Las películas de James Bond (I): Los villanos

Mi última adquisición “Amazónica“ ha sido el film “outsider” de James Bond, “Nunca Digas Nunca Jamás”, que supuso una pequeña venganza de Sean Connery contra el personaje que le llevó a la fama y, al mismo tiempo, una de las películas más divertidas de la serie, aunque estuviese fuera de la franquicia “oficial” de la productora EON. Y en vez de ponerme a escribir un artículo sobre ella, se me ha ocurrido comenzar una serie irregular sobre el personaje de James Bond en el cine. Digo irregular porque la periodicidad será bastante caótica, porque no sé cuántos capítulos tendrá y porque ni siquiera sé si la llegaré a terminar o si la interrumpiré a mitad por aburrimiento. ¡Ah, todo puede ocurrir!

Y comenzamos esta serie no con un análisis del personaje, sino precisamente de sus némesis, de la razón de ser de Mr. Bond: los villanos, los malvados, los “malos”, en definitiva. Y es que los malvados en las películas del agente 007, siendo como son todos distintos, tienen varias características en común, a saber:


  • Son inmensamente ricos, y viven en lugares imposiblemente bien equipados, casi autosuficientes.

  • Tienen un defecto, físico o psíquico, que puede ser relevante o no en su comportamiento.

  • Suelen estar escoltados, o ayudados, por bellezas de maldad comparable a la suya.

  • Emplean métodos realmente refinados para acabar con sus adversarios o con quienes les estorban

  • Tienen dos objetivos básicos, que pueden ir juntos: la dominación total del mundo y el incremento de sus ya considerables fortunas.

  • Y lo más importante: odian a muerte a James Bond 007 al servicio de Su Majestad británica, y harán todo lo posible por cargárselo de la manera más humillante a su alcance.

Como ven, auténticas joyitas que, sin embargo, han conseguido amasar su capital y su poder durante años de haber aparentado ser respetables hombres de negocios o misteriosos ermitaños entregados a sus investigaciones. Y es justamente cuando deciden dar el paso adelante y reclamar el lugar en el mundo que creen que les corresponde, es cuando entra en acción el agente secreto más famoso del mundo, encargado de aguarles la fiesta y, por el camino, pegar unos cuantos tiritos para justificar los dos ceros que hay en su número. Y es que todos estos villanos cometen siempre el mismo fallo, y es querer liquidar a Bond de formas estilísticamente bellas, cuando realmente les sobran momentos y personal para simplemente meterle una bala entre las cejas. Pero no pueden hacer eso… dañaría su reputación de “malos con estilo”.

Porque estilo tienen, eh, hay que reconocer que casi todos los adversarios de Mr. Bond tienen la irritante costumbre de que acaban cayéndonos bien. Fijémonos en los considerados más carismáticos: por ejemplo, el primero de todos, el pionero… el Doctor No (Joseph Wiseman en “007 contra el Doctor No”, Terence Young, 1962), mitad chino, mitad británico, residente en la inexpugnable isla de Crab Key, frente a Jamaica. Con manos ortopédicas a causa de un accidente nuclear, vestido siempre de cuello alto y sin perder el ríctus inquisitivo en ningún momento, el Dr. No es el prototipo de lo que luego van a ser los villanos en la serie: flemático, frío, de vuelta de todo y con el único propósito de encumbrarse a sí mismo al tiempo que reduce a la nada a sus enemigos, No es miembro de la Sociedad Polivalente Ejecutiva para el Chantaje, Terrorismo, Revancha y Aniquilamiento (SPECTRA / SPECTRE), mencionada apenas de pasada en este film y cuyo propósito es ejercer de dueños del mundo en la sombra, bajo la amenaza permanente de un holocausto nuclear. Las investigaciones del doctor No en energía atómica le han convertido en un peligroso personaje, que se ha mantenido apartado de los curiosos gracias a una fuerza de seguridad que no se anda con chiquitas y a un dragón mecánico que ahuyenta a los curiosos. Prometedor, ¿verdad?

