, esculpida en piedra y con calles y edificios silenciosos, casi solitarios, que Taylor va recorriendo durante su primer intento por escapar hasta encontrarse con el cadáver disecado de su compañero Dodge (todo ello subrayado con las notas de una de las mejores y más intranquilizadoras partituras de Jerry Goldsmith… les aseguro que esa música transmite la misma sensación escuchada en disco, sin las imágenes delante). Pero la genialidad está también en la escena del juicio, batalla dialéctica entre Cornelius, incrédulo al principio pero luchador por la ciencia al fin y al cabo, y Zaius, que hace valer el peso de la tradición sobre el del sentido común, y en la que Taylor se retuerce ante su propia imposibilidad de defenderse de la sinrazón de quien le juzga (como ocurría hace siglos y sigue ocurriendo en según qué dictaduras, o democracias disfrazadas). Está, igualmente, en la inversión de papeles entre humanos y simios, reflejada durante el encierro de Taylor y su interacción con ZiraY, por supuesto, está en la intensísima escena de la cueva: Aquí es Taylor-Heston quien acaba llevando el peso de toda una raza sobre sus hombros, y por lo que es incansablemente acosado, al igual que Moisés, pero con la diferencia de que en esta ocasión es un personaje irredento, que no puede escapar a su propia naturaleza y que ha de enfrentarse al hecho de que proviene de una especie supuestamente evolucionada, pero que no ha hecho más que colapsar sobre sí misma, una certeza que le ha ido acompañando desde el principio (antes como una especie de filosofía en la que tampoco cree, después como una sombra que le envuelve sin resquicio), y que crece exponencialmente en su entendimiento conforme va atando los cabos sueltos, que le van a conducir hasta el implacable, indescriptible final.

Porque la cumbre de “El Planeta de los Simios”, de la original, de la buena, es sin ninguna duda su FINAL con mayúsculas, el “final perfecto”, en boca de muchos críticos, la clave del misterio, la alegoría más desgarradora, más desoladora, la que no deja medias tintas ni el más mínimo hueco a la imaginación. Uno de los finales que más desazón dejan en el espectador que se ha dejado atrapar por la imaginería de esta película y por la historia que cuenta, y la razón por la que este film se graba con letras de fuego en la Historia del Cine, del Cine como Arte. Es el final, que no quiero contar aquí para quien no lo conozca, el impacto hecho cine, la cima de la imagen fija, el perfecto colofón a una historia que nos resulta demasiado cercana, a pesar de que se rodase hace treinta y cinco años en un mundo tan convulso como el actual, de forma que al presenciarlo no podemos evitar unir nuestra voz a la de Taylor, gritando con rabia hacia el infinito: “¡¡¡MALDITOS SEÁIS TODOS!!!”

Comentarios
  1. Fleder :  4.12.09

    Nunca pude verla completa… lo peor es que la única vez que la enganché, vi casualmente el final… je.

Deja tus diálogos:

'Nombre', 'Correo' y 'Comentario' son campos requeridos.

Nombre

Correo Electrónico

Página Web

[Ayuda Textile]

 — 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo una Licencia Creative Commons. El resto son propiedad de sus respectivos autores.
Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir).
Gestionado con Textpattern.


Datos de Taquilla