Larguísimometrajes

Le comentaba no hace mucho a mi primo Lawrence que debo de estar haciéndome viejo, porque cada vez aguanto menos las películas largas. Es más, creo que en casi todos los casos, a partir del minuto 90 mi cerebro se desconecta automáticamente y, salvo que la cinta en cuestión sea realmente interesante —y en este punto pongo el listón MUY alto—, ya comienzo a revolverme en el asiento, empiezo a mirar el reloj y a preguntarme cada cinco minutos cuándo acabara aquello. Si esto se produce con demasiada frecuencia, acabo por arrastrar al film a la categoría de “ladrillo”, con el caso extremo de “pestiño infumable” (convendrán conmigo en que tiene realmente mérito el fumarse un pestiño, ¿o no?).

¿Por qué desde hace algunos años se empeñan en hacer películas tan largas, sobre todo las americanas? No comprendo cómo los estadounidenses, que son maestros a la hora de comprimir historias para que quepan en muy poco tiempo —véanse, por ejemplo, sus famosas telecomedias (22 minutos), series dramáticas (47 minutos) o informaciones veraces en sus telediarios (hem…)—, no siguen el mismo rasero a la hora de asignar los “tempos” de sus largometrajes para el cine. De acuerdo que no tienen que ajustarse a la tiranía de los intervalos publicitarios, hábil aunque nada disimuladamente sustituidos por el insistente “product placement”, pero ¿no debería ser precisamente eso un acicate para agilizar los guiones? En lugar de eso, son capaces de conseguir que una película que empieza francamente bien acabe estirándose como una baguette de dos días hasta que no haya nadie que se la acabe tragando.

Y si no, fíjense en algunos ejemplos, muy recientes: “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” (comentada en la nota anterior), 3 horas y 21 minutos. “The Matrix Reloaded”, 2 horas y 18 minutos. “Harry Potter y la cámara secreta”, 2 horas y 41 minutos (miedo me da cuando filmen el quinto libro, que es enorme). “Dogville”, 2 horas y 57 minutos. “El Último Samurai”, que se estrena ahora, 2 horas y 34 minutos. Y lo peor es que las excepciones son pocas.

Me da la sensación de que se está haciendo un cine demasiado literario, en el sentido de que los guionistas intentan meter muchas cosas en una película y, cuando no se puede —o no se quiere— comprimir más, lo que hacen es alargar el metraje. Y es que antiguamente el guionista era la cenicienta del equipo de producción: a él se le encargaba el argumento y el primer borrador de la historia, y desde luego iba a figurar en los títulos de crédito, pero cualquier parecido con lo que escribía y lo que luego aparecía en pantalla era pura coincidencia. Hay ejemplos muy buenos —y punzantes— de esto en films como “El Crepúsculo de los Dioses” (“Sunset Boulevard”, Billy Wilder, 1950), “El Juego de Hollywood” (“The Player”, Robert Altman, 1992) o incluso la flojita pero bien hilvanada “RKO 281” (Benjamin Ross, 1999), donde se muestran las peleas que tuvieron Orson Welles como director y Hermann Manckiewicz como guionista en la gestación de “Ciudadano Kane”. En la era dorada de Hollywood, e incluso mucho después, el productor es quien tenía la última palabra, y como la idea era hacer más dinero, esto es, traer más espectadores, la mayoría de los films no pasaban de los 100 minutos de metraje, con idea de poder realizar más pases en el mismo día.

Actualmente, en cambio, el guionista es la estrella justo por debajo del director, tras el que aparece en los títulos de crédito, habiendo desplazado incluso al otrora omnipotente productor. Son los mejor pagados de una película (hablo de grandes producciones, claro) y los más propicios a dar el salto a la dirección en un momento dado. Y de ese poder adquirido una consecuencia es, por supuesto, mayor control creativo sobre sus propios trabajos, esto es, menos cortes y arreglos en los libretos. El resultado: aumentar la duración de las películas hasta los límites que hoy conocemos.