Pues la cosa va en aumento, y en cada film se riza el rizo de la espectacularidad, por un lado, y del retorcimiento del malo maloso, por el otro. Entre todos ellos brilla con luz propia Auric Goldfinger (Gert Fröbe en “Goldfinger”, de Guy Hamilton, 1964), un industrial cuya obsesión por el oro es sólo comparable al odio que siente por 007. Un personaje con hechuras de Buda loco, aficionado a hacer trampas, ya sea en un juego de póker o en un campo de golf y que tiene el honor de haber intentado acertar a Bond donde más le hubiese humillado, en aquella legendaria escena con 007-Connery tumbado sobre una camilla de oro mientras un láser industrial avanza peligrosamente por su entrepierna. Pero no sólo eso, además Goldfinger es responsable del cadáver más exquisito de toda la serie Bond: me refiero, naturalmente, a la bella Jill Masterson (Shirley Eaton), primero ayudante de Goldfinger en sus trampas en el juego, y luego convertida en estatua de oro tumbada boca abajo sobre la cama de un hotel cuando el villano descubre que le ha traicionado, en una de las escenas más emblemáticas de la franquicia Bond. Goldfinger, desde luego, quedaría cojo si no fuese por sus dos asociados: el coreano OddJob (Harold Sakata), que entre otras manías tiene la de decapitar estatuas con el ala reforzada de su sombrero, y la ambigua Pussy Galore (Honor Blackman), piloto jefe de la flota de Goldfinger y, en última instancia, clave de su propia derrota (la censura de la época impidió que el personaje de Galore fuese una lesbiana, tal y como aparecía en la novela de Fleming). Vaya tres pates pa un bancu, que diría un asturiano.

Y es que a veces son los malos secundarios los más interesantes, mucho más que el principal. En “Vive y deja morir” (“Live and let die”, 1973, Guy Hamilton) el pez gordo es Mr. Big/Dr. Kananga (Yaphet Kotto), un personaje esencialmente antipático, mientras que es su ayudante, Tee Hee (Julius Harris) quien consigue engancharnos desde el principio, con esas gafas oscuras, esa sonrisa malévola, cargada de dientes blanquísimos y, sobre todo, esa tenaza que suple a su mano izquierda y con la que el cuello de Bond-Moore llega a correr serio peligro en más de una ocasión. Si a él le añadimos al ¿inexistente? Barón Samedi (Geoffrey Holder), al taxista chistoso (Arnold Williams) y al improbable “Susurro” (Earl Jolly Brown), pues sí, en esta primera película de la etapa Roger Moore hay que reconocer que los secundarios están mucho mejor logrados que los principales, bastante asépticos en su mayoría.

Otro ejemplo de ello podría estar en el personaje de “Tiburón”, o “Mandíbulas” (Richard Kiel en “La espía que me amó”, 1977 y “Moonraker”, 1979, ambas de Lewis Gilbert). Aunque en ambos films es un asesino a sueldo del principal villano (Carl Stromberg en la primera, Sir Hugo Drax en la segunda), su presencia es claramente mucho más impactante que la de ellos. No es para menos, habida cuenta de que no se encuentra uno todos los días con un individuo de 2,18 metros y refuerzos de acero inoxidable en la dentadura que le convierten en una máquina de matar con patas. Y si a eso se le suma su innata capacidad para salir sin un rasguño de caídas, golpes, atropellos e incluso explosiones (¡es que ni Bond se le acerca en dureza, caramba!), pues te sale un chico ciertamente correoso, incluso para 007.

