Las películas de James Bond (II): Los escenarios

James Bond no puede ser un personaje vulgar en absoluto. Sencillamente no le está permitido serlo. El hecho de que se trate, a fin de cuentas, de un simple funcionario al servicio de Su Majestad, con un sueldo correspondiente a tal condición, no implica que deba llevar una vida ordinaria. Al contrario, es probablemente la comodidad de su modesto hogar el escenario más exótico de su agitada vida, por la poca frecuencia con que lo habita. Y es que el cuerpo de élite al que James Bond pertenece —los agentes “doble cero”, el máximo rango dentro del Servicio Secreto— supone que en la mayoría de ocasiones tenga que desplazarse a los más alejados confines del mundo para frustrar los planes del malvado de turno, que no suele refugiarse precisamente en una mansión de Chelsea o Nottingham.

La variedad de países que recorre nuestro agente secreto es tan grande que no podemos más que pensar la pequeña esquizofrenia en la que debe sumirse al oír a su alrededor idiomas tan distintos en tan corto espacio de tiempo. Afortunadamente, 007 es un maestro de las lenguas (en todos los sentidos) y no le duelen prendas en mimetizarse, por ejemplo, como ninja japonés al servicio de “Tigre” Tanaka (en “Sólo Se Vive Dos Veces”) con el fin de acceder a una isla aparentemente desierta. Y es que Extremo Oriente ha sido siempre el destino preferido de Bond, y a pesar de ser inequívocamente inglés se siente como pez en el agua tanto entre los nipones como en la antigua colonia portuguesa de Macao, donde frecuenta los hoteles más elegantes, pero también los lugares más sórdidos posibles, como el club “BottomsUP!”. Igualmente tiene un asombroso conocimiento de los pantanos y otros sistemas fluviales thailandeses, que le será de gran utilidad en una de sus ya famosas huidas en lancha (todo esto en “El Hombre de la Pistola de Oro”). Es en esta misma película donde 007 deberá internarse a lo Matthias Rust en aguas de la China Roja para alcanzar la paradisíaca isla del temible Francisco Scaramanga, que dará paso a una de las escenas más surrealistas del film, cual es el extraño juego del ratón y el gato que el villano le organiza en las cavernas de su morada. Es también en el lejano Oriente, concretamente en los exóticos palacios de la India, donde tiene lugar casi todo el argumento de “Octopussy”, nombre de la misteriosa y ambigua contrabandista al servicio del mejor postor, y en la que vemos paisajes de inusual belleza. Sin embargo, es Extremo Oriente también quien le proporciona a James Bond la escena más humillante de su carrera, al caer prisionero del ejército de Corea del Norte durante una incursión en la zona desmilitarizada del paralelo 38 (en el film “Muere Otro Día”) y permanecer encerrado en una prisión infecta hasta que es liberado merced a un intercambio de prisioneros.

Curiosamente, aun siendo estos los escenarios más exóticos de las películas de James Bond, no es en ellos donde se dan las escenas más espectaculares de la serie (y de hecho suelen corresponder a las películas más flojas). Es preciso, pues, trasladarse al otro lado del Pacífico para encontrarnos con la verdadera esencia de 007. Lo primero que nos encontramos es, por un lado, San Francisco y su Golden Gate Bridge, donde Bond tiene su lucha a muerte con el psicópata Max Zorin, encima de los cables del puente colgante más famoso del mundo y con el dirigible de Zorin Industries como no tan silencioso testigo (“Panorama Para Matar”); por otro, y en la misma cinta, Silicon Valley, lugar sagrado de los amantes de la informática y la electrónica y objetivo principal del que probablemente sería el primer crimen tecnológico-megalómano de la historia del Cine. Un poco más al Este, pero sin alejarnos mucho, la meca del juego: Las Vegas, a donde llevan las pesquisas de Bond en “Diamantes para la Eternidad”, con el fin de investigar al multimillonario Whyte y en la que le veremos escalar la fachada del Hotel-Casino, residencia del susodicho, en una curiosa escena con ascensores de por medio. Adentrándonos en el Medio Oeste nos encontramos con el mítico Fort Knox, depósito de la Reserva Federal que será escenario del mayor asalto del siglo en “Goldfinger”. Y, desde allí, Bond pasa primero por el corazón del “soul” en Nueva Orléans tras la pista del misterioso Kananga para terminar en la que es, hasta ahora, la única incursión de 007 en Nueva York, si bien nuestro héroe no saldrá muy bien librado de su breve experiencia en la ciudad de los rascacielos, en parte debido a ese astuto disfraz que lleva (“El color de tu piel, Bond… un blanco en Harlem”, le espeta el compañero que va a rescatarle). Como ven, para ser británico no le hace ascos a “las colonias” a la hora de dormir fuera de casa.

Y como James Bond tiene rango de comandante de la Marina Real (¿a que no lo sabían?), el océano es su verdadero elemento, y es éste, dentro de los marcos “incomparables” en los que desarrolla su peligrosa labor, donde más a gusto se siente, aunque sus enemigos no escarmienten y sigan sin darse cuenta de que es precisamente en el agua donde 007 es verdaderamente indestructible: ya sea en su superficie, como en el yate de Emilio Largo en “Operación Trueno” (y su remake, “Nunca Digas Nunca Jamás”) sobre las azules aguas de Bahamas, en una agitada persecución en lancha en “Desde Rusia Con Amor” en pleno Mediterráneo, o bien en las profundidades, también en el primero de los films mencionados (y repetiría en “Sólo Para Sus Ojos”) pero, sobre todo, en “La Espía Que Me Amó”, donde ha de tomar al asalto la impresionante base submarina de Carl Stromberg para rescatar a la mayor Anya Amasova. Y es que con Bond siempre hay que andarse con ojo, incluso si se ve caer su cadáver al fondo del mar, como sucede en “Sólo Se Vive Dos Veces”, donde resulta un muerto con muy buena salud.

