Ultimátum a la Tierra

Por “Serie B” entendemos películas de bajo presupuesto, lo que no implica necesariamente que sean de baja calidad. “Ultimátum a la Tierra” es aparentemente una producción de serie B de la Fox, que con el tiempo se ha logrado convertir en uno de los clásicos imprescindibles del género de Ciencia-Ficción, aunque mi opinión es que catalogar este film dentro de tal género es una simplificación demasiado apresurada, pues la película tiene mucho más trasfondo que el que ese calificativo implica.

Un platillo volante aterriza en pleno Washington a la luz del día. Ante las miradas de miles de curiosos y la atenta vigilancia del ejército, de su interior surge Klaatu, un alienígena de aspecto humano que afirma venir en son de paz. Tras él aparece Gort, un gigantesco androide, aparentemente indestructible y de poder casi infinito. Herido por el disparo de un soldado, Klaatu es recluido en un hospital en el que se entrevista con el Secretario de Estado norteamericano y le solicita una reunión de los jefes de Estado de todas las naciones para poder comunicarles el motivo de su misión. Ante el rechazo de éstos y la manifiesta hostilidad de la mayoría de la gente, Klaatu escapa de la clínica y, bajo el nombre de Carpenter, busca refugio como un humano normal, alquilando una habitación en la casa de la señora Barley. Allí conoce a Helen Benson y a su hijo Bobby quien queda inmediatamente fascinado por le inteligencia de Mr. Carpenter y le propone visitar a uno de los hombres más brillantes del planeta, el profesor Barnhardt. Klaatu decide entonces que lo que no le es posible explicar a los políticos, podría serles trasladado por sus científicos y, así, explica su plan al profesor, quien acepta el reto de reunir a las mejores mentes del planeta para escuchar lo que el extraterrestre tiene que decir. Como muestra del poder de los visitantes, Klaatu provoca un corte de la electricidad a escala planetaria durante media hora, a fin de convencer a sus habitantes de la necesidad de que le escuchen. Pero Klaatu trabaja también contra el tiempo, pues el ejército estrecha el cerco sobre él para capturarle… vivo o muerto.

Probablemente si esta película se hubiese hecho hoy, algún cenutrio la habría visto como una justificación de la guerra preventiva, por frases como “no podemos permitir que salgan de su planeta y amenacen al resto de mundos”, cuando lo cierto es que no existe un alegato pacifista tan simple y a la vez tan bello como el de esta historia. La llamada “misión” de Klaatu no es sino un “Macguffin” muy bien elaborado para mostrar en esta película varias de las reacciones humanas más oscuras: el miedo y el recelo ante lo diferente, lo desconocido, que se muestra en los rostros de los soldados al enfrentarse por primera vez al alienígena, en el pueblo llano cuando Klaatu escapa del hospital, e incluso en los científicos cuando el platillo volante despega rumbo a su planeta. Pero también se denuncia la falta de voluntad derivada de esos recelos, cuando el secretario de Estado afirma que los líderes de las naciones se negarían a sentarse en la misma mesa, haciendo imposible la petición de Klaatu. Como en todo mensaje antibelicista, se incide mucho en esa insistencia que tiene el ser humano por autodestruirse, a sí mísmo y a su propio hábitat; no hay que olvidar que esta película se rueda en los primeros años de la llamada era atómica, cuando el miedo a una guerra nuclear empezaba a hacerse patente en la incipiente escalada armamentística. Así pues, tan claro es lo que la película dice como a quién se está dirigiendo. Klaatu no dice “si persisten en su error, les destruiremos”, sino, simplemente, “la Tierra será destruida”; es decir, entrega a la raza humana la responsabilidad de su propio colapso.

Pero, además del fondo de “Ultimátum a la Tierra”, que es lo principal en lo que el espectador se fija, el envoltorio tampoco desmerece, gracias al oficio de Robert Wise, que aquí hace uno de sus primeros trabajos como director, y que continuaría más adelante con producciones mucho más elaboradas (y caras), y tan dispares como “¡Quiero Vivir!” (I Want To Live, 1958), “West Side Story” (1961), “Sonrisas y Lágrimas” (The Sound Of Music, 1966) o “Star Trek, La Película” (Star Trek, The Motion Picture, 1979). Yo lo veo como una director tipo Cecil B. DeMille en la factura de sus películas, con la gran diferencia de que en Wise el componente profundo, filosófico si lo prefieren, es mucho mayor que en las epopeyas de DeMille., mucho más enfocadas al entretenimiento. De todas formas, puesto que este film es anterior a esa época de grandes producciones, no le busquen efectos especiales de gran espectacularidad; a decir verdad, algunos están bastante conseguidos, como la apertura y cierre de las compuertas del platillo volante, sin dejar una sola grieta (un truco simple pero eficaz como pegar una tira adhesiva en la juntura y pintar sobre ella), y otros son ciertamente cutres, como el sonido de la nave al despegar, que es claramente el de un helicóptero o un ventilador gigante. El detallismo, no obstante, se observa en la demostración de poder de Klaatu: dejar por media hora sin electricidad en todo el planeta, pero eso sí, con las notables excepciones de, por ejemplo, hospitales o aviones en pleno vuelo. Es un matiz que muestra cómo a pesar de los pocos medios, Wise tiene la película muy bien planificada. Fallan quizás los personajes, o al menos se me antojan un tanto cortos de ideas,, ya que si bien Michael Rennie está más que correcto como el extraterrestre, y Billy, el hijo de Helen, es uno de los pocos personajes infantiles en el cine que no está planteado como un sabihondo insufrible (lo hace muy bien el crío, es una agradable sorpresa), a Patricia Neal le faltan un par de hervores, teniendo en cuenta que su personaje de Helen va a resultar clave para el final de la historia, merced a una frase que ha convertido a esta película en objeto de culto: la archiconocida “Gort! Klaatu Barada Nikto!”, para avisar al enorme androide del peligro que corre su compañero. Una frase que ha sido citada después en múltiples ocasiones, e incluso homenajeada sin disimulo en “El Ejército de las Tinieblas” (Army of Darkness, 1993), de Sam Raimi. La codicia humana está, por otra parte, representada por el personaje de Tom Stevens (Hugh Marlowe), quien no duda en comunicar al ejército el paradero de Klaatu ante la perspectiva de fama y fortuna, sin importarle las posibles consecuencias para la Humanidad, ni su supuesto amor por Helen: “Cambiarás de idea cuando veas mi foto en los periódicos”, le espeta brutalmente antes de hacer la fatídica llamada.

Un clásico de la ciencia ficción y del cine antibelicista, un alegato por la paz y contra la estupidez y los prejuicios humanos, sobre todo (hay que observar que se hace poco hincapié sólo en los gobiernos, y se extienden los defectos a toda la especie, lo que es bastante más realista). Un film con diálogos e imaginería de culto, que ensalza al mismo tiempo la inquietud del Hombre por progresar (en palabras del profesor Barnhardt a Klaatu: “No es la fe la que hace avanzar a la Ciencia, sino la curiosidad”). Una película que, además, está adobada con cierta dosis de suspense que mantiene al espectador en vilo en muchos momentos de la historia. Y todo ello en menos de noventa minutos. ¿Se puede pedir más?

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