Para mi gusto, el último gran, gran villano Bond en el sentido clásico de la serie es Max Zorin (Christopher Walken en “Panorama para matar”, 1985, John Glen). Un psicópata fruto de la ingeniería genética alemana durante la Segunda Guerra Mundial y dueño de la más importante empresa de tecnología del mundo, cuyo plan es hacer saltar por los aires la costa de California, Silicon Valley incluido, y forjar su propio imperio a partir de los circuitos integrados. De un sadismo raramente visto en los villanos Bond, Zorin disfruta matando personalmente a sus “obstáculos” de la manera más brutal posible, delegando ocasionalmente ese privilegio en su mano derecha, la feísimamente escultural Mayday (Grace Jones), que emplea métodos tan sutiles como una mariposa metálica impregnada de veneno o las escaleras plegables del dirigible de Zorin. Pero la escena más impactante de la película la protagoniza el propio malvado cuando, una vez el trabajo en la caverna ha terminado, y tras dar las gracias a sus trabajadores, agarra una metralleta y se dedica a liquidarles “fuego a discreción” mientras ríe a carcajadas. Incluso cuando Bond está a punto de matarle es capaz de seguir riendo justo antes de caer al vacío desde el Golden Gate de San Francisco, lo que da una idea del estado mental del personaje, un tanto errático, pero genial en su concepción. Después de eso, ninguno ha estado a la altura de las circunstancias, en parte también porque se crea un nuevo estereotipo de villano que se sale bastante del original: sigue siendo frío y calculador, sigue siendo ambicioso y sigue estando un poco (bastante) ido de la olla, pero le falta la sutilidad de los clásicos. Los nuevos malos de la serie Bond son, o demasiado toscos, como el triste Franz Sánchez (Robert Davi) en la infumable “Licencia para matar” (Licence To Kill, 1989, John Glen) o insustanciales, como el desaprovechadísimo magnate de prensa Elliot Carver (Jonathan Pryce) en “El Mañana Nunca Muere” (Tomorrow Never Dies, 1997, Roger Spottiswoode). Vamos, que tienen todos los medios a su alcance, están interpretados por buenos actores, pero no son capaces de llegar a lo que de ellos se espera; el agente 007 acaba viniéndoles demasiado grande. Se salva a ratos Robert Carlyle, en su papel de Renard en “El Mundo no es Suficiente” (The World is not Enough, 1999), bien acompañando por una Sophie Marceau con síndrome de Estocolmo y que responde al sugerente nombre de Elektra King, en la que para mí es la mejor película hasta ahora de las de Pierce Brosnan, porque francamente, de la última, mejor no hablar, y menos del carapapa que ha conseguido que, por primera vez, el malo de una película Bond parezca directamente un estúpido (un tal Toby Stephens, se lo nombro para que lo eviten en la medida de lo posible).

Y no, no me olvido del principal, sino que he querido dejar para el final al malo entre malos, al villano “jefe”, al único que ni siquiera necesita mostrar su rostro para ser temido. Es quien mueve los hilos de los poderosos y el único capaz de enfrentarse de igual a igual a 007. Me estoy refiriendo, desde luego, a (voz cavernosa) Ernst Stavro Bloefeld, número uno de SPECTRA. Bloefeld es el mal hecho carne: dotado de una excepcional inteligencia, generoso en sus recompensas pero inflexible e implacable con los fracasos, no tiene reparos en enviar a una de sus colaboradoras al fondo de una piscina llena de pirañas (en “Sólo se vive dos veces”, 1967, Lewis Gilbert), o electrocutar en su propia silla a quien ha intentado ocultarle ganancias (en “Operación Trueno”, 1965, Terence Young), aunque prefiere que sus empleados le hagan el trabajo sucio. James Bond está en su punto de mira permanente y tratará de eliminarlo en cada oportunidad. Si excluimos a Goldfinger, posiblemente las mejores escenas entre los villanos están protagonizadas por Bloefeld, que ha sido interpretado por cinco actores diferentes: Anthony Dawson (voz) en “Desde Rusia Con Amor” y “Operación Trueno”, donde no se le ve el rostro; Donald Pleasence en “Sólo se vive dos veces”; Telly Savalas en “007 al servicio secreto de Su Majestad” (On Her Majesty’s Secret Service, 1969, Peter Hunt) Charles Gray en “Diamantes para la eternidad” (Diamonds Are Forever, 1971, Guy Hamilton) y Max Von Sydow en “Nunca Digas Nunca Jamás” (Never Say Never Again, 1983, Irvin Kershner). Y, por supuesto, el jefe debe rodearse de los mejores, lo que queda bien patente en “Desde Rusia con Amor” (From Russia With Love, 1963, Terence Young), donde es maquiavélicamente secundado por la terrible Rosa Klebb (una Lotte Lenya que dio nuevo sentido a la palabra “maldad”) y el efectivo asesino “Red” Grant (Robert Shaw, en su primer papel de verdadero alcance). O en “Nunca Digas Nunca Jamás”, donde bajo su mando directo tiene nada menos que a Maximilian Largo (Klaus Maria Brandauer) y a Fatima Blush (Bárbara Carrera), muy pero que muy pasados de vueltas, como corresponde a los genuinos villanos que no sean Ernst Stavro Bloefeld. Por otro lado, su inseparable mascota, un gato de angora blanco (que se convierte en verdadero protagonista en “Diamantes para la eternidad”), le da un mayor aire tenebrista al asunto, pues es capaz de dar órdenes para el terror mientras está sentado acariciándole el lomo. En ocasiones, incluso, el gato gruñe como para dar su aprobación o rechazo al plan urdido por este genio del mal.