Como medio de expresión, el cine tiene en su propia característica su mayor ventaja: imágenes en movimiento (eso es lo que significa “cinematografía”). Es decir, no sólo permite contar cosas con el menor número de palabras posible sino que da al espectador la oportunidad de interpretar esas imágenes como quiera (y por eso hay tantos críticos de cine :). Hitchcock afirma, en sus entrevistas con Truffaut, que los estudiantes de cine deberían ser instruidos la mayor parte del tiempo en técnicas de cine mudo, y dejar todo lo que se refiere a diálogos para el final, y considera el cine silente como el verdadero cine, el que no necesita de palabras (o necesita las mínimas) para expresar las ideas de manera ajustada. Prácticamente todo lo que se ve en cine hoy día fue inventado o perfeccionado por genios del cine mudo como David W. Griffith, Charles Chaplin o Buster Keaton, por nombrar algunos, que experimentaron con todas las técnicas conocidas y desarrollaron muchas completamente novedosas (Griffith y Keaton en lo visual, en la forma de contar las historias, Chaplin quizá más en el fondo de esas historias). Hoy día, sin embargo, se inventa poco, y parece que se fía más el éxito a la espectacularidad de los efectos especiales (cada vez menos espectaculares, debido no al uso, sino al mal uso de la informática; pero eso es materia de otro artículo) que al corazón de la película, que es la historia que cuenta. Son detalles de este tipo los que también extienden en exceso la duración de las cintas, como se vio en su día en la pesadísima “Terminator 2: El juicio final” (“Terminator 2: Judgement Day”, James Cameron, 1991), dos horas y veinte minutos que se pueden contar perfectamente en hora y media sin tanta morralla de liquiditos y persecuciones (y el que no se lo crea: la primera parte no llegaba a la hora y cincuenta minutos, y ya le sobraban cosas; también tenía mucho menos presupuesto y más imaginación). Y, como se ve, no es por falta de guionistas: la mayoría de los ladrillos que pueblan nuestras pantallas cuentan con al menos tres escritores, y varios “negros” conocidos como “arreglaguiones” (un ejemplo famoso es Carrie Fisher, la inolvidable Princesa Leia de “Star Wars”) que nunca salen en los créditos pero que tienen la virtud de hacer mínimamente digerible lo que en condiciones normales sería inaguantable.

No me entiendan mal: una película larga no tiene por qué ser mala o aburrida (aunque lo segundo ya anticipe a lo primero). Si seguimos con James Cameron, rara es la película que baja de dos horas en su filmografía, y la mayoría son realmente entretenidas: “Mentiras Arriesgadas” (“True Lies”, 1994), “Aliens” (1986) o incluso “Titanic” (1997), que dura tres horas y cuarto y en la que, paradójicamente, son los primeros 80 o 90 minutos los más aburridos y, por contra, la hora y media aproximada de hundimiento del transatlántico está, en mi humilde opinión, entre las mejores de la Historia del Cine. Por poner otros ejemplos bien diferentes, veamos dos películas como “JFK” (tres horas y 9 minutos) o las dos primeras partes de la saga de “El Padrino” (2 horas 55 minutos la primera, 3 horas 20 minutos la segunda) que suelen pasarse casi volando y en las que uno siempre está deseando que haya más. ¿Cuál es entonces el problema? Que películas tan largas suelen —o solían— tener una razón de ser y, más importante, constituyen la excepción a la regla. Antes, una película de más de dos horas era casi “épica”. Ahora se han convertido en algo irritantemente habitual, y cuando la mejor virtud que se puede asociar hoy a un film es que no pasa de los cien minutos, es que algo malo está pasando en el cine.

