El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey

Antes de empezar habría que hacerse esta pregunta: ¿Estamos hablando de un libro filmado o de la adaptación cinematográfica de éste? Si la respuesta para ustedes es lo primero, les aconsejo que no sigan leyendo, pues no van a encontrar ninguna validez a los argumentos que pienso exponer. Si es lo segundo… bueno, entonces puede que tampoco la encuentren, pero al menos estaremos hablando exclusivamente de cine.

Y como película, que es de lo que quiero hablar, “El Retorno del Rey” es, como sus dos predecesoras, un monumento al exceso muy lastrado por las propias taras del libro en que se basa. La complejidad, lo denso que tiene el libro de Tolkien es sin duda susceptible de ser trasladado a la gran pantalla, y la forma en que Peter Jackson lo ha hecho es, sin duda, la que más puede agradar a los innumerables fans de la obra del filólogo inglés, pero que a los que no somos incondicionales nos resulta demasiado larga y pesada. Y es que cuando se quiere volcar el libro punto a punto en la película se encuentra uno inevitablemente con dos obstáculos que la narrativa por la imagen no soporta: uno, que ni en nueve horas (las tres películas de la saga, aproximadamente) se puede encajar una novela de más de mil páginas sin condensarla, y eso que se han suprimido incluso capítulos enteros; y dos, los diálogos que literariamente son bellísimos, en la pantalla pueden hacerse cargantes y forzados. El cine tiene la ventaja de que puede narrar muchísimas cosas en muy poco tiempo, incluso empleando solamente imágenes (Hitchcock decía en sus conversaciones con Truffaut que los estudiantes de cine deberían aprender todo lo posible de las técnicas del cine mudo, y dejar los diálogos para el final), y de hecho es lo que debe hacer si lo que se pretende es entretener al espectador, sobre todo si ese espectador no se ha leído antes la novela en la que se basa la película. Eso es algo que, en mi opinión, no consigue “El Retorno del Rey”, como no lo hacían los capítulos anteriores. Con todo y con eso, esta tercera parte es con mucho la más espectacular y la menos aburrida de todas.

Yo dividiría este film en tres partes: la primera hora, aproximadamente (justo antes del descanso), que comienza con un pequeño prólogo en el que se retoma a paso ligero la historia de Sméagol/Gollum (crucial en el desenlace de la historia) y el hallazgo del Anillo Único, para dar paso inmediatamente a la acción en el punto en que acaba “Las Dos Torres”, contando de nuevo las dos historias que en el libro corren paralelas: la batalla entre las fuerzas del bien y el mal, por un lado, y la ruta de los hobbits Frodo y Sam hacia el Monte del Destino, guiados por Gollum. Esta parte la calificaría con un “ni fu ni fa”, porque como digo retoma no solo la historia sino también los errores de la parte anterior, es decir: abuso de los primeros planos y de la cámara lenta, diálogos excesivamente rebuscados, extrañísimas elipsis en la narración y un inexplicable alargamiento de cada escena (¿cómo no va a durar la película lo que dura si la estiran como un chicle, digo yo?). Se va uno al descanso pensando con terror que aún le quedan más de dos horas por ver.