El personaje de Bloefeld estuvo rodeado de polémica, sin embargo, y no volvió a aparecer hasta muchos años después. Las razones no fueron artísticas sino legales: Ian Fleming, creador de James Bond, sólo hace aparecer a Bloefeld y a SPECTRA en la novela “Operación Trueno”, escrita junto con Kevin McClory. Tras el éxito de las novelas primero y de las películas, después, McClory demandó a los herederos de Fleming reclamando que él había inventado tanto al personaje como a la organización criminal para dicha novela. Cuando los tribunales le dieron la razón y le concedieron la autoría, McClory aparentemente puso exigencias inaceptables para la subsiguiente utilización en los filmes, que ni EON Productiones ni la United Artists, distribuidora de la franquicia, estaban dispuestos a aceptar. Para zanjar el asunto, en 1981 a Albert R. Broccoli, alma mater de la serie Bond, se le ocurrió introducir una escena al principio de “Sólo para sus ojos” (For Your Eyes Only, 1981, John Glen) en la que un villano calvo de asombroso parecido con Bloefeld (a quien nunca se nombra) es finiquitado al arrojarlo Bond por la chimenea de una fundición desde un helicóptero, dando a entender que el personaje no era en modo alguno imprescindible para el éxito de la serie (algo con lo que el que suscribe no está de acuerdo en absoluto). Y en 1983 Kevin McClory impulsa su propio film de Bond, que por la sentencia judicial debía ser un “remake” de “Operación Trueno”, y en la que sí aparece de nuevo (y hasta ahora por última vez) la organización SPECTRA y su indiscutible líder. Fue la ya mencionada “Nunca Digas Nunca Jamás”.

Pero Bloefeld estará siempre en lo alto de la pirámide de malvadísimos que ha debido de encontrarse Bond a lo largo de su carrera. Estará, naturalmente, junto a Goldfinger, el mejor de todos aunque no contase con el beneplácito de SPECTRA. Son esas muescas en la Walther PPK de Bond las que han dado la fama al agente secreto, y hace que los malos se lo piensen dos veces antes de acabar con el asunto por la vía rápida. A fin de cuentas, nadie se creería que Bond ha muerto de un tiro por la espalda, ¿verdad?

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Otros villanos Bond de cierta entidad y no mencionados arriba (por orden cronológico):

  • Emilio Largo (Adolfo Celi, en “Operación Trueno”)
  • Mr. Wint y Mr. Kidd (Bruce Glover y Putter Smith, en “Diamantes para la Eternidad”)
  • Francisco Scaramanga (Christopher Lee, en “El Hombre de la Pistola de Oro”, Guy Hamilton, 1974).
  • Knick Knack (Hervé Villechaizé, en “El Hombre de la Pistola de Oro”)
  • Carl Stromberg (Curd Jürgens, en “La Espía que me Amó”)
  • Sir Hugo Drax (Michael Lonsdale, en “Moonraker”)
  • Aristóteles Kristatos (Julian Glover, en “Sólo para sus ojos”)
  • Kamal Khan (Louis Jourdan, en “Octopussy”)
  • Gobinda (Kabir Bedi, en “Octopussy”)
  • Georgi Koskov (Jeroen Krabbé, en “007: Alta Tensión”, 1987, John Glen)
  • Nekros (Andreas Wisniewski, en “007: Alta Tensión”)
  • Boris Grishenko (Alan Cumming, en “Goldeneye”, 1993, Martin Campbell)
  • Xenia Onatopp (Famke Jannsen, en “Goldeneye”)
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