¿Hay remedio a esto? Depende: en el estado de cosas actual, donde la imaginación brilla por su ausencia y a lo que se tiende es a llevar solamente best sellers a la pantalla de manera literal, la solución es complicada. El cine permite eso, “contar historias con imágenes”, es capaz de realizar maravillosas elipsis que alivien al espectador de una carga excesivamente literaria en un medio que no es el suyo, y lo mejor es que ello no requiere de un gran esfuerzo (les recomiendo que se lean “La princesa prometida” de William Goldman, concretamente la introducción del libro, algo larga pero muy jugosa, para que comprendan lo que intento decirles aquí). Escuchaba el sábado pasado, en el programa de cine de la SER, que el EEUU parece que empieza a funcionar el “boca-oreja” en forma de mensajes SMS y que muchas de estas superproducciones superespectaculares y supermegacarísimas han sido batacazos de taquilla en un barrunto de que los espectadores, incluso los más jóvenes, vuelven a buscar algo más en el cine, es decir, vuelven a buscar historias que les emocionen, no sólo explosiones de efímera sorpresa. Fijémonos cómo hace apenas cuarenta o cincuenta años (el cine es un arte joven que evoluciona muy rápidamente) había un porcentaje de buenas películas sobre el total general mucho, muchísimo mayor que el que existe en la actualidad. Y estamos hablando de cintas que raramente superan la hora y media, incluso en obras maestras como “Sopa de Ganso” (“Duck Soup”, 1933, Leo McCarey, 70 minutos), “Laura” (Otto Preminger, 1944, 88 minutos), “La Ley del Silencio” (“On the Waterfront”, Elia Kazan, 1954, 108 minutos) o la mismísima “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942, 102 minutos). Así que o ahora faltan ideas o antes sonaba la flauta en multitud de ocasiones. Me inclino por lo primero.

La esperanza existe, sin embargo: gracias al video digital están apareciendo innumerables nuevos guionistas y realizadores que ponen la cámara al servicio de su imaginación y que consiguen, en cortos de veinte minutos o menos, demostrar que todavía hay genios escondidos y que sólo necesitan de un público que los contemplen —y de alguien que lo haga económicamente posible—. Internet, también, está llamado a formar parte de una nueva forma de ver el cine, del mismo modo que ya lo está siendo respecto a la música. Y gracias a ello, puede que en un futuro no tan lejano podamos volver a disfrutar del cine como no hace tanto tiempo. Y, sobre todo, que no tengamos que volver a tragarnos losas celuloideas (¿celulíticas?), sean con anillos únicos, niños con gafas o elegidos con sotana.

Comentarios
  1. Ana Lorenzo : 31.01.10

    Y a eso, en Avatar, hay que añadirle el peso de las gafas, que pesan, ¿eh?
    Acá en Rivas tenemos un festival de cortos y muchas veces merece más la pena uno de ellos que cualquiera de los largometrajes que hemos visto en los seis meses anteriores. Además, desde que tu hermano Alberto puso el enlace a Notodo, hará un par de años, creo, he logrado ver un montón por internet. Echaba de menos eso de los cortos, yo.
    La única que pones bien y no he logrado ver es la de Titanic; al principio ni lo intenté: con Leonardo di Caprio (el de entonces, que aún no había hecho Diamante de sangre ni Catch me if you can) haciendo de galán, ¿quién de menos de quince se iba a creer la peli? Luego traté de verla: debió de ser en esos primeros 80 minutos donde me dormí ;-)
    Un beso.

  2. Otis B. Driftwood : 31.01.10

    Bueno, realmente lo que flojeaba de Titanic era el guión, una ñoñería de telefilme de domingo por la tarde: en realidad para lo que sirve es para llenar todo el rato que hay hasta el choque con el iceberg. A partir de ahí lo que se ve es cine con mayúsculas, de ese que es capaz de hacerte creer que lo que ves es un transatlántico que se está hundiendo. La concepción visual de esa casi media hora es brutal y genial al mismo tiempo. Pero además está filmada de tal manera, que consigue transmitir la angustia por el inminente desastre hasta hacerte sentir incómodo. De hecho, es de las pocas pelis que he ido a ver dos veces al cine ¡de motu proprio, sin seguir a la chica de turno! :-)

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