La segunda parte, sin embargo (de hora y media, hora y tres cuartos, aproximadamente) cambió totalmente la primera impresión que me dejó el film, puesto que es en su mayoría cine en estado puro: por un lado, las impresionantes batallas entre las fuerzas del bien y del mal, con especial hincapié en la carga de los Rohirrim, filmada con maestría y absolutamente espectacular en su resultado, y que de nuevo consigue mantener al espectador agarrado en su butaca en cada plano. Y no le sobra casi nada: alterna perfectamente los travelling con los planos cenitales, al igual que en la batalla que pudimos ver en “Las Dos Torres”, sin abusar de ninguno de los dos recursos y procurando que el hecho de que haya miles de individuos interactuando a la vez (reales y virtuales) no impida que haya claridad de visión, algo que sí sucedía en las luchas de “La Comunidad del Anillo”, demasiado confusas y rápidas para ver qué estaba pasando. Además, la escenografía está francamente bien conseguida, tanto la subida al Monte del Destino como la plasmación de Minas Tirith, con el uso de colores blancos, brillantes y sin embargo (o a causa de ello) muy inquietantes, en una labor de dirección artística y de decorados de lo mejorcito que he visto en mucho tiempo. Por otro lado, la traición de Gollum a Frodo enviándole al antro de Ella-Laraña resulta en una de las escenas más terroríficas y conseguidas de la trilogía, llena de tensión y donde Elijah Wood sí consigue dar lo mejor de su personaje. De este segundo “cacho” haría notar sólo un par de resbalones: las extrañas elipsis que se hacen en la misma batalla, sobre todo en el ataque de los espectros (algo que como dice mi primo Lawrence se debe seguramente a cortes en escenas reservadas para la versión extendida) y el hecho de que dan más miedo las telas de araña que el bicho en sí. Pero por demás, creo que esta parte, junto con la batalla de Helm de “Las Dos Torres” y la introducción más las escenas en Moria de “La Comunidad del Anillo” son los principales activos de la saga (y, para el que suscribe, los únicos que merecen la pena, lo que no es poco). Se echa también de menos algo más de impacto en el final de este segmento, donde se intercalan las escenas de la destrucción del anillo y la resolución de la lucha contra los ejércitos del Señor Oscuro, que se me hace algo coja en su composición, como si le faltase algo (aunque tuve la misma sensación al leer el libro, así que seguramente será apreciación exclusivamente mía), en una técnica de escenas paralelas de la que todos los directores deberían aprender viendo el final de “El Padrino”, donde Coppola da una lección magistral de cómo se deben combinar hasta cuatro escenarios distintos pero convergentes, para que puedan verse “al mismo tiempo”. Con todo, no está la lucha mal resuelta, y como en el libro, cada personaje secundario comete su acto heroico en su justo momento, y todos están muy bien colocaditos, algo que en la película también ha quedado magníficamente plasmado (soberbio el momento protagonizado por Eowyn, hasta entonces un personaje más bien insulso)

Tras esa hora y media de muy buen cine, la película cae en picado en su última parte, donde se narra la resolución de toda la historia y lo que ocurre con los diversos personajes, centrándose sobre todo en el regreso de los hobbits a la Comarca y el destino final de Frodo. Ésto, que se puede contar perfectamente en diez minutos (y de hecho es la primera impresión que da en la narración “en off” sobre el mapa de la Tierra Media recorrido en sentido inverso al seguido en el conjunto de la saga), emplea alrededor de media hora en la que Jackson cae de nuevo en todos los charcos de barro que han salpicado la trilogía: otra vez cámaras lentas hasta la extenuación, otra vez diálogos lentos y rebuscadísimos (¡adapte, no copie, por Odín!) y otra vez abuso de la música incidental, que muchas veces se superpone y enmascara incluso a las imágenes, un error que se comete últimamente demasiado con la música de cine (que debe servir de soporte y nunca tomar el protagonismo salvo que aporte algo al argumento; no es el caso). Y para rematar, lo peor que se le puede hacer a una película, esto es, dar la impresión de que acaba varias veces, en una fase de la historia que ya en el libro aportaba, en mi opinión, más bien poco, y que en el cine se podía haber sintetizado en mucho menos sin por ello perder su sustancia. Tanto es así que me resulta, con mucho, lo más pesado e innecesario de toda la trilogía del Anillo, superando incluso los interminables monólogos de Gollum.