Mencionaba antes “La Espía que me Amó”, y es que es esta película la que en mi opinión contiene una de las mejores combinaciones de toda la serie. Aparte de la escena submarina mencionada, el film se abre con una espectacular persecución sobre esquís en los Alpes (que termina reafirmando la identidad británica de 007), continúa por el siempre misterioso Egipto de las pirámides, con la Esfinge como telón de fondo (y donde se enfrentará por primera vez al despiadado “Tiburón”), será engañado por Amasova en pleno curso del Nilo y hará las delicias de los aficionados al sentarse al volante del Lotus Esprit más completo de la historia del automóvil, que es capaz hasta de ir… ¿lo adivinan? pues sí, ¡por debajo del agua!

Aunque para mi gusto, la mejor película en cuanto a escenarios es una que contiene los menos exóticos, pero los más románticos, ya que transcurre casi toda en Europa: en “007: Alta Tensión (The Living Daylights)”, uno de los dos intentos con Timothy Dalton como Bond, empezamos con una estupenda persecución por el peñón de Gibraltar en unas maniobras un tanto “agitadas”, para saltar a Bratislava (actual capital de Eslovaquia), donde se transporta al renegado Koskov a través de… un gasoducto. Tras un breve interludio en tierras inglesas (la formidable mansión de los estudios Pinewood, lugar de rodaje de la mayoría de las películas de 007), nuevamente seremos testigos de una persecución, esta vez a pie y por los tejados de Tánger, donde Bond se las verá bastante difíciles escapando de la policía marroquí mientras lucha con las ropas tendidas por doquier. De vuelta a Bratislava, 007 y su chica de turno deberán atravesar el telón de acero en una loca huida de la policía checoslovaca a bordo, primero, del Aston Martin y después… de una funda de violonchelo. En un interludio más o menos tranquilo, nos encontraremos en pleno Prater vienés, dentro de la famosísima noria gigante (que tuvo en su día a Orson Welles y Joseph Cotten como invitados de lujo en “El Tercer Hombre”), esta vez para la (aburridísima) escena de amor entre los dos protagonistas. La película se completa con la escena de acción final, supuestamente en una Afganistán entonces ocupada todavía por el ejército soviético (aunque, lógicamente, no fue rodada allí, sino en el Atlas marroquí). En suma, muy buen combinado para una película que quizás mereció mejor suerte, o mejor protagonista.

Pero si la de arriba es la que considero la mejor, mi favorita es otra, que también he mencionado arriba: “Desde Rusia Con Amor”. Y si no, fíjense ustedes: Un campo de entrenamiento para mercenarios en la escena inicial. Tras los créditos, una partida de ajedrez en la que uno de los contendientes es un agente de SPECTRA. Estambul en todo su esplendor, incluyendo Santa Sofía, la embajada (?) soviética, un campamento de gitanos, un cartel gigante de Anita Ekberg con sorpresa incluida y un imposible paseo en barca por el subsuelo de la ciudad. Y, por encima de todo, la larguísima secuencia en el Orient Express, uno de mis escenarios preferidos, que se ha de ver interrumpida a la mitad para concluir en la persecución en lancha que les refería más arriba. Todo un abanico de fantásticos cuadros sobre los que pintar una de las mejores películas de la franquicia.

Por supuesto, me dejo en el tintero infinidad de escenarios, ya que en cada film vienen a ser como una “marca de la casa”: Cortina D’Ampezzo y sus estaciones de esquí (en “Solo para sus ojos”); los Alpes suizos en “Goldfinger”; París y la Torre Eiffel en “Panorama para matar”; el museo Guggenheim en “El Mundo no es suficiente”; diversos escenarios mexicanos en “Licencia para matar”; Moscú en “Goldeneye”, que supone la primera entrada de 007 en el país que hasta entonces había sido motivo de sus desvelos; y, por fin, La Habana-Cádiz e Islandia-Sydney en “Muere Otro Día”, posiblemente la película con más escenarios falsos de todas (¿de verdad se creía alguien que no se iba a reconocer el Sydney Opera House? Porque ni se molestaron en disimularlo). Por no mencionar las innumerables veces que aparecen las islas británicas en todas las películas, casi siempre en escenas muy puntuales o de “reposo”, aunque con notables excepciones, como el Millenium Dome de Londres, también en “El Mundo no es suficiente” o la ya mencionada mansión de los Estudios Pinewood.

Hablar de todos ellos (y de muchos otros) resulta ya demasiado pesado y además podríamos no acabar nunca, pero no quiero cerrar este capítulo sin mencionar uno de los más emblemáticos, escenario de las aventuras de Bond en al menos tres ocasiones y uno de los preferidos de su creador, Ian Fleming: Jamaica. Es la primera localización que aparece en la serie, en “Dr. No” a los sones del Kingston Calypso, una de las perlas del Caribe y donde transcurre la práctica totalidad del film. Y digo casi todo, porque hacia la mitad nos trasladamos a Crab Key (en la realidad, una isla del archipiélago de Trinidad y Tobago) para encontrarnos frente a frente con ella, bella como una sirena saliendo del agua en un bikini blanco elevado a la categoría de mito por sí mismo… una inolvidable Ursula Andress que ocupará también lugar de honor en el próximo episodio de esta pequeña saga, dedicado íntegramente a las chicas Bond. Hasta entonces.

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