Dicho todo esto, la valoración de la película en su conjunto no es sencilla; en mi modesta opinión (y que me perdonen los fans), se ha quedado en un intento espectacular de hacer algo grandioso, pero sólo eso, un intento. Como en las precedentes, tiene altibajos demasiado evidentes y alterna lo sublime en las escenas de más acción con lo casi ridículo en las más intimistas, donde el empeño por ser absolutamente fiel a la obra de Tolkien provoca que los diálogos en éstas sean del todo anticinematográficos, verbi gratia: hasta las arengas de Mel Gibson en “Braveheart” o Kevin Costner en “Robin Hood” suenan mucho mejor que el chirriante discurso de Théoden antes de la batalla o las palabras de ánimo de Sam a Frodo en la subida al Monte del Destino. Esto puede dar una idea de dónde se ha esmerado más Peter Jackson a la hora de rodar esta película, y dónde ha prestado menos atención, y en esto incluyo también la dirección de actores, porque… ¿qué sentido tiene que el personaje más destacado en este aspecto, aparte de los hobbits (que adquieren su mayor protagonismo en este film), sea el senescal de Gondor, Denethor? La respuesta es simple: de nuevo un alargamiento innecesario y cargante de sus escenas, porque la verdad es que el personaje no da para mucho más. Y, como contrapartida, el resto de los caracteres principales resulta bastante plano en su desarrollo y en sus diálogos: por ejemplo, yo no veo ninguna diferencia entre el Aragorn rey y el Trancos montaraz de la primera parte, y si quitas de escena a Legolas y Gimli casi no se altera el resultado final.
Y para terminar, resulta un tanto extraño pensar que las escenas más efectivas de este film son aquellas donde el habitualmente imaginativo Peter Jackson, director de joyas como “Criaturas Celestiales” (“Heavenly Creatures”, 1994) y “Agárrame esos fantasmas” (“The Frighteners”, 1996), recurre a artes ya inventadas y, desde luego, que funcionan. Así, la batalla de los elefantes es un homenaje nada disimulado a la batalla del planeta Hoth de “El Imperio Contraataca” (“The Empire Strikes Back”, Irvin Kershner, 1980), y puestos a mencionar la saga galáctica, el último diálogo entre Eowyn y su padre Théoden, casi idéntico al que se produce entre Luke Skywalker y su padre Anakin en “El Retorno del Jedi” (“Return of the Jedi”, Richard Marquand, 1983), resulta cuando menos muy sospechoso. ¿Dónde ha quedado la imaginación? ¿O es que realmente ya está todo inventado y Jackson, simplemente, se ha dejado ir? Ninguna de las dos preguntas me ofrece una respuesta satisfactoria.

No pretendo convencer a nadie de que no vea esta película, que tiene indudables méritos, pero que también arrastra errores de principiante, aunque me consta ya que a sus incondicionales todo eso les da bastante igual. No acepto el argumento de que esos fallos puedan arreglarse en la versión extendida, ya que si eso es cierto entonces sobra la película que están pasando en los cines y están engañando miserablemente a quien va a verla (y no es fan, claro). Con este análisis (demasiado extenso, me parece) sólo he pretendido dar mis impresiones sobre el cierre de una saga que cinematográficamente podía haber sido muchísimo más pero que se ha quedado, en mi opinión, en puro ruido, fiando su éxito a la adhesión inquebrantable de los incondicionales tolkienianos, a quienes ya sólo por la iconografía de la película y la fidelidad de las descripciones (tanto de los escenarios como de los personajes) tiene ganados desde el principio. Si hablamos de fenómeno social y de la incidencia que la trilogía del Anillo ha tenido sobre el público, “El Señor de los Anillos” es sin duda un hito en la Historia del Séptimo Arte, con una incidencia posiblemente sólo comparable a “Star Wars”. Pero si hablamos exclusivamente de cine, resultan películas mediocremente espectaculares. O espectacularmente mediocres. Y mayormente aburridas.

Comentarios
  1. Camarada Bakunin : 24.06.09

    Joder, voy a comentar un texto de hace casi seis años…

    Bueno, sólo decir que “son sólo tres películas sobre gente andando hacia un volcán de mierda”. ;)

  2. Joseph Gillis : 25.06.09

    Bof, y porque no llegaste a leer los comentarios cuando publiqué este post originalmente (se borraron al trasladar de sitio el blog).
    Con estas películas o con el libro pasa algo curioso, es como si fueran misas: son largas y densas, de joven casi te obligan a verlas, tienen partes de aburrimiento absoluto y están salpicadas de canciones incantables. Eso sí, como se te ocurra decir algo de esto en alto delante de un fan(ático), casi te queman en la hoguera ;